Daniela perdió a su madre a la edad de 3 años, su padre se vuelve a casar y le da una perversa madrastra que la maltrata y encierra en el sótano, sótano que guarda grandes secretos.
Acompáñame en mi nueva historia, que sé que será de su agrado.
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HISTORIA DE LOS PERSONAJES PRIMARIOS
********JAVIER DORANTES
llevaba en la sangre la mezcla de dos mundos: la fuerza, la rectitud y el carácter de su padre, un hombre italiano que llegó al país buscando fortuna, y la dulzura, la resistencia y el alma sencilla de su madre, una mujer provinciana, nacida y criada entre montañas, valles y campos verdes.
Pero la vida no le fue fácil desde el principio. Cuando apenas era un niño pequeño, una enfermedad cruel y desconocida llegó para llevarse a su madre, arrancándole el amor más grande que conocía. Ella se fue poco a poco, consumida por el mal y por la tristeza de saber que dejaría a su hijo solo y desprotegido. Fue el golpe más duro que su corazón infantil pudo soportar, y desde entonces, Javier creció con el recuerdo de sus palabras: “Hijo mío, sé fuerte, sé bueno, y busca siempre tu camino, allá donde nadie te haga daño”.
Su padre, destrozado por el dolor y sin saber cómo criar solo a un niño, tuvo que viajar lejos por trabajo, y lo dejó al cuidado de sus tíos maternos, personas que, aunque parientes de sangre, no tenían ni una gota de cariño ni de bondad en el corazón. Eran gente dura, avara y sin escrúpulos. Para ellos, Javier no era un sobrino ni un hijo, sino una carga y una herramienta gratuita.
Desde que tuvo uso de razón, Javier vivió como un esclavo en su propia casa. Lo levantaban antes de que saliera el sol, lo hacían trabajar en el campo, cargar piedras, cortar leña, cuidar ganado y realizar los trabajos más pesados y agotadores, sin darle ni un minuto de descanso. No le daban suficiente comida, lo vestían con harapos viejos y rotos, y a la más mínima falta, real o inventada, recibía insultos, golpes y malos tratos. Sus tíos le repetían día y noche que no valía nada, que era un estorbo, que sin ellos se habría muerto de hambre en la calle, convenciendo de que ese era su único destino posible.
Pero Javier tenía algo que ellos nunca pudieron quitarle: la dignidad heredada de su padre y la bondad de su madre. Por fuera parecía un niño sumiso y callado, pero por dentro, iba creciendo una voluntad de acero y un sueño: escapar, ser libre, hacerse un nombre y demostrar que valía mucho más de lo que ellos decían.
Un día, cuando tenía apenas catorce años, no pudo aguantar más. Sus tíos, más crueles que nunca, lo habían encerrado sin comer durante dos días por un error que no había cometido, amenazando con golpearlo hasta dejarlo inválido. Esa noche, aprovechando que todos dormían profundamente, Javier tomó lo único que tenía: una pequeña fotografía de su madre y un pedazo de pan duro. Se deslizó por la ventana de su cuarto, corrió descalzo bajo la luna, atravesó los campos y los bosques, y no se detuvo hasta que su pueblo natal quedó muy lejos, perdido entre las montañas.
Caminó durante días, sin rumbo, durmiendo al ras del suelo, pidiendo limosna y trabajando de lo que fuera para comer, hasta que llegó a la capital. Era un mundo inmenso, ruidoso y aterrador para un muchacho del campo, pero también era su oportunidad.
Mientras caminaba por una plaza, vio pasar una fila de soldados: hombres altos, erguidos, uniformados, con porte de honor y autoridad. Vio en ellos protección, reglas, justicia y una familia. Sin dudarlo un segundo, se acercó a la puerta del cuartel y pidió hablar con el oficial. Era joven, delgado, sucio y vestido pobremente, pero cuando habló, su voz era firme y su mirada tenía una intensidad que llamó la atención.
—Quiero ingresar —dijo con seriedad—. No tengo nada, no tengo a nadie, pero tengo fuerza, tengo ganas de aprender, sé obedecer y sé trabajar duro. Denme una oportunidad, y no se arrepentirán.
Así fue como, muy joven aún, Javier Dorantes entró al Ejército. Al principio, muchos se burlaban de él por ser provinciano, por su acento, por su ropa vieja y por no tener educación ni riqueza. Pero pronto, todos se callaron. Javier no solo trabajaba duro, trabajaba el doble, el triple que los demás. Mientras otros descansaban, él entrenaba; mientras otros se quejaban, él obedecía; mientras otros jugaban, él estudiaba y aprendía.
Llevaba grabado en su memoria cada golpe, cada insulto y cada día de hambre que vivió con sus tíos, y eso, lejos de hacerlo débil, lo hizo invencible. Tenía una disciplina natural, una resistencia física increíble y un corazón leal y noble, cualidades que nacían de su sufrimiento y de sus valores. Su inteligencia, heredada de su padre italiano, era aguda y rápida, y aprendía con una facilidad asombrosa todo lo que le enseñaban.
Los superiores pronto lo señalaron como ejemplo. “Ese muchacho tiene madera de líder”, decían. Y no se equivocaban. Subió de rango mucho más rápido que cualquiera de sus compañeros. De soldado pasó a cabo, de cabo a sargento, y siguió ascendiendo paso a paso, ganándose cada insignia, cada galón y cada respeto con sudor, esfuerzo y honor, sin deberle nada a nadie, solo a su propio mérito.
Fue así, siendo ya un joven prometedor, fuerte, educado y respetado, que un día llegó al cuartel un nuevo cadete: un tal Daniel Márquez, delgado, misterioso, de modales refinados y una inteligencia que asombraba a todos. Javier fue el único que se acercó a él sin prejuicios, el único que le ofreció su mano y su amistad, sin saber que en realidad era Daniela, la heredera oculta que cambiaría su vida para siempre.
En ella, Javier reconoció esa misma soledad, esa misma fuerza interior y esa misma determinación que él tenía. Se hicieron inseparables. Y mientras ella le enseñaba sabiduría, estrategia y historia, él le enseñaba el valor de la lealtad absoluta, el amor sincero y la fuerza que nace de haber sufrido y haber vencido.
Su pasado humilde, su huida de la esclavitud, su dolor por la pérdida de su madre y su éxito en el ejército gracias a su propio esfuerzo, hicieron de Javier Dorantes el hombre perfecto para estar al lado de Daniela: un hombre que no tenía riquezas ni apellidos famosos, pero que tenía algo mucho más valioso: honor, nobleza y un corazón inmenso, digno de la mujer más grande de todas.
Y cuando descubrió su secreto, cuando supo que no era Daniel, sino Daniela, la heredera del imperio, la niña del sótano convertida en oficial, Javier no se sintió indigno ni distante. Al contrario, entendió que el destino los había unido porque ambos eran iguales: dos almas que habían salido de la oscuridad, que habían luchado contra todo y que habían triunfado solos, hasta encontrarse para caminar juntos hacia la luz.
Ella misma les puso la trampa y tanto Alvaro como Mirian cayeron
Pobre Javier, todo lo que sufrió, por suerte volvió Daniela
Ojalá Alvaro también pague