fantacia urbana y drama psicológico
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Capitulo 8: Cabrera
El nombre le vino a Newt con el tercer café.
"Cabrera", dijo. En voz alta. Estaba solo en el living, pero lo dijo igual para que fuera real.
Las sombras se agitaron. _Cabrera. El viejo. El que te limpiaba las rodillas cuando te caías. El que te tapaba cuando tu papá gritaba. ¿Lo vas a traer acá? ¿Con nosotras? Mala idea, Newt. Los viejos hablan. Los viejos se asustan._
Felix entró del jardín. Tenía tierra en las manos. Había estado revisando arbustos. Buscando micrófonos, cámaras, trampas de oso. No encontró nada. Eso no lo tranquilizaba.
"¿Qué de Cabrera?", preguntó. Se limpió las manos en el pantalón. No iba a ensuciar los sillones. Todavía no.
"Seguía trabajando cuando me fui", dijo Newt. Estaba parado frente a la chimenea apagada. Había una foto arriba. Su padre, su madre, él de ocho años. Cabrera atrás, desenfocado, sosteniendo una bandeja. Siempre en el fondo. Siempre ahí. "Mi tío lo despidió al mes. Dijo que era 'leal a la persona equivocada'. Lo indemnizó y lo mandó a la casa de su hija en Pilar."
Felix se acercó. Miró la foto. No dijo nada.
"Era el único que no me miraba como si fuera un problema", siguió Newt. "Cuando empecé a desaparecer pedazos, él me ponía guantes. Decía que era por el frío. No preguntaba."
Las sombras sisearon. _Claro que no preguntaba. Veía. Sabía. Y se calló. ¿Por qué? ¿Por lealtad o porque tu tío le pagaba para callarse?_
"Lo podemos llamar", dijo Felix. No era pregunta. Era decisión tomada. "Necesitamos a alguien que sepa dónde están las llaves de gas. Y que si ve algo raro, no salga corriendo a llamar a la policía."
Newt asintió. Sacó el celular. El número seguía ahí. Contactos que no borrás aunque pasen cuatro años. "Cabrera, Héctor".
Dudó con el dedo sobre el botón de llamar. Las sombras aprovecharon. _Y si tu tío lo tiene comprado hace cuatro años. Y si lo puso ahí para cuando volvieras. Y si entra por la puerta y te ve medio humo y llama al loquero. ¿Vas a poder pararlo? ¿O nos vas a dejar hacerlo a nosotras?_
"Yo lo llamo", dijo Felix. Le sacó el teléfono de la mano. No fue brusco. Fue definitivo. "Si es una trampa, que me la coma yo primero."
Marcó. Puso altavoz. Dejó el teléfono en la mesa de mármol, entre los dos. Ni cerca ni lejos.
Sonó una vez. Dos. Tres.
"¿Hola?"
La voz era la misma. Más cascada. Más vieja. Pero la misma. Cabrera.
Silencio. Newt no supo qué decir. Cuatro años atorado en la garganta.
Felix habló. "Señor Cabrera. Habla Felix. El amigo de Newt."
Otro silencio. Más largo. Del otro lado se escuchó una silla moverse. Una puerta cerrándose. Privacidad.
"Chico", dijo Cabrera. No "chicos". "Chico". Singular. A Felix. "Cuatro años. Pensé que estaban muertos."
"No", dijo Felix. "Estamos en la casa."
"Ya sé", dijo Cabrera. Y ahí estaba. La confirmación. "Me llamó el sistema de seguridad. Tengo la clave vieja. Me sigue llegando el aviso cuando se abre el portón principal. Su tío nunca me sacó del registro. Se olvidó. O no le importó."
Newt cerró los ojos. El tío, descuidado. O confiado. Ambas opciones eran malas.
"¿Usted está bien?", preguntó Felix. Directo. Sin vueltas.
"Estoy viejo", dijo Cabrera. Se escuchó una risa seca. "Y estoy aburrido. Mi hija no me deja ni regar las plantas. Dice que me agito." Pausa. "¿El joven Newt está ahí?"
Newt se inclinó hacia el teléfono. "Acá estoy, Cabrera."
Se escuchó una respiración del otro lado. Temblorosa. "Joven. Su voz. Está igual."
"No", dijo Newt. Honesto. "No estoy igual."
"Ya me imagino", dijo Cabrera. No preguntó. No quiso saber. "¿Me necesitan?"
No dijo "para qué". No dijo "cuánto pagan". Dijo "me necesitan". Como antes.
Felix y Newt se miraron. Comunicación sin palabras. Cuatro años de práctica. _¿Confiamos? No. ¿Lo necesitamos? Sí. ¿Bajamos la guardia? Nunca._
"Sí", dijo Newt. "Pero hay condiciones."
"Diga."
"Viene solo. No le dice a nadie. Ni a su hija. Ni a mi tío. Ni al kiosquero", dijo Newt. La voz le salió fría. Jordan. "Si vemos un auto que no conocemos en la cuadra, si el teléfono suena raro, si alguien pregunta por nosotros, usted se va y no vuelve. ¿Entendido?"
No era pedido. Era contrato.
Del otro lado, Cabrera no se ofendió. "Entendido, joven. Siempre fue desconfiado. Su padre también. Es de familia."
"Segunda", dijo Felix. Tomó la palabra. "Usted trabaja para él. No para la casa. No para el apellido. Para él. Si él le dice que salte, usted pregunta qué tan alto. Si él le dice que no vio nada, usted no vio nada. Aunque esté la casa prendida fuego."
Silencio. Luego: "Chico. Yo a usted lo vi cuando tenía diecinueve y se lo llevó en una moto sin frenos. Si usted sigue acá cuatro años después, es porque hace bien su trabajo. No voy a ser yo el que le falle al joven." Otra pausa. Más suave. "Además, yo lo cambié de pañales. Difícil tenerle miedo ahora."
Las sombras no dijeron nada. Por primera vez, se quedaron calladas. Evaluando.
Newt miró a Felix. Felix asintió. Mínimo.
"La puerta del servicio está abierta", dijo Newt al teléfono. "Venga cuando quiera. Traiga poco. Por si se tiene que ir rápido."
"Cenamos a las ocho", dijo Cabrera. Y cortó.
El teléfono quedó en silencio sobre la mesa.
Newt lo miró. Felix lo miró.
"Si es una trampa", dijo Newt.
"Lo es", dijo Felix. Agarró su campera. "Toda esta casa es una trampa. Al menos esta la elegimos nosotros."
Fue hasta la ventana. Miró hacia el portón. "Voy a seguir revisando. Cuando llegue, vos no bajás. Yo lo recibo. Yo lo reviso. Yo decido si sube."
Newt no discutió. Era el trato. Felix era el muro. Siempre.
Las sombras volvieron a susurrar, más bajo. _Un viejo. Un testigo. Más difícil. Más interesante._
Newt se sirvió otro café. Frío. No importaba.
Cabrera venía. La guardia no bajaba. Y por primera vez en cuatro años, la mansión iba a oler a comida hecha por alguien que no eran ellos dos.
Eso, o era el principio del final.