Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 5
El último piso de la Torre Durantt era una jaula de cristal y acero donde el oxígeno parecía ser un privilegio. Nicolás Durantt estaba de pie frente al ventanal de su oficina, con una mano en el bolsillo de su pantalón de sastre y la otra sosteniendo un vaso de cristal tallado con tres dedos de whisky puro. A sus treinta y cuatro años, no solo era el hombre más poderoso del sector, sino también el más temido. La madurez le había otorgado una mandíbula más angulosa y una mirada que, lejos de ablandarse, se había endurecido hasta parecer granito.
No era el mismo hombre de hace seis años. La arrogancia impulsiva de su juventud se había transformado en una hostilidad gélida y calculada. Nicolás ya no gritaba para imponer su voluntad; le bastaba con un silencio prolongado para que sus subordinados temblaran. Se había convertido en un mecanismo de precisión, una máquina de generar ceros en la cuenta bancaria de la familia, pero en el proceso, su humanidad se había atrofiado.
—Nicolás, ¿me estás escuchando? —La voz de su madre, Beatriz Durantt, rompió el silencio con la elegancia de una cuchilla de seda.
Nicolás no se giró. Sus ojos seguían fijos en el tráfico de la ciudad, allá abajo, donde la gente parecía hormigas.
—Te escucho, madre. Hablas de la cena de compromiso —respondió él, con una voz profunda que arrastraba un cansancio existencial.
—No es solo una cena. Es la consolidación de nuestro legado. Elisa ha sido paciente. Ha estado a tu lado durante años, limpiando el desastre que dejó... esa mujer. Es hora de que le des el lugar que merece.
Al mencionar a Tania, aunque no fuera por su nombre, el agarre de Nicolás sobre el vaso se tensó tanto que los nudillos se le pusieron blancos. Un destello de furia, una brasa que nunca llegaba a apagarse, brilló en sus ojos. Seis años habían pasado, y el recuerdo de la traición de Tania seguía siendo el motor de su amargura. En su mente, todavía veía las fotos, todavía sentía el eco de su propia voz echándola bajo la lluvia.
Odiaba que, a pesar del odio, su fantasma lo persiguiera en las noches de insomnio. Odiaba recordar la suavidad de su piel y la forma en que ella solía mirarlo antes de que todo se pudriera. Para Nicolás, el nombre de Tania era sinónimo de debilidad, y él se había jurado no volver a ser débil jamás.
—Elisa tendrá su anillo el viernes —dijo Nicolás, girándose finalmente. Su rostro era una máscara de indiferencia—. Pero no me pidas que finja un entusiasmo que no tengo. Sabes perfectamente que este matrimonio es una transacción comercial y una satisfacción para tu orgullo.
Beatriz sonrió, ignorando el tono hostil de su hijo. Ella había ganado. Había logrado borrar a la "intruza" y ahora pondría a la mujer que ella misma había elegido en el trono de los Durantt.
—El amor es para los poetas, Nicolás. Para nosotros existe la estabilidad.
La puerta de la oficina se abrió sin llamar. Elisa entró con un vestido de cóctel que gritaba exclusividad. Se acercó a Nicolás con una sonrisa ensayada y depositó un beso casto en su mejilla. Nicolás no se movió, ni siquiera parpadeó. Su cuerpo reaccionaba a ella con la misma calidez que a una estatua de mármol.
—¡Cariño! Han llegado las invitaciones para la gala de bienvenida de la inversionista de Atlas —dijo Elisa, ignorando la tensión—. Dicen que es una mujer sumamente agresiva en los negocios. Deberíamos marcar territorio desde el principio.
—El mercado es mío, Elisa —respondió Nicolás, apartándose de ella para dejar el vaso sobre el escritorio—. Nadie viene a mi ciudad a decirme cómo mover mi mercancía. Sea quien sea esa mujer de Atlas, aprenderá rápido que los Durantt no comparten el cielo con nadie.
Sentía un vacío que le devoraba las entrañas. Se suponía que este era el punto más alto de su vida: el éxito absoluto, un compromiso aprobado por la sociedad y el control total. Sin embargo, se sentía como un espectador de su propia existencia. Su hostilidad era el escudo que usaba para no admitir que, desde aquella noche de lluvia, no había vuelto a sentir nada que no fuera rabia o desprecio.
A veces, en el silencio de su mansión, se preguntaba dónde habría terminado ella. Se imaginaba que Tania habría caído en la miseria, confirmando sus prejuicios. Esa idea le daba un placer retorcido, una validación de su juicio. Ella lo había engañado, ella había destruido su hogar, y por lo tanto, ella debía sufrir. Ese pensamiento era lo único que le daba sentido a su propia infelicidad.
—¿Nicolás? Estás perdido otra vez —le reclamó Elisa, frunciendo el ceño—. ¿En qué piensas?
—En nada que te incumba —contestó él, tomando su saco de la silla—. Tengo una reunión. Madre, Elisa... retírense.
La hostilidad de su tono no dejó lugar a réplicas. Cuando se quedó solo, Nicolás se recostó en su silla de cuero y cerró los ojos. Por un instante, el aroma de una lluvia lejana pareció llenar la habitación. Se frotó las sienes, tratando de expulsar el pensamiento.
Mañana conocería a la representante de Atlas Global. Había escuchado rumores sobre su ferocidad, sobre cómo había devorado empresas en Asia y Europa sin mostrar piedad. Nicolás sonrió con amargura. Le gustaban los retos. Le gustaba romper a la gente que se creía fuerte.
No sabía que, a pocos kilómetros de allí, en un hotel de lujo, la mujer que él creía haber destruido estaba repasando sus estados financieros. No sabía que la "fiera" que él mismo había engendrado con su crueldad estaba a punto de entrar en su mundo para reclamar no solo lo que era suyo, sino para arrebatarle hasta el último gramo de su preciada arrogancia.
Nicolás Durantt se creía el dueño de la selva, pero no se había dado cuenta de que, por primera vez en seis años, ya no era el depredador más grande de la zona. Se abrochó el botón del saco, ajustó su reloj de oro y salió de la oficina, listo para enfrentar a un fantasma que aún no sabía que había cobrado vida.