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Solo Es Mi Guarura

Solo Es Mi Guarura

Status: En proceso
Genre:CEO / Cambio de Imagen
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Yurle

Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.

NovelToon tiene autorización de Yurle para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5 - Se desmayó hace una hora

—¡Isabella! —la reprende su madre—. Respeta a tu padre.

—Déjala —dice Tomás—. Que siga de rebelde, a ver hasta cuándo le dura el reinado. No saldrás de esta casa y pondré vigilancia para que no te dejen salir.

—Papá, ya estoy grande para que me trates como una niña.

—Es que como niña te comportas —responde él—. Tanto consentimiento te hizo creer que puedes hacer lo que quieras sin pensar en el peligro.

—Mamá… —dice Isabella, suplicante, buscando apoyo.

—No, Isabella —responde Sara, dolida—. Me tiene sorprendida tu irresponsabilidad. Tienes buenos valores, pero hasta que no entiendas que tu vida es valiosa, y mucho para nosotros, no vas a salir. Ya está decidido.

Isabella se deja caer en la cama y rompe a llorar, sin control, como una niña pequeña.

Sus padres salen de la habitación y la dejan sola.

Al otro día

Isabella se levanta temprano. Se asea en silencio y baja al comedor. Está vacío.

—Margarita, ¿me sirves un poco de jugo? Si tienes de mora, mejor —le dice a una de las señoras que trabaja en la casa.

—Mi niña… ¿usted se acostó muy tarde anoche pintando? —pregunta Margarita mientras le sirve el vaso.

—No, Margie. De hecho me quedé dormida al rato que llegué —responde Isabella, tomando el jugo con calma.

Margarita la observa un momento.

—Ah… es que tienes los ojos hinchados. Diría que lloraste, pero como siempre trasnochas pintando, también pueden ser ojeras.

—Puede ser —contesta Isabella, tranquila, sin mirarla demasiado.

—¿Y qué vas a desayunar? Anoche no cenaste.

—No quiero comida. Después del gimnasio me como algo de fruta. Por ahora solo el jugo. Voy a subir a cambiarme.

—Bueno, mi niña Isa.

Isabella sube, se pone ropa deportiva y baja al gimnasio que está en la parte trasera de la casa.

Entrena unos treinta minutos. Al principio todo normal… hasta que empieza a sentir un leve mareo. Se detiene, respira hondo, pero la sensación no se va.

Sube de nuevo.

—Margarita… ahora sí quiero la fruta, me siento un poco maread…

No termina la frase. Se desploma justo al entrar a la sala.

—¡ISABELLA! —grita Sara, que estaba hablando por teléfono.

Corre hacia ella.

—¡Margarita, llama al doctor, por favor!

Entre ella y otra empleada la acomodan en el sofá. Margarita vuelve con un algodón empapado en alcohol y lo acerca a su nariz.

Isabella empieza a reaccionar.

—Mm… ¿qué pasa? —murmura, intentando incorporarse.

—Te desmayaste —dice Sara, ayudándola a sentarse—. Ya Margarita llamó al doctor.

—Eso fue porque no ha comido nada desde ayer —añade Margarita.

Sara la mira con preocupación.

—¿Por qué estás dejando pasar las comidas, Isabella?

—Se me olvidó… ahora venía por fruta y ya.

—No comes y te pones a hacer ejercicio… por Dios, Isabella.

En ese momento llega el médico. Le explican lo ocurrido. Él la revisa con calma y concluye que fue un cuadro de deshidratación agravado por el esfuerzo físico. Le recomienda comer bien y no saltarse comidas.

El doctor se marcha.

—Margarita, prepárale algo de comer mientras trae las frutas —dice Sara.

—No quiero comer —murmura Isabella, aún pálida.

—¿Estás bien? ¿No escuchaste al doctor? ¿Quieres desmayarte otra vez?

—Sí escuché… pero con la fruta basta. No quiero algo pesado.

Sara la observa en silencio unos segundos.

—Anoche lloraste, ¿verdad? Mira cómo tienes los ojos.

—Mis ojos siempre son escandalosos.

Sara sonríe levemente.

—Siempre se adelantan a lo que no dices.

Pasa el rato. Ya es casi hora de almuerzo. Siguen sentadas en el sofá, Isabella picando fruta sin mucho ánimo.

La puerta principal se abre.

—¡Holaaa! —dice Tomás entrando—. Oh, ¿me estaban esperando?

—Ay, amor —ríe Sara.

Tomás mira a Isabella con más atención.

—¿Isa, estás bien?

Ella asiente con la cabeza, sin mirarlo.

—Se desmayó hace como una hora —explica Sara—. El médico ya vino.

—¿Cómo así? ¿Y por qué? —pregunta él acercándose.

—No cenó, no desayunó y se fue a entrenar con medio vaso de jugo —dice Sara.

Tomás suspira.

—Isa, tienes que estar más pendiente de tu alimentación. Y ni te pregunto por esos ojos hinchados.

—Lo haré —responde ella, levantándose para subir a su habitación.

Cuando desaparece por las escaleras, Tomás baja la voz.

—No me gusta verla así. Ella es tan enérgica… y hoy está apagada.

Sara suspira.

—Yo también estaría así si no me dejan salir. A esa edad uno no dimensiona el peligro. Siempre ha sido libre, porque nosotros le dimos confianza.

—Sí… pero debe entender —dice Tomás—. Tampoco me gusta verla así. Llévala a algún lugar, un spa, algo que la distraiga.

—Buena idea. Ven, vamos a comer.

Se dirigen al comedor en silencio.

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