Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.
En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.
Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...
Novela extensa...
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Un Nuevo Comienzo...
...4...
El primer rayo de sol se filtró a través de las cortinas, pintando rayas doradas sobre la alfombra. Luke despertó lentamente, el cuerpo aún adormecido por el cansancio acumulado, pero la mente ya alerta. El suave murmullo de la casa, los ruidos matutinos de una familia despierta, lo envolvieron, creando una sensación de normalidad que le resultó casi extraña. Se incorporó en la cama, sintiendo la rigidez en sus músculos, pero también una extraña ligereza, como si el peso del mundo se hubiera aligerado un poco durante la noche.
Bajó las escaleras sigilosamente, encontrándose con James en la cocina, ya inmerso en la preparación del café. El aroma fuerte y familiar llenó el aire, una promesa de energía para el día que comenzaba.
—Buenos días —dijo James, girándose con una sonrisa cansada pero cálida—. Dormiste bien, espero.
—Sí, gracias —respondió Luke, su voz aún ronca por el sueño—. Me salvaste la noche.
James le pasó una taza humeante, el calor reconfortante en sus manos. Se sentaron a la mesa, el silencio cómodo entre ellos, roto solo por el sonido del café siendo servido y el suave murmullo de los niños jugando en el salón.
—Así que… —comenzó James, dando un sorbo a su café—. Ahora que estás aquí, ¿qué piensas hacer?
Luke miró su taza, el vapor ascendiendo y empañando el aire. Sabía que este era el momento, la oportunidad de empezar a desatar los nudos que lo habían oprimido durante tanto tiempo.
—No lo sé, James —confesó, la honestidad fluyendo con facilidad—. Vengo de… lejos. De mucho tiempo fuera.
James asintió, su expresión comprensiva.
—Lo sé. Lo de la milicia, ¿verdad?
Luke levantó la mirada, encontrándose con los ojos de su amigo. Había una profundidad en ellos, una comprensión que iba más allá de las palabras.
—Sí. Me uní hace años. Pensé que era lo que necesitaba. Necesitaba… propósito.
—¿Fuerzas especiales? —preguntó James, la pregunta teñida de una mezcla de admiración y aprensión.
Luke asintió, la cabeza baja.
—Sí. Estuve en Afganistán. Varias misiones. Fue… intenso.
No entró en detalles. No era necesario. James, con su propia experiencia de vida, entendía el peso de esas palabras, la oscuridad que podían albergar.
—Todo terminó hace unas semanas —continuó Luke, sintiendo cómo la confesión liberaba una parte de la presión que había estado acumulando—. Por eso regresé. Creí que… que ella me esperaría.
La mención de Cecilia trajo de nuevo el sabor amargo a su boca. James suspiró profundamente.
—Lo sé, Luke. Y… joder. Lo siento. Todavía no puedo creer que…
—No te culpes, James —interrumpió Luke—. Nadie lo vio venir. Yo… yo me fui a servir. Creí que estábamos bien. Creí que ella entendía.
—Ella siempre te quiso, Luke. Eso lo sé.
—Pues parece que no fue suficiente —Luke dio otro sorbo a su café, sintiendo el calor quemarle la garganta, como si intentara purgar la amargura—. Me equivoqué. Pensé que mi regreso sería… diferente. Que volvería a mi vida. Pero resulta que mi vida ya no me esperaba.
Se hizo un silencio, esta vez más pesado. El sonido de los niños jugando en el salón parecía lejano, casi irreal.
—Maldita sea, Luke —dijo James finalmente, su voz baja y reflexiva—. Siento mucho que tuvieras que pasar por esto. Estar ahí afuera… no debe ser fácil. Y luego volver y encontrar esto…
Luke asintió, incapaz de articular una respuesta. Las palabras se habían agotado.
—Pero no estás solo ahora —añadió James, su mano posándose de nuevo en el hombro de Luke, un gesto firme y reconfortante—. Estás aquí. Y aquí, no estás solo. Vamos a averiguar qué sigue. Paso a paso.
Luke levantó la vista hacia su amigo, una chispa de esperanza, tenue pero persistente, encendiéndose en sus ojos. Quizás, solo quizás, James tenía razón. Quizás, a pesar de todo, había un camino a seguir. Y por primera vez en mucho tiempo, no se sentía completamente perdido en la oscuridad. El camino por delante era incierto, pero al menos, no tendría que recorrerlo en solitario.