Mía una de 19 años es obligada a casarse con un mafioso por culpa de su hermana gemela ella está pagando
su hermana era una drogadicta siempre estaba en problemas mano a la mujer de un mafioso y el por venganza decide casarse con ella para hacerla pagar todos los días por haber arrebatado al amor de su vida
sus padres por proteger a su princesa entregaron a mía una hija que ellos cautiva
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capitulo 4
El cuerpo de Mía seguía tenso sobre la cama.
Su respiración era irregular.
El pecho subía y bajaba rápido.
Renzo estaba encima de ella.
Observándola.
Con una intensidad que la hacía sentir completamente expuesta.
Sus manos comenzaron a recorrer su cuerpo.
Lentas.
Firmes.
Diferentes.
Y eso…
la descolocó.
Porque no era como antes.
No había brusquedad inmediata.
No había imposición desde el primer segundo.
—Te noto distinta… —murmuró él, con la voz grave.
Mía no respondió.
Pero su cuerpo sí.
Un leve temblor la recorrió cuando él acercó el rostro a su piel.
—Tu aroma… —susurró cerca de su cuello—. Es adictivo.
Mía cerró los ojos.
Por un segundo.
“Déjate llevar…”
La voz de Hanna apareció en su mente.
Su plan.
Su única salida.
Renzo deslizó sus manos por su espalda.
Sintiendo cada reacción.
Cada tensión.
Cada intento de contenerse.
Estaba por hacer lo de siempre.
Dominar.
Imponer.
Controlar.
Pero entonces—
—No… así no… por favor…
La voz de Mía fue suave.
Frágil.
Y lo detuvo.
Renzo se quedó quieto.
Mirándola.
No entendía por qué…
pero la escuchó.
No la sujetó.
No la inmovilizó.
Y eso…
era completamente nuevo.
—¿Qué estás haciendo conmigo…? —murmuró él, confundido.
Mía no respondió.
No podía.
El miedo seguía ahí.
Pero también…
algo más.
Renzo volvió a acercarse.
Pero ahora más lento.
Más consciente.
Sus manos siguieron recorriéndola.
Con intensidad.
Sin violencia.
Y eso…
la confundía aún más.
Porque su cuerpo reaccionaba.
Aunque su mente gritaba que no.
—Quiero que lo disfrutes… —dijo él en voz baja—. Los dos.
Mía abrió los ojos.
Sorprendida.
Eso no estaba en el plan.
Pero tampoco se apartó.
Recordó.
A su abuela.
A Lucas.
A su libertad.
Esto es por salir de acá…
Sus manos se movieron.
Dudosas.
Pero se movieron.
Se aferró a él.
Sus uñas marcaron su espalda.
Renzo reaccionó.
Su respiración se volvió más pesada.
—Así… —murmuró—. No te contengas.
Y algo en él cambió.
Porque ya no era solo control.
Era deseo real.
Mía cerró los ojos.
Se dejó llevar.
O al menos lo intentó.
Pero una lágrima escapó.
Silenciosa.
La limpió rápido.
Renzo no debía verla.
Porque si la veía…
todo se rompía.
El momento se volvió intenso.
Confuso.
Peligroso.
Y cuando todo terminó…
el silencio llenó la habitación.
Renzo no se movió enseguida.
Se quedó mirándola.
Como si intentara entender.
Qué había sido diferente.
Por qué no había hecho lo de siempre.
Por qué la había escuchado.
Por qué…
no podía dejar de mirarla.
Se levantó finalmente.
Sin decir nada.
Mía se quedó quieta.
Unos segundos.
Hasta que pudo reaccionar.
Se vistió rápido.
Y salió de la habitación.
En el pasillo…
Hanna la esperaba.
—Vení.
Entraron a su habitación.
Cerraron la puerta.
—¿Y? —preguntó Hanna.
Mía bajó la mirada.
—Sí…
—¿Sí qué?
—Pasó…
Hanna sonrió.
Satisfecha.
Pero al verla mejor…
frunció el ceño.
—Te costó.
Mía asintió.
—Mucho…
Silencio.
—Escuchame —dijo Hanna—. Cambié los planes.
Mía levantó la mirada.
—Mandé a buscar a tu abuela.
El corazón de Mía se detuvo.
—¿Qué…?
—Va a estar a salvo —continuó Hanna—. En otro país.
Los ojos de Mía se llenaron de lágrimas.
—¿De verdad…?
—Sí.
Mía la abrazó.
Con fuerza.
—Gracias… gracias…
Hanna la sostuvo.
Pero su mente…
seguía trabajando.
—En menos de dos meses te saco de acá —dijo—. Pero tenés que seguir.
Mía asintió.
—Lo voy a hacer.
Minutos después…
Mía estaba bajo la ducha.
El agua caía sobre su cuerpo.
Y ella lloraba.
Se frotaba la piel.
Como si pudiera borrar todo.
Pero no podía.
—Ya falta menos… —susurró.
Abajo…
la calma no duró.
—¡¿Cómo mierda pasó esto?! —rugió Renzo.
Golpeó la mesa con fuerza.
Sus hombres estaban frente a él.
En silencio.
—Nos robaron un cargamento.
Armas.
El aire se volvió peligroso.
—Quiero nombres —dijo Renzo—. Ahora.
Nadie respondió.
—¡Hanna!
Ella apareció.
—¿Qué pasa?
—Quiero que averigües quién fue.
Sus ojos ardían.
—Nadie se mete conmigo.
Hanna lo observó.
Analizando.
—Ya voy —respondió.
Y se fue.
Pero en su mente…
todo se conectaba.
Mía.
Renzo.
El plan.
Y ahora…
esto.
Renzo tomó su arma.
Bajó las escaleras rápidamente.
Decidido.
Peligroso.
Mía lo vio desde el pasillo.
El arma en su mano.
Su expresión.
Y el miedo volvió.
Fuerte.
Renzo pasó junto a ella.
Sin mirarla.
—Nadie me toca lo mío… —murmuró.
Y salió.
La puerta principal se cerró de golpe.
El silencio volvió.
Pero ya no era paz.
Era el comienzo de algo peor.