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Senderos de niebla y sombras
El amanecer se abrió paso con lentitud entre las copas de los árboles, tiñendo el bosque de una luz grisácea y húmeda que pronto se convirtió en una niebla espesa, blanca y fría, que se deslizaba entre los troncos como un manto silencioso. Esa bruma, aunque dificultaba la visión, resultó ser también una protección inesperada: ocultaba sus pasos y borraba cualquier rastro que hubieran podido dejar durante la noche. Sin embargo, también hacía que el camino fuera más traicionero; el suelo se volvía resbaladizo por el rocío, y los sonidos llegaban amortiguados, distorsionados, lo que obligaba a todos a caminar con extrema precaución.
Se pusieron en marcha poco después de haber tomado un desayuno ligero: frutos secos, un poco de pan duro y agua fresca de un arroyo cercano. Nadie hablaba en voz alta; las palabras se reducían a gestos breves y susurros necesarios. La tensión, aunque menos aguda que durante la huida, no había desaparecido del todo. Sabían que estaban lejos de estar a salvo. El Fuerte de Ámbar era una fortaleza poderosa, y quienes la gobernaban no solían rendirse ante una pérdida; la búsqueda no tardaría en organizarse en cuanto descubrieran que sus prisioneros habían escapado.
Kaelen caminaba junto a Valeria, manteniéndose siempre a su lado, atento a cada paso que ella daba. La niebla hacía que el entorno pareciera cambiar constantemente; árboles que antes habían visto ahora parecían diferentes, y los senderos se entrecruzaban de formas que podían confundir a cualquiera. Pero él conocía aquella zona mejor que nadie. Había recorrido aquellos bosques desde niño, y su instinto de guerrero le servía de brújula cuando los caminos se desdibujaban.
—Mantente cerca —le dijo en voz baja, inclinándose un poco hacia ella para que solo ella pudiera oírlo—. La niebla es buena para ocultarnos, pero también puede hacer que nos separemos sin darnos cuenta. Además, esconde los peligros: raíces, desniveles, animales… y también ojos que quizás nos buscan.
Valeria asintió, envolviéndose mejor en su manta contra el frío húmedo que calaba hasta los huesos. A pesar de la fatiga que aún sentía en los músculos y la debilidad de las heridas recientes, se obligaba a mantener el ritmo. No quería ser una carga, aunque veía claramente que Kaelen no la veía de esa forma; al contrario, cada vez que ella tropezaba levemente o se detenía un instante para recuperar el aliento, él estaba allí, ofreciéndole su brazo firme como apoyo, con una mirada que mezclaba firmeza y una ternura que le resultaba nueva y reconfortante.
—¿Cuánto falta todavía? —preguntó ella después de un largo tramo de silencio, mientras rodeaban una gran roca cubierta de musgo y líquenes.
—Un día y medio de marcha, si el tiempo se mantiene así y no tenemos contratiempos —respondió él, mirando hacia adelante, donde la niebla se espesaba hasta parecer un muro impenetrable—. Estamos dejando atrás la zona más cercana al Fuerte. Ahora entramos en el Bosque Profundo. Es un lugar más salvaje, pero también menos transitado. Si logramos cruzarlo sin problemas, habremos recorrido la mitad del camino.
—¿Y es peligroso? —inquirió ella, observando la oscuridad que se insinuaba entre los árboles más antiguos.
—Todo lo que está lejos de la mano del hombre tiene sus riesgos —admitió Kaelen con sinceridad—. Hay animales grandes, corrientes de agua que crecen con la lluvia y desfiladeros que no aparecen en ningún mapa. Pero lo más peligroso, por ahora, sigue siendo lo que viene detrás de nosotros.
Mientras avanzaban, la conversación se fue abriendo poco a poco, lejos de las presiones inmediatas. Valeria sentía que necesitaba hablar, no solo para distraer la mente del miedo, sino también para entender mejor qué era lo que estaba ocurriendo a su alrededor. El nombre del Corazón de Ámbar resonaba en su cabeza como un eco lejano, algo que no lograba comprender pero que parecía estar ligado a su propia existencia.
—Dijiste que en el castillo hay libros antiguos —comenzó ella, buscando las palabras con cuidado—. ¿Crees que en verdad podremos encontrar algo sobre lo que me dijeron? ¿Sobre esa piedra y por qué creen que yo tengo algo que ver con ella?
Kaelen guardó silencio por unos instantes, eligiendo sus palabras con prudencia. No quería darle falsas esperanzas, pero tampoco dejarla sumida en la incertidumbre absoluta.
—No lo sé con certeza —reconoció finalmente—. Pero sé que tu linaje es antiguo, Valeria. Los fundadores de tu casa fueron los primeros en habitar estas tierras mucho antes de que se construyeran fuertes o castillos. Existen leyendas que hablan de objetos con poderes especiales, vinculados a la tierra y a las personas que saben escucharla. A veces, lo que llamamos magia no es más que un conocimiento olvidado, algo que nuestros antepasados entendían y que nosotros hemos perdido.
—¿Y tú crees en esas leyendas? —lo miró ella directamente a los ojos, buscando la verdad en su mirada.
Él la miró de vuelta, con esa calma serena que la hacía sentir segura.
—He visto cosas que no tienen explicación con las palabras de todos los días —respondió con honestidad—. He visto bosques que se cierran ante los extraños y montañas que guardan secretos. No sé si el Corazón de Ámbar tiene el poder que dicen, pero sí sé que hay hombres dispuestos a matar y a esclavizar por poseerlo. Y eso, sin duda, es real.
La marcha continuó durante horas. El grupo avanzaba en formación: los exploradores iban unos metros adelante, despejando el camino y vigilando; en el centro iban Valeria y los demás, y la retaguardia la cerraban los más experimentados, listos para frenar cualquier ataque por sorpresa. La niebla se mantuvo casi todo el día, envolviéndolos en una burbuja silenciosa donde el tiempo parecía transcurrir de forma distinta.
Al mediodía, se detuvieron brevemente en un claro pequeño, protegido por colinas bajas. No encendieron fuego, por precaución, y comieron de pie o sentados sobre piedras húmedas. En ese momento, uno de los exploradores regresó con el ceño fruncido, señalando hacia el norte.
—Hay huellas —dijo en voz baja, dirigiéndose a Kaelen—. No son recientes, quizás de esta mañana, pero son de varios hombres a caballo. Vienen siguiendo el borde del bosque, sin entrar todavía.
Un murmullo contenido recorrió el grupo. Kaelen frunció el entrecejo, analizando la información.
—Siguen el camino principal —concluyó—. Esperan que intentemos ir por la ruta más rápida. No entran al bosque porque les da desventaja; los caballos no pueden avanzar bien aquí, y pierden la visión. Pero están cerrando el cerco.
—¿Entonces nos están esperando para cuando salgamos? —preguntó Valeria, entendiendo la estrategia.
—Es posible —asintió él—. Pero tenemos la ventaja de conocer el terreno. Si seguimos por el interior, cruzaremos la cadena de colinas antes de que logren cerrar todos los pasos. Será un camino más difícil, más lento, pero mucho más seguro.
Decidieron cambiar de rumbo levemente, alejándose aún más de las rutas habituales. El terreno se volvió más escarpado; tuvieron que trepar por laderas cubiertas de hojas secas y cruzar pequeños arroyos de agua helada que bajaban de las montañas. El esfuerzo hacía que el cuerpo se calentara, pero el frío de la niebla seguía calando en los huesos.
En un momento de la tarde, cuando la luz comenzaba a desvanecerse y el bosque adquiría tonos más oscuros, Valeria sintió un mareo leve. Las heridas, aunque tratadas, aún estaban frescas, y la caminata prolongada pasaba factura. Kaelen se dio cuenta de inmediato cuando su paso se hizo más inestable.
—Basta —dijo él con firmeza, pero sin dureza—. Ya hemos avanzado bastante. Buscaremos un refugio antes de que anochezca por completo.
No tardaron en encontrar lo que buscaban: una pequeña gruta natural, oculta tras una cascada de enredaderas y helechos, cuya entrada apenas se distinguía entre la vegetación. Era un espacio reducido, pero seco y protegido, y lo mejor era que resultaba casi invisible desde el exterior.
Al entrar, colocaron rocas en la entrada para ocultarla mejor y encendieron un fuego muy pequeño, resguardado en un rincón donde el humo saldría por una grieta del techo sin delatar su posición. El calor del fuego fue bienvenido, secando la humedad de la ropa y devolviendo algo de color a los rostros cansados.
Valeria se sentó sobre una capa de hojas secas y musgo que le prepararon. Se sentía agotada, pero en paz. Observó a los demás: algunos revisaban sus armas, otros compartían un poco de comida, todos en silencio, atentos. Luego sus ojos se posaron en Kaelen, que estaba de pie cerca de la entrada, mirando hacia fuera a través de una rendija.
—Kaelen —lo llamó ella suavemente.
Él se giró y se acercó enseguida, sentándose a su lado sin dudarlo.
—¿Te sientes mal? —preguntó al instante, revisando con la mirada su estado.
—Estoy bien —sonrió levemente, una sonrisa cansada pero sincera—. Solo quería darte las gracias. Si no fuera por ti…
—No hace falta —la interrumpió él con suavidad, pero con convicción—. Mi deber es protegerte. Pero no es solo un deber —añadió después de una pausa, bajando un poco la voz para que solo ella lo oyera—. Cuando te vi allí, en esa celda, supe que no permitiría que te hicieran daño nunca más.
Valeria sintió cómo se aceleraba un poco su corazón. Había visto la fuerza de este hombre, su destreza en la lucha, pero ver esa vulnerabilidad y lealtad en su mirada la conmovía profundamente.
—Y yo confío en ti —respondió ella con firmeza, mirándolo a los ojos—. Gracias por no dejarme sola.
El fuego crepitaba suavemente. Fuera, la niebla seguía envolviendo todo, ocultando el mundo y a quienes los perseguían. En ese pequeño refugio de piedra, rodeados de sombras y silencio, ambos sabían que la noche sería larga y que el peligro seguía al acecho. Pero también sabían que, mientras estuvieran unidos y mantuvieran la esperanza, el camino hacia la libertad y la verdad seguía abierto ante ellos.