cuando toda una manada está en un guerra con razas su única esperanza es alguien quien menos esperan..
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Te enseño
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Llegó la tarde y Alex aún no había vuelto del bosque. Estaba frente a la luna, bailando para calmarse, cuando sintió a Ángel detrás de ella. Siguió con su danza sin detenerse; Ángel la observó en silencio, percibiendo su miedo, su preocupación y su tristeza. Solo suspiró hasta que ella terminó.
– Todos están preocupados por ti, cariño.– La abraza. Alex asintió sin decir nada. –Decidimos plantar flores de lupurias en todo el límite, todas las que podamos conseguir, en todas las manadas. Cesar y tu madre ayudarán. Max tiene razón…– Alex escondió su rostro en su pecho al escuchar la última parte. Él levantó su cara con delicadeza. –Llora, cariño, saca todo lo que sientas.– Apoyó su frente contra la de ella. Sus ojos estaban cerrados, pero las lágrimas caían por sus mejillas; él las limpiaba besando sus labios. –Mi hermosa Reina, eres increíble, pero también vales mucho para nosotros…– La abraza con más fuerza mientras dejaba besos por todo su rostro. Alex asintió, sintiendo su calidez.
Después de que Alex se calmara un poco, se dirigieron adentro, de la mano. Alex sonrió ladina: tenía a un gran hombre a su lado. Al entrar, todos alzaron la mirada con preocupación.
– Patearemos ese trasero a esa zorra, hermana.– Dice Seba. Alex sonrió y le dio un golpe suave en el brazo; él le desordenó el cabello.
– ¿Está con las frituras?–
– Sí… Ya se comió cuatro bolsas de papas.– Dice Cristian apuntando hacia la cocina.
Alex suspiró y miró a Max en la mesa: comía con la vista perdida, un gesto que tenía de niño cuando estaba preocupado o triste. Golpeó ligeramente la puerta; él solo bajó la mirada. Ella se sentó a su lado y empezó a comer con él. No dijeron nada, pero pronto los sollozos de Max empezaron a escucharse, acompañados de algunas lágrimas.
– Llorón.– Susurró poniendo su cabeza en su hombro.
– Mandona.–
Contestó mientras se limpiaba las lágrimas. –Me debes un kilo de helado.– Dijo Max. Solo ella podía hacerlo llorar, y Alex siempre le prometía un kilo de helado en esos momentos. –Chocolate con chispas.– Contestó Alex sonriendo. Él asintió.
Los demás escuchaban su conversación detrás y sonrieron al verlos: parecían dos hermanos por lo unidos que estaban.
...
Llegó la mañana y Alex ya estaba con Caty, quien podía hablar y cuya herida estaba bien cicatrizada. Ahora, con su vínculo activo, sanaría completamente.
– Muchas gracias, Reina… Tienes mi lealtad.– Tomó su mano.
– Gracias, Caty. Me alegra tener otra amiga.– Sonríen. –¿Te quedarás con el alfa Cristian?–
– Yo… Aún no sé. ¿Es bueno? No lo conozco, y por lo que dice mi manada, no tiene buena reputación.–
Alex rio y ambas miraron por la ventana: Ángel y los demás se preparaban para regresar.
– Lo tendrás que descubrir por ti misma, pero puedo asegurar que tendrás un excelente alfa a tu lado. Si fuera otro, te hubiera dejado morir…– Miró a Caty, quien asintió. –Y no te preocupes por las zorras que lo rodean: se nota que le gustaste, no deja de mirarte. Y avísame si alguna te molesta; la haré que se la comen los osos.– Sonríe malvadamente.
Caty ríe con sus palabras. Ángel vino a buscarla.
– Volveremos en la tarde; iremos al límite.– Dice Alex. Cristian asintió.
– Yo… Te agradezco. Realmente no sé cómo compensarte por salvarla.–
Suspiro y se arrodilló ante ella. Ángel sonrió ladino al verlo en el suelo; Alex abrió los ojos sorprendida.
– Alfa, por favor… No haga eso, qué vergüenza.– Lo levantó de golpe. –Solo cuídela… Y no deje que sus zorras se metan con ella.– Cristian sonrió abrazando a Caty, que estaba completamente sonrojada.
– Jamás… Tengo una hermosa Luna.– Miró a Caty, quien sonrió. –Los esperamos.–
– Nos vemos, Caty. Después te enseño cómo cortar un cuello, por si alguna intentara molestarte…–
Ángel le tapó la boca y la llevó como si fuera una bolsa de papas. La pobre Caty reía cubriéndose la boca; a diferencia de Alex, ella era muy tierna y dulce. Cristian negaba con la cabeza, riéndose de las palabras de Alex, y ambos entraron tomados de la mano.
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