Sophia Clarkson, 17, heredera de Luna Plateada.
Kael Drevon, 24, rey de reyes de Colmillo Negro.
No se conocen. Pero el hilo los encontró.
A 600 kilómetros, ella se quema las manos para no correr hacia él.
Él apoya la frente en vidrio frío para no decir su nombre.
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*Es mi mate*
El salón está cálido. Mesa de roble larga, pulida por años de manos, de codos apoyados, de familias que desayunaron acá antes que nosotros. Chimenea grande que escupe calor y hace bailar las sombras en los tapices azules. Ventanas altas con escarcha afuera. Pan casero humeando en una canasta de mimbre. Miel en un frasco. Manteca que se derrite sola. Té en tazas de cerámica gruesa, hechas a mano.
Huele a hogar. Huele a familia. Huele a todo lo que yo nunca tuve.
Bajé porque no dormí. Porque cada segundo lejos de ella me quemaba las costillas por dentro. Porque Aldric dijo "mañana hablamos" y mañana ya llegó con el sol golpeando la escarcha.
Sophia entró último. Pelo todavía húmedo. Vestido azul simple de lana, sin adornos. El corte de la mejilla tapado con una trenza. Ojeras. Labios pálidos. Pero caminaba. Viva.
Se sentó en la punta de la mesa. Lejos mío. Lejos de Aldric. En el medio. Como siempre. Como escondiéndose de los dos.
Lysandra le sirvió té. Manos suaves, dedos con marcas de años amasando pan. Ojos de madre que vieron demasiado y todavía eligen amar. Me miró a mí un segundo. Largo. Sin juzgar. Entendió todo sin que diga nada. Vio mis ojeras. Vio cómo miraba a Sophia.
Aldric no tocó su taza. Tamborileó los dedos en la madera. Una vez. Dos. Tres. Ojos Azul Hielo fijos en mí. Taladrándome.
Silencio. Solo el fuego crujiendo y el té humeando.
"Bueno" dijo Aldric al fin. Voz baja. De Alfa. De padre. De hombre que no durmió en toda la noche. "Hablemos, Kael. De hombre a hombre. Sin corona. Sin Rey de Reyes. Solo vos y yo."
Asentí. Manos en la mesa. No temblaban. Afuera no. Adentro me temblaba el alma.
"Qué está pasando" siguió él. Cada palabra pesada. "Entraste a mi casa sin permiso. Bañaste a mi hija con tus manos. Dormiste en esta casa toda la noche. Mirala ahora." Me señaló con la barbilla. No con el dedo. Con respeto. "No me mientas, Kael. Decime qué carajo está pasando con mi hija. Con mi cachorra."
Sophia bajó la vista a la taza. No respiró. Se hizo chiquita en la silla.
Yo la miré. Un segundo. Solo uno. Labios blancos. Dedos agarrando la cerámica como si fuera a romperse. Como anoche cuando temblaba bajo el agua.
Tragué saliva. Vidrio. Otra vez.
"Es mi mate" dije. Simple. Voz ronca. Sin corona. Sin título. Verdad desnuda. La única que tengo.
Silencio.
Después el ruido de la silla de Aldric contra la piedra. Raspa. Feo. Se puso de pie de golpe. Mesa que cruje bajo sus puños. Ojos Azul Hielo ahora tormenta. Ahora padre herido.
"¡¿Tu qué?!" La voz le salió de la garganta, no de la boca. De Alfa. De lobo. De padre. "¡Mi hija de diecisiete años es tu mate, Kael! ¡Vos tenés veinticuatro! ¡Vos sos Rey de Reyes con ejércitos! ¡Ella es una cachorra y heredera al trono de Luna Plateada! ¡Mi hija!"
Cada palabra un golpe. Cada golpe para mí. Para ella. Para la mesa.
Sophia siguió en la silla. Taza temblando en la mano. Té que se mueve, que casi se derrama.
"¡Aldric!" Lysandra se puso de pie también. Pero suave. Sin ruido. Mano en el antebrazo de él, dedos firmes. "Calmate."
"¡No!" Le rugió. No a ella. Al aire. A mí. Al destino. "¡Es mi cachorra! ¡En dos meses cumple dieciocho! ¡Dos meses! ¡Y este hombre me dice que es su mate! ¡En mi casa! ¡En mi cara! ¡Delante mío!"
Se me paró el corazón. Pero no bajé la vista. Soy Kael. No bajo la vista. Ni ante alfas. Menos ante padres que defienden a sus hijas.
"Lo sé" dije. Voz igual. Igual de firme. "Sé la edad. Sé los dos meses. Sé que es tu hija. Sé que es cachorra. Sé todo, Aldric. No soy ciego."
"¡Entonces lárgate!" Escupió. "¡Ahora! ¡Antes que hagas algo que no tiene vuelta! ¡Antes que la manches con tu obsesión!"
"¡No la manché anoche!" Rugí. Me puse de pie. Silla que cae atrás mío, golpe seco. Puños en la mesa. Madera que cruje. Frente a frente. Rey de Reyes vs Alfa de Luna Plateada. Corona vs territorio. "¡La limpié! ¡Con agua hirviendo y manos que parten cuellos! ¡La envolví en tu manta y me fui a tres pasillos aunque me moría por quedarme! ¡Decime qué hombre de los tuyos haría eso, Aldric! ¡Decime uno solo!"
"¡Un hombre que no la mire así!" Bramó él. Pecho subiendo y bajando. "¡Con esa hambre en los ojos! ¡Con esa sed!"
"Hambre tengo" admití. No mentí. Nunca le mentí. No voy a empezar ahora. "Hambre de que nadie la toque más. Hambre de que respire tranquila. Hambre de que viva sin miedo. Hambre de ella, sí. Hambre que me quema por dentro. Pero no la toqué mal, Aldric. Te lo juro por mi corona. Por mi lobo Amarok. Por mi madre muerta."
El salón entero tembló. Poder contra poder. Lobo contra lobo. Rey contra Alfa. Aire que pesa.
Sophia miró al frente. Taza contra el pecho ahora. Como escudo. Como si eso la fuera a proteger de nosotros.
Lysandra se metió entre nosotros. Flaca. Alta. Pero se metió igual. Manos en los dos pechos. Empujó. A mí y a Aldric. Nos separó un paso. Un paso es mucho cuando hay tanto odio y tanto miedo.
"¡Basta!" Su voz no fue grito. Fue orden de madre. De Luna. De la que manda cuando los hombres se ponen brutos. "Los dos. Cállense. Ahora."
Nos miró. A él. A mí. Uno. Después al otro.
"Kael" dijo. Ojos azul hielo, pero viejos. Que ven almas, no títulos. "¿Vos estás seguro que es tu mate? ¿Seguro seguro? Porque el mate no se equivoca. Pero los hombres sí."
"Sí" dije. Sin dudar. Sin respirar. "Mi lobo la reconoció cuando nos juntamos en el claro. Antes que yo lo entienda. Me arrodillé. Sin querer. Mi lobo lo sabía."
"¿Te la vas a llevar?" siguió. Sin juicio. Solo pregunta. De madre a hombre.
Cerré los ojos un segundo. Mandíbula apretada hasta que dolió. La verdad duele más que filo. "Quiero" dije. Honesto. Me salió roto. "Quiero agarrarla, pegarla a mi pecho y que nadie más la mire. Quiero. Sí. Me quema por dentro. Pero no lo voy a hacer, Lysandra. No hasta que ella quiera. No hasta que cumpla dieciocho. No hasta que Aldric me deje. No hasta que me mate si hace falta."
Silencio otra vez. Pesado. De los que aplastan.
Lysandra suspiró. Soltó a Aldric. Se dio vuelta. Caminó hasta Sophia. Le sacó la taza de las manos antes que se le caiga. Le acomodó la trenza detrás de la oreja con dedos de madre. Beso en la frente. Largo.
"Mi niña" susurró. Solo para ella. "Respirá. Conmigo."
Después se dio vuelta a Aldric. Voz suave pero filo. Filo de Luna. "Es tu hija. Tu sangre. Tu cachorra. Y sí, tiene diecisiete. Faltan dos meses. Kael es Rey de Reyes y es peligroso. Es fuego. Lo sé. Lo vi matar sin parpadear. Pero no podemos hacer nada con esto, Aldric. El mate es de la Diosa. No nuestro."
Aldric respiraba agitado. Pecho subiendo y bajando. Lobo arañando por dentro. Quería romper la mesa. Quería romperme a mí.
"Pero" siguió Lysandra, mano en la cara de él, obligándolo a mirarla "¿vos viste sus manos anoche? ¿Viste cómo temblaban para no lastimarla? ¿Viste cómo se fue aunque le dolía el alma? Eso no lo hace un hombre que quiere manchar, mi amor. Eso lo hace un hombre que ama y tiene miedo de romper lo que ama."
"Amor" escupió Aldric. Pero bajó un tono. Ya no rugido. Dolor. "Es una locura. Tiene diecisiete."
"Puede ser" dijo Lysandra. "Pero tu hija encontró a su mate." señaló a Sophia sin tocarla "Y mirala. No tembló cuando él entró al salón. Tembló cuando vos gritaste. Pensá, Aldric. Pensá como padre, no como Alfa. Como el hombre que me cortejó hace veinte años."
Aldric cerró los ojos. Puños en la mesa. Mandíbula como piedra. Garganta trabajando para tragar el rugido.
Cuando abrió los ojos me miró. Ya no había tormenta. Ya no había fuego. Había cansancio. De padre que perdió la pelea contra la verdad. Contra la Diosa.
"Dos meses" dijo. Voz rota. Voz de hombre, no de Alfa. "Dos meses, Kael. Contados. No la toques. No la beses. No la mires como anoche. No le hables de mate. No le prometas nada. No la encierres. Si la rompés antes, si la hacés llorar por vos, te mato yo. Rey de Reyes o no. Te lo juro por mi sangre."
Asentí. Garganta cerrada. Nudo. "Dos meses."
"Y después" siguió él, dedo apuntándome pero sin tocarme "después ella decide. No vos. Ella. Tiene voz. Si dice que no, no volvés nunca más. Si dice que sí... Diosa nos ayude a los dos. Porque voy a tener que aprender a llamar yerno al hombre que me da miedo."
Miré a Sophia. Ella me miró. Ojos azul hielo, iguales a los de Aldric. Mojados. No de miedo. De algo más. De pena. De culpa. De querer.
Lysandra la miró. "Hija. ¿Estás bien? Decí la verdad."
Sophia agarró la taza otra vez. Manos temblando menos. Tomó un sorbo. Mirándonos a los dos. A su padre. A mí.
Pero cuando apoyó la taza, sus dedos rozaron los míos por arriba de la mesa. Un segundo. Suave. Quería. Después los quitó. Rápido. Como si quemara. Como si la culpara.
Aldric lo vio. Puño en la mesa. Nudillos blancos. No dijo nada. Por ahora. Tragó.
Lysandra suspiró. Se sentó. Cortó pan con el cuchillo. "Bueno. Coman pan. El pan casero se enfría. Y las peleas de lobos no se ganan con el estómago vacío. Coman. Los tres."
Nadie comió. Nadie habló.
Solo el fuego. Solo tres respiraciones distintas. Solo una promesa de dos meses flotando entre nosotros como espada sobre la mesa.
Es mi mate. Dije la verdad. Y ahora tengo dos meses para bancarme sin tocarla. Sin romperla. Sin que Aldric me mate en el intento.
Diosa, dame fuerza. Dos meses. Solo dos meses.
voy a estar subiendo capitulos día por medio. así tengo tiempo de planificar y crear. espero que le guste. estaba haciendo otra novela. pero no me convencio, asiq espero que está si puedan disfrutar. muchas gracias y cualquier cosa que quieran decirme bienvenido sea❤️❤️❤️❤️🥰🥰🥰🥰