En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.
Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.
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23
El humo del incienso sagrado que Alistair usaba para ocultar el olor a podrido de su magia fue reemplazado por un aire gélido y puro. Caelum permanecía de pie frente al Trono de Platino, no como un prisionero del vacío, sino como su dueño.
A su lado, Elowen sostenía un cetro que ella misma había transmutado: una mezcla de cristal rojo y acero negro.
Alistair estaba encadenado en el centro del salón, de rodillas. Ya no quedaba nada de la arrogancia del hombre que se creía un dios. Sus ojos se movían frenéticamente de Caelum a Elowen.
—¡No podéis hacerme esto! —chillaba con una voz quebrada—. ¡Soy el Emperador ungido! ¡La sangre de los Valois fluye por mis venas!
—La sangre no hace al Rey, Alistair —dijo Caelum, su voz resonando con el poder del Abismo—.
La justicia sí. Has sacrificado a nuestro pueblo, has usado almas como combustible y has intentado destruir a la única mujer que trajo luz a este linaje.
Elowen dio un paso al frente. Sacó un frasco que contenía un líquido transparente como el agua, pero que vibraba con una energía plateada.
—Esto es el "Olvido de los Justos", Alistair. No voy a matarte; eso sería demasiado piadoso.
Este elíxir borrará cada recuerdo de tu grandeza, cada pizca de tu magia y cada rastro de tu nombre en tu propia mente.
Vivirás el resto de tus días como un mendigo en las calles de la capital, viendo el imperio florecer bajo el mando del hermano al que despreciaste, sin saber nunca quién eres.
Alistair intentó gritar, pero las sombras de Caelum le sellaron la boca. Elowen vertió el líquido. En segundos, los ojos de Alistair se vaciaron.
La locura desapareció para dar paso a una nada absoluta. Los guardias se lo llevaron; ya no era un enemigo, era una sombra errante sin pasado.
—Ahora, las ratas que lo alimentaron —pensó Elowen, enviando la orden mental a Caelum.
Caelum cerró los ojos. Gracias a su unión con el trono, podía sentir el latido de cada persona dentro del palacio.
Identificó a los consejeros que habían firmado las órdenes de ejecución, a los espías que habían vendido a los campesinos y a los nobles que habían intentado comprar a Elowen en los túneles.
—¡Guardias de Oakhaven! ¡Varick! —rugió Caelum—. ¡Cerrad las salidas!
Lo que siguió fue una ejecución de precisión quirúrgica.
Nana Martha entró al salón con una lista escrita en pergamino viejo.
Ella conocía los nombres de cada sirviente maltratado y de cada noble que se había lucrado con el hambre del pueblo.
—Este hombre —dijo Martha, señalando al Gran Tesorero— robó el grano de las viudas.
Caelum ni siquiera se movió. Una sombra emergió del suelo y arrastró al Tesorero hacia las mazmorras.
Uno a uno, los "parásitos" del palacio fueron arrancados de sus escondites. Algunos intentaron huir por los pasadizos secretos, pero Elowen ya había sellado las salidas con una resina alquímica que se endurecía al contacto con el aire.
—No habrá juicio para los traidores —sentenció Elowen ante los nobles restantes que temblaban de miedo—.
Vuestras tierras regresarán al pueblo. Vuestros títulos quedan anulados. Si queréis comer, trabajaréis los mismos campos que intentasteis quemar.
En menos de una hora, el palacio quedó en silencio. Solo quedaban los leales, los soldados de la manada y los oprimidos que ahora alzaban la cabeza.
Caelum se sentó en el trono y atrajo a Elowen a su regazo, sin importarle el protocolo frente a los generales.
Estaba exhausto, pero su alma se sentía, por primera vez, en paz.
—Está hecho, mi pequeña víbora —pensó él, apoyando su frente contra la de ella—.
El palacio está limpio. Ya no hay ratas, solo nosotros.
—Y un imperio por reconstruir —respondió ella, acariciando la marca dorada en el rostro de Caelum—.
Pero primero, tenemos una coronación que organizar. Y esta vez, el pueblo no vendrá por miedo, vendrá por amor.
Esa noche, no hubo banquete para los nobles, sino una fiesta en las plazas de la capital.
Se abrieron las bodegas imperiales para la gente común.
Arriba, en la habitación imperial —una estancia de mármol y seda que olía a jazmín y victoria—, el Emperador y su Emperatriz finalmente estaban solos.
Caelum desabrochó la pesada capa de Caelum y la dejó caer al suelo.
Se giró hacia Elowen, cuyos ojos rojos brillaban con una mezcla de orgullo y un deseo que ya no tenía que ser contenido por la guerra.
—Dijiste que me castigarías cuando estuviéramos en este trono —recordó Caelum, su voz volviéndose ronca mientras la acorralaba contra el balcón que miraba hacia la ciudad iluminada—.
El trono ya es mío. Ahora reclamo mi castigo.
Elowen sonrió de esa forma pecaminosa que volvía loco al lobo.
—Mi castigo, Emperador, es que nunca podrás volver a estar sin mí. Ni en tus pensamientos, ni en tu cama.
Se entregaron el uno al otro con una pasión que era a la vez una celebración y un juramento.
Ya no eran solo el Lobo de Oakhaven y la Alquimista Despreciada; eran los soberanos de una nueva era, dos mitades de un mismo poder que habían purgado la oscuridad para construir un trono de luz.