Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 22
La mujer me estudió durante un largo minuto. Esperaba odio, esperaba que me escupiera por los pecados de mi padre, pero en su lugar, vi una comprensión profunda.
—Tienes los ojos de tu madre, Alexa. Ella fue la única que intentó ayudarme cuando todo se desmoronó. Los Valois la silenciaron a ella también, ¿verdad?
—Mi madre murió en un accidente hace años —respondí, con la voz temblorosa—. Siempre pensé que fue la tristeza por la ruina de mi padre, pero ahora... ahora ya no sé qué creer.
La madre de Azkarion se levantó con una elegancia frágil y caminó hacia un escritorio antiguo. Sacó un sobre pequeño y me lo entregó.
—Tu madre me envió esto antes de morir. Sabía que algún día tú y Azkarion se encontrarían. Sabía que los Valois habían orquestado la caída de ambas familias para fusionar sus imperios. Arthur no fue un traidor, Alexa. Fue una víctima de su propia ingenuidad. Intentó salvar a mi marido, pero cayó en la trampa que le tendieron con documentos falsos.
Abrí el sobre y leí las palabras de mi madre. Era una carta de disculpa y una advertencia. Ella sabía que el contrato que unía a las familias era una trampa de sangre. Nos pedía que rompiéramos el ciclo.
Azkarion y yo nos miramos. Todo el odio que había alimentado nuestra relación, todas las cláusulas de castigo y las noches de resentimiento, se basaban en una arquitectura de engaño construida por terceros. El contrato original no era una deuda de dinero, era una deuda de vidas robadas.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Azkarion, recuperando su tono de mando—. Los Valois saben que hemos encontrado a mi madre. Esta villa no es un refugio, es una jaula de oro que están a punto de cerrar.
—Tienen hombres en el pueblo —dijo su madre con calma, como quien está acostumbrada al peligro—. No me dejan salir, pero me traen suministros. Saben que tú vendrías.
Azkarion sacó su teléfono satelital y empezó a dar órdenes a su equipo táctico internacional. La paz de los Alpes estaba a punto de romperse.
—Alexa, escucha —Azkarion me tomó por los hombros, su mirada ardiendo con una determinación nueva—. Vamos a sacarla de aquí. Pero para hacerlo, necesito que vuelvas a Nueva York con los documentos. Si los Valois creen que estás allí para presentar las pruebas finales, concentrarán sus ataques en la sede de DArgent. Yo me quedaré aquí para cubrir la extracción de mi madre.
—¡No voy a dejarte! —protesté—. No otra vez.
—Es la única forma. Si nos quedamos los tres, nos rodearán. Tú eres el señuelo, Alexa. El señuelo más hermoso y valiente que he tenido nunca. Tienes que ser la Reina en el tablero mientras yo juego al verdugo en las sombras.
Me besó con una ferocidad que me dejó sin aliento, un beso que sellaba nuestro nuevo pacto. No era un contrato de matrimonio, era un pacto de guerra. Me entregó la carpeta con las pruebas originales que su madre había guardado todos estos años.
—Vete con el piloto. No te detengas por nada. Te veré en la oficina de DArgent en cuarenta y ocho horas. Y cuando esto termine, quemaremos ese maldito contrato de matrimonio y empezaremos de verdad.
Caminé hacia el coche, sintiendo el peso de la historia sobre mis hombros. Miré hacia atrás y vi a Azkarion de pie frente a la villa, con un arma en la mano y su madre protegida tras él. Parecía el héroe de una tragedia que por fin tenía la oportunidad de cambiar el final.
El viaje de regreso fue un borrón de nubes y nervios. Al llegar a Nueva York, la ciudad me recibió con su ruido habitual, ajena a que el destino de dos dinastías estaba a punto de decidirse. Fui directa a la oficina, escoltada por los pocos hombres en los que Azkarion todavía confiaba. Al entrar en mi despacho, vi que alguien había dejado una rosa roja sobre mi mesa, con una nota que solo decía: "El capítulo final se escribe con tinta roja".
No tuve tiempo de procesar la amenaza. El teléfono empezó a sonar. Era la junta directiva de NovelToon, exigiendo una reunión de emergencia. El escándalo de los Valois había estallado en las noticias internacionales y las acciones de DArgent estaban cayendo en picado.
—Señorita Hills, necesitamos que se presente en la sala de juntas de inmediato —dijo la voz fría de la secretaria de Azkarion—. Hay un hombre aquí que dice representar sus intereses personales. Un tal Julian Vane.
Sentí que el frío volvía a mi pecho. Julian debería estar en una celda, pero en este mundo, el dinero podía abrir cualquier cerradura. Me arreglé el traje, me puse el collar de zafiros y tomé la carpeta de pruebas.
Caminé hacia la sala de juntas con la cabeza alta. Al abrir las puertas, vi a Julian sentado en el lugar de Azkarion, sonriendo como si acabara de ganar la lotería. A su lado, varios directivos que ayer me juraban lealtad, hoy bajaban la mirada.
—Vaya, vaya —dijo Julian, levantándose—. La viuda negra regresa de su viaje de placer. ¿Dónde está tu amo, Alexa? ¿O es que finalmente se dio cuenta de que eras una inversión demasiado arriesgada?
—Azkarion está terminando de enterrar a tu familia, Julian —respondí, lanzando la carpeta sobre la mesa—. Y yo estoy aquí para asegurarme de que tú seas el siguiente.
La reunión fue un campo de batalla de tecnicismos legales y amenazas veladas. Julian intentaba usar una cláusula oscura del contrato de matrimonio para invalidar mi autoridad en ausencia de Azkarion. Yo usaba cada gramo de inteligencia y astucia que había aprendido de mi "amo" para contraatacar. Por un momento, me sentí poderosa, sentí que la Alexa que soportaba maltratos en la oficina había muerto para dar paso a una mujer que no le temía a nada.
Pero entonces, las pantallas de la sala de juntas se encendieron. No era una presentación de diapositivas. Era una transmisión en vivo desde los Alpes. Vi la villa envuelta en llamas y a hombres armados rodeando el perímetro. En el centro de la imagen, Azkarion estaba arrodillado, con las manos en la cabeza, mientras un hombre le apuntaba con un fusil.
—Parece que tu héroe ha tenido un pequeño percance —susurró Julian, acercándose a mí—. Firma la cesión total de las acciones de DArgent, Alexa. O daremos la orden de que esa transmisión termine de forma muy gráfica.
Miré a Azkarion en la pantalla. Incluso en esa posición, su mirada era desafiante. Me di cuenta de que él me estaba mirando a través de la cámara, enviándome un mensaje silencioso. "No cedas".
Mis dedos rozaron la pluma estilográfica sobre la mesa. El silencio en la sala era absoluto. Sabía que si firmaba, le daría a Julian el poder de destruir todo por lo que Azkarion había luchado. Pero si no lo hacía, vería morir al hombre que amaba en tiempo real.
Levanté la pluma, sintiendo que el contrato de matrimonio que nos unía era ahora la única soga que nos mantenía sobre el abismo. Miré a Julian, luego a la pantalla, y tomé una decisión que cambiaría el curso de la novela para siempre.
—Julian... —dije, mi voz sonando extrañamente tranquila—. No conoces a los DArgent tan bien como crees. Y definitivamente, no me conoces a mí.
Me incliné sobre el papel, pero en lugar de mi firma, escribí una sola palabra que Azkarion me había enseñado en una de nuestras noches de "odio-amor", la palabra clave para activar la purga total de los servidores de la empresa.
—Jaque mate —susurré.
En ese instante, las luces de la oficina parpadearon y las pantallas se volvieron negras. El sonido de las sirenas de la policía empezó a sonar en la calle, y no eran las de Julian.
La puerta de la sala de juntas se abrió de golpe, pero no fue la seguridad de Vane. Fue el equipo de intervención federal, liderado por el contacto de Azkarion.
—Julian Vane, queda usted detenido por alta traición y secuestro internacional —dijo el agente al mando.
Julian intentó escapar, pero fue reducido en cuestión de segundos. Me quedé allí, viendo cómo se lo llevaban, sintiendo que por fin el aire volvía a ser respirable. Pero mi mente seguía en los Alpes. Tomé mi teléfono y llamé al número privado de Azkarion.
—Dime que estás vivo —supliqué cuando escuché el primer tono.
—Lo estoy, Alexa. El video era una grabación controlada para obligar a Julian a actuar antes de tiempo. Mi madre está a salvo. Estamos en el jet ahora mismo.
Me dejé caer en la silla, soltando un sollozo de puro alivio.
—Me vas a matar de un susto, Azkarion.
—No antes de que cumplamos los sesenta capítulos, mi Reina.
Colgué el teléfono y miré por el ventanal hacia la ciudad de Nueva York. La noche estaba cayendo, pero las luces parecían más brillantes que nunca. El contrato de matrimonio seguía sobre la mesa, pero ya no era una imposición. Era el mapa de nuestra victoria. Sabía que cuando él regresara, las sombras que nos habían perseguido durante veinte años finalmente se disolverían en la luz de nuestra nueva realidad. Sin embargo, en el fondo de mi mente, recordé la rosa roja en mi despacho. Julian estaba fuera del juego, pero alguien más había dejado esa flor. Alguien que todavía no había mostrado su rostro.