Alana Díaz es una estudiante decidida a graduarse por sus propios méritos, lejos de los lujos y el caos de la gran ciudad. Pero su vida da un giro irreversible al entrar como pasante en el imperio de Leonardo Salvatore, un CEO tan influyente como implacable que no está acostumbrado a que le digan que no.
Lo que comienza como una relación profesional se convierte en un juego de seducción y peligro. Tras un violento "accidente" que deja a Alana vulnerable y bajo el cuidado personal de Leonardo en su lujoso Penthouse, la barrera entre el jefe y el protector se desvanece, dando paso a una pasión que ambos intentaron contener.
Sin embargo, el amor no es lo único que crece entre ellos. Mientras Alana lucha por mantener su independencia, una red de envidias, secretos de élite y una madre dispuesta a todo por mantener el "apellido" amenazan con destruirlo todo. En un mundo donde el dinero lo compra todo, ¿podrá el amor de una "pueblerina" sobrevivir a la furia de quienes lo quieren ver cae
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CAPÍTULO 23
ALANA DÍAZ
Miércoles, hora de regresar por mis pasantías. Me puse el uniforme de la empresa, respiré profundo. Creo que ya he vivido de todo a mis 22 años, un chisme más, chisme menos da igual.
Después que crucé la puerta del majestuoso edificio, podía notar las miradas de algunos empleados. No bajé mi cabeza. No tenía por qué hacerlo. Sabía que el drama de oficina con Leticia podía ser intenso.
Llegué a la oficina de Leo. Él aún no había llegado. Esperé adentro. Ordené mi escritorio.
La puerta se abrió. Una mujer elegante y muy guapa entró, detras la secretaria.
— Señorita, tiene que esperar afuera, el señor Salvatore aún no llega — la secretaria le hablaba a la mujer.
— No te preocupes, yo lo espero aquí. Al fin y al cabo, yo soy su prometida.
Me quedé helada. La secretaria me miró también confundida
Dirigí la mirada a ella. La vi de pies a cabeza. Tenía un nudo en el estómago. ¿Prometida?
Revisé la hora. Leonardo ya se había retrasado 5 minutos, habitualmente él es muy puntual.
—Disculpe, quien eres—ella me preguntó.
— ¿Quién soy?—la secretaria salió de la oficina, dejándome a solas con la mujer.
— Sí, quien eres.
— Soy Alana, estoy haciendo mi pasantía en esta empresa. ¿Y usted quien es?
— Soy la prometida de Leonardo Salvatore, me llamo Irán.
— No sabía que el señor Salvatore tenía prometida. Nunca la había visto aquí.
— Regresé de mi viaje del extranjero. Y vengo a recuperar a la persona que amo. Mi prometido Leonardo.
Yo, Alana, hoy venía blindada de acero por cualquier chisme, no sirvió de mucho, porque esto no lo veía venir. Tenia contenidas mis lágrimas.
Leonardo abrió la puerta, ella sin más, lo besó en la boca. Yo, abrí mis ojos tan grandes. Él me miró. Alejó a Irán.
Mis labios me temblaban. Ver como besan a la persona que amas es algo frustrante.
—¿Qué haces? Vete de aquí Irán.
Cuando él mencionó su nombre, sentí como un balde de agua helada caía. Tomé mi bolso, no dije nada, solo caminé a la puerta.
Leonardo me tomó del brazo.
— Espera no te vayas, esto es un malentendido — me solté.
— Usted necesita privacidad, jefe.
— Irán lárgate de aquí.
Salí de la oficina. Leonardo tras mío y la señorita Irán detrás de él.
No miré atrás. La secretaria me miró bajando su vista al piso. Salí con lágrimas en mi rostro. Y aunque aún no podia hacer algunas cosas físicas no me importó, salí corriendo, no sentí dolor ninguno.
Llegué a la parada de bus. Subiendo al bus, vi que Leonardo me había alcanzado.
Él la conoce, ella lo besó. Ella es una mujer elegante y se nota que es de su clase. ¿Su prometida? Pero yo soy su novia, él me cuidó, él me amó, me entregué a él. Mis pensamientos se debatian.
Al bajarme del bus, me golpeé las costillas con el codo de una señora. Lloré del dolor, o eso era el pretexto para llorar.
Cálmate Alana, cálmate, sí. Tengo ganas de vomitar. Era como si me faltara el aire. Caminé despacio hasta llegar al edificio de mi departamento. Leonardo estaba ahí.
—Alana déjame explicarte.
Caminé hacia mi departamento. Él me siguió. Entramos.
— Irán no es mi prometida, no es nada mío. Ella es una excompañera de clase, mi madre quiere emparejarme con ella pero yo no quiero. Yo te amo a ti.
Lo miré y le sonreí.
— Está bien.
— No llores — Él limpió mis lágrimas.
— Ella te besó.
— No es algo que yo quise.
— Siempre será así. Vendrá cada mujer y querrán algo contigo, porque yo no soy suficiente, porque yo no estoy a ti nivel.
— Alana, por favor — él me abrazó — Te prometo que esto no se volverá a repetir.
Guardé silencio.
— Tú eres todo para mí. No hay nadie más.
—Leticia y ahora Irán.
— A las dos he rechazado. Porque no siento nada por ellas.
— Leo, quiero estar sola.
— No voy a cometer el error de irme. Si me voy estaré aceptando que tengo algo y no es así.
Me solté y caminé a mi cuarto. Quité mis zapatos, me desvestí y me puse mi pijama. Saqué el medicamento para el dolor y fui a la cocina a buscar un vaso de agua. Me tomé la pastilla.
Me fui a acostar. Él solo me miraba.
Recibió una llamada.
— Cancela la junta. Pásala para mañana —Era la secretaria.
Me dolía la costilla que me golpee. Leonardo se quitó el saco y sus zapatos. Se acostó a mi lado y me abrazó. No hice intento de pelear ni de nada. Solo lo dejé ahí. Lloré en silencio.
Nunca me había enamorado, no había tenido novio, no sabía cómo actuar ante esta situación.
Él permaneció ahí a mi lado.
— Alana mi amor. Te juro por mi vida, que solo te amo a ti. Créeme.
— Está bien — me giré a él — Quiero que oficialicemos formalmente. Ya no quiero esconderme. Si eso sirve para que nadie más crea que no tienes novia, entonces quiero ser tu novia oficial, ante la vista de todos.
— Siempre quise eso. Alana, mi Alana.
Leonardo pasó toda la tarde en mi departamento. Sentía mi orgullo herido. La imagen de Irán besándolo no se iba de mi mente. No dejé que Leo me besara.
— Entonces te iras a vivir conmigo.
Cerré los ojos y mordí mis labios. No podía creer que diría que si.
— Sí.
—Por fin.
Leonardo me ayudó a alistar mis cosas en la maleta. El departamento sería mi plan B por cualquier cosa.
pobre leo cuando lo sepa 🥺🥺
leo
creen que eres un niño que pueden jugar contigo demuestrsles que no
debe pagar