Todos hemos sido villanos en la historia mal contada de alguien.
Ángela Martinelli Villalba, jamás imaginó que un día sería la antagonista en la vida del hombre al que más amaba. Durante cuatro años fue la esposa leal y profundamente enamorada de Iván Aristeguí, el temido capo de la mafia española, conocido en el bajo mundo como El Rey Rojo. Un hombre que no necesita levantar la voz para imponer respeto; su apellido y su sobrenombre bastan para infundir temor.
Pero una tarde de invierno, las promesas se quiebran.
Darío Aristeguí, primo de Iván, en complicidad con Marina Saldaña, urde una traición perfecta. Con pruebas fabricadas y mentiras cuidadosamente sembradas, acusan a Ángela de deslealtad frente a su esposo. Cegado por la ira y el orgullo, Iván no escucha, no pregunta, no duda. La sentencia sin juicio y la abandona en manos del hombre que más la odia.
Ángela suplica. Implora una oportunidad. Ruega que él la mire a los ojos y le diga de qué la acusa. Pero Iván le da la espalda
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Autocondena...
Cada mañana, Iván despertaba con el mismo peso aplastándole el pecho.
Ángela.
Su hijo.
Leonardo.
Los tres nombres eran fantasmas que lo perseguían día y noche.
El Rey Rojo ya no parecía aquel hombre temido que hacía temblar ciudades enteras con una sola orden. A pesar de que, en el bajo mundo, todo marchaba mejor que nunca, él estaba destruido.
Ahora Iván caminaba por los pasillos del conglomerado Aristegui y por las calles de Madrid como un hombre agotado; con ojeras profundas, el rostro endurecido y la mirada perdida en pensamientos que lo estaban consumiendo lentamente.
Las oficinas del conglomerado continuaban funcionando con aparente normalidad.
Las acciones seguían en pie.
Los empleados seguían llegando cada mañana.
Las juntas continuaban realizándose.
Pero detrás de aquella fachada empresarial perfecta, el imperio se estaba fracturando.
Y Darío se aseguraba de estar siempre presente justo en el momento exacto para “salvarlo”.
Otro mes más había transcurrido con la misma lentitud y la misma rutina sofocante.
Aquella mañana, Iván llegó al corporativo encontrándose con una nueva crisis.
Los accionistas principales exigían explicaciones por la caída de varias inversiones internacionales y la cancelación inesperada de contratos millonarios en Dubái y Francia.
La sala de juntas estaba cargada de tensión.
Las pantallas mostraban cifras en rojo.
Los ejecutivos evitaban mirarlo directamente.
Y el silencio era tan pesado que parecía imposible respirar allí dentro.
Iván golpeó la mesa con fuerza.
—¿Cómo demonios dejamos caer esos acuerdos? —rugió con furia.
El director financiero tragó saliva antes de responder.
—Los inversionistas se retiraron después de los últimos reportes sobre inestabilidad interna y… los rumores relacionados con la ineficiencia del CEO actual.
La mandíbula de Iván se tensó.
Durante unos segundos cerró los ojos, plenamente consciente de que, desde la desaparición y supuesta muerte de Ángela, toda su vida se había ido derrumbando paso a paso.
La puerta de la sala se abrió entonces.
Darío apareció impecablemente vestido, llevando una carpeta en la mano y esa expresión serena que siempre parecía transmitir seguridad.
Como si él fuera el único hombre capaz de sostener el caos.
—Ya solucioné lo de Francia —anunció tranquilamente mientras tomaba asiento—. Moví algunos contactos y logré recuperar parte del capital retenido.
Abrió la carpeta y deslizó varios documentos sobre la mesa.
—También convencí a los inversionistas de esperar antes de retirar definitivamente sus acciones.
Varios ejecutivos suspiraron aliviados.
Iván exhaló profundamente y se dejó caer contra el respaldo de la silla.
—No sé qué haría sin ti, primo.
Darío sonrió apenas. Humilde. Perfecto.
—Somos familia, Iván. Estamos para apoyarnos siempre. Todo esto también me afecta.
Y la ironía era monstruosa.
Porque, en realidad, cada crisis había sido cuidadosamente provocada por él mismo.
Contratos filtrados.
Socios manipulados.
Transferencias alteradas.
Rumores sembrados estratégicamente en medios financieros y juntas privadas.
Todo perfectamente planeado para debilitar poco a poco al Rey Rojo y convertirse en el único hombre capaz de sostenerlo cuando finalmente cayera.
Marina Saldaña también había asumido un papel indispensable en aquella falsa reconstrucción.
Siempre estaba ahí.
Disponible.
Elegante.
Eficiente.
Mientras Iván se hundía entre juntas, pérdidas y ataques financieros, Marina manejaba la prensa, calmaba inversionistas, controlaba escándalos y eliminaba cualquier amenaza mediática antes de que explotara públicamente.
Aquella tarde entró al despacho presidencial llevando varias carpetas entre los brazos.
—Necesito que firmes estas autorizaciones antes de las cinco —dijo dejando los documentos frente a él—. También logré detener la publicación del artículo sobre los movimientos sospechosos de dinero en las bodegas incendiadas.
Iván masajeó sus sienes agotado.
El dolor de cabeza era constante.
La presión en el pecho nunca desaparecía.
Y dormir se había convertido en una tortura.
—Gracias, Marina —murmuró con cansancio.
Ella lo observó en silencio durante unos segundos.
Le molestaba verlo así.
Porque sabía perfectamente que, incluso roto, incluso hundido… en la cabeza de Iván solo existía una mujer.
Ángela Martinelli.
Y eso le quemaba por dentro.
—Deberías descansar un poco —murmuró suavemente—. Llevas semanas durmiendo apenas unas horas.
Iván soltó una risa amarga, vacía.
—Cada vez que cierro los ojos la veo.
Marina guardó silencio.
Porque Ángela seguía viva en cada rincón de la mente de Iván.
Más viva que cualquier persona a su alrededor.
Él se dejó caer contra el respaldo de la silla y dirigió la mirada hacia el ventanal.
Madrid seguía moviéndose allá afuera.
Los autos avanzaban.
La gente caminaba.
La ciudad seguía viva.
Pero dentro de él todo estaba roto.
—A veces pienso que debí escucharla —confesó en voz baja—. Debí darle una oportunidad… aunque fuera una sola.
Marina sintió una punzada incómoda en el pecho, pero rápidamente dejó salir el veneno escondido detrás de su falsa preocupación.
—Iván…
—Ella jamás suplicaba por nada, ¿sabes? —continuó él con la voz apagada, interrumpiéndola—. Solo quería que la escuchara… y yo la condené sin siquiera mirar sus ojos.
Los recuerdos comenzaron a golpearlo con brutalidad.
Ángela riendo en la cocina de la villa.
Ángela dormida sobre su pecho.
Ángela abrazándolo cuando las cosas iban mal.
Ángela hablándole emocionada de los hijos que algún día tendrían.
Y después…
La caja azul.
Los ultrasonidos.
El pequeño corazón latiendo en aquella pantalla.
Su hijo.
El hijo que jamás conoció.
Iván apretó la mandíbula con fuerza.
La culpa lo estaba destruyendo desde adentro.
Porque algo en su interior seguía gritándole que Ángela nunca lo traicionó.
Que él la abandonó.
Que la dejó sola.
Que la condenó a algo horrible.
Y ahora jamás tendría forma de reparar aquello.
Marina lo observó en silencio antes de acercarse lentamente al escritorio.
—No puedes seguir torturándote así. Ángela se merecía lo que le pasó y tú lo sabes.
El ambiente se congeló.
Iván levantó la mirada lentamente.
Y por primera vez en semanas, algo oscuro brilló en sus ojos.
Se puso de pie de golpe.
—No vuelvas a opinar sobre Ángela —gruñó con furia contenida—. Y mucho menos vuelvas a decirme cómo debo actuar.
Marina dio un paso atrás, sorprendida por la reacción.
Iván respiró con dificultad.
—Mis malditas decisiones apagaron la vida de Leonardo —continuó con la voz quebrada—. Mi hermano… el hijo más alegre de Débora.
Su mirada se perdió nuevamente.
—El único que todavía lograba hacer reír a mi madre incluso en los peores días.
El silencio dentro del despacho se volvió insoportable.
—Ahora está muerto —susurró—. Y Débora vive encerrada en una depresión profunda.
Las fotografías de Leonardo seguían intactas por toda la mansión Aristegui.
El piano que él tocaba permanecía cubierto.
El comedor familiar estaba vacío.
Y cada vez que Iván veía a su madre llorando en silencio, sentía que el peso de aquella tragedia también caía sobre sus hombros.
Porque Audrey Monticello jamás habría iniciado aquella guerra brutal si Ángela no hubiese desaparecido.
Todo regresaba al mismo punto.
Siempre a ella.
Marina permaneció en silencio.
Y mientras Iván se hundía en recuerdos y culpa, Darío continuaba moviendo piezas con paciencia quirúrgica.
Esa misma noche observaba desde su oficina los balances financieros alterados mientras una sonrisa apenas visible se dibujaba en sus labios.
Iván estaba cada vez más endeudado.
Más vulnerable.
Más agotado.
Más dependiente de él.
Y lo mejor de todo era que el Rey Rojo seguía creyendo ciegamente en su primo.
Seguía viéndolo como su salvador.
Como el único hombre que permanecía a su lado mientras todos los demás se alejaban.
Darío giró lentamente la copa de whisky entre sus dedos.
El reflejo ámbar iluminó sus ojos llenos de ambición.
—Caes demasiado fácil, primo… —susurró con burla—. Y todavía ni siquiera has visto el verdadero infierno.
Muy lejos de Madrid, en Italia…
Una mujer de mirada fría revisaba documentos financieros del conglomerado Aristegui desde el despacho principal del Consorcio Martinelli.
La tenue luz nocturna iluminaba apenas su rostro perfecto y peligroso.
Los informes financieros, las inversiones alteradas y las deudas ocultas estaban perfectamente organizados frente a ella.
Ángela Martinelli deslizó lentamente una carpeta hacia un lado mientras una leve sonrisa oscura aparecía en sus labios color vino.
Movía las piezas desde las sombras con una precisión impecable.
Y ninguno de ellos imaginaba que la verdadera arquitecta de la caída del Rey Rojo era precisamente la mujer que él lloraba cada noche creyendo muerta.