Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
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El Sacrificio de la Corona
ELEANOR CON REINA AURORA Y LOS DEMONIOS PERSEO Y PAIPPER
Eleanor Bianchi
El traqueteo delcarruaje contra el empedrado de la Vía de las Sombras era el único sonido que rompía el silencio denso que nos envolvía. Fuera, el paisaje del inframundo se extendía en una gama de púrpuras y grises, pero dentro, la tensión era casi sólida.
Paipper estaba sentado frente a mí, apretando los puños sobre sus rodillas, con las orejas agitándose nerviosamente ante cada bache. Perseo, por su parte, no dejaba de mirar por la ventanilla, con la mano derecha apoyada en la empuñadura de su espada, como si esperara que un ejército de Alfeos surgiera de la nada en cualquier momento.
— No tengo un buen presentimiento, Eleanor —soltó Perseo de repente, rompiendo la quietud. Sus ojos de guardián escudriñaban la bruma exterior—. El aire pesa más de lo normal hoy. Es como si el cielo estuviera aguantando la respiración.
— Yo tampoco lo tengo —respondí, ajustándome los guantes de seda negra—. Pero debemos estar muy atentos y con los ojos bien abiertos. No podemos permitirnos un solo error. Solo espero que Azrael y Gio completen su misión y nos traigan las novedades pronto. Si ellos fallan en conseguir la información, entraremos en este palacio completamente a ciegas.
— Gio no fallará —murmuró Paipper, tratando de sonar valiente aunque su voz temblaba—. Él es... bueno, él es el Rey. Nadie puede contra él.
— Eso espero, pequeño —dije, dándole una mirada reconfortante.
El camino avanzaba con una lentitud tortuosa. Tardamos un par de horas en llegar, cruzando puentes de hueso y valles de ceniza, hasta que finalmente, a lo lejos, el panorama cambió. Un magnífico palacio se alzaba ante nosotros, desafiando la gravedad con sus agujas de cristal oscuro y sus cúpulas que parecían hechas de obsidiana líquida. Era la sede del poder absoluto, el corazón del imperio demoníaco.
Cuando el carruaje finalmente se estacionó frente a la escalinata principal, el silencio del palacio fue casi ensordecedor. Perseo y Paipper bajaron primero, moviéndose con una coordinación perfecta. Ambos se colocaron a los lados de la puerta y me tendieron la mano para ayudarme a descender. Al pisar el suelo de mármol pulido, sentí que miles de ojos invisibles se clavaban en mi espalda.
En la gran entrada, esperándonos bajo un arco decorado con relieves de batallas antiguas, se hallaba una dama. Al verla, el aire se me escapó de los pulmones. Era hermosa, una visión sacada de un cuento de hadas, pero con un matiz de melancolía que la hacía parecer irreal. Su piel era como la porcelana fina y su cabello, de un blanco platino, caía como una cascada de luz sobre un vestido de terciopelo azul noche.
Era la Reina Aurora, soberana absoluta de todo el reino demonio.
Los tres hicimos una gran reverencia, doblando la rodilla con el respeto que su presencia exigía. Ella nos observó con una sonrisa tenue y, con una voz cálida que resonó en el patio como una campana de plata, me habló directamente.
— Eleanor Bianchi. Me alegra que hayas aceptado venir. Por favor, acompáñame. El té está servido en el jardín de invierno.
Caminamos tras ella a través de pasillos que exudaban historia y poder. El jardín de invierno era un oasis de flores bioluminiscentes que emitían una suave luz azulada. Nos sentamos a una mesa de piedra blanca, mientras Perseo y Paipper se mantenían a una distancia respetuosa, vigilando cada rincón.
La charla fue larga. Aurora era una anfitriona impecable, pero sus ojos violetas no dejaban de analizarme. Preguntó sobre mi reciente y drástico cambio de actitud, sobre cómo la "antigua" Eleanor parecía haber dado paso a esta nueva versión de mí. Se interesó por mis tácticas en el campo de batalla y por la forma en que había logrado calmar a la bestia de Perseo.
— Se habla mucho de ti en la corte, Eleanor —dijo, sirviendo el té con una elegancia hipnótica—. Algunos dicen que has recuperado el juicio; otros, que has encontrado un poder que no te pertenece. ¿Qué tienes que decir a eso?
Bebí un sorbo, sintiendo el calor del líquido en mi garganta, y decidí que ya no había tiempo para juegos de sombras. Si Gio y Azrael estaban en peligro, yo debía ser directa con la única persona que podía cambiar el curso de la historia.
— La verdad, majestad —comencé, dejando la taza con suavidad—, es que el reino está al borde de un abismo. Hay una conspiración liderada por mi propia sangre. Odette y mi madre planean un golpe de estado inminente. Están reclutando demonios desterrados y utilizando fuerzas que no pueden controlar.
Solté la bomba con calma, esperando una reacción de sorpresa, de ira o de negación. Pero Aurora no se inmutó. En lugar de eso, suspiró y miró hacia las flores que brillaban a nuestro alrededor.
— Lo sé —dijo ella, y su voz sonó más cansada que nunca—. Y es inevitable, Eleanor.
Me quedé helada.
— He vivido por mucho tiempo —continuó la reina, clavando su mirada en la mía—. He visto imperios alzarse y caer en el polvo. Nunca tuve una pareja, ni otros familiares que pudieran heredar esta carga. He estado sola en este trono por siglos. Pero si alguna vez hubiera tenido que elegir a alguien que me suplante, alguien con la fuerza y la empatía necesaria para liderar este caos, sin duda alguna te elegiría a ti.
— ¿A mí? Pero yo... —las palabras de Amelia Hart se me atoraron en la garganta. ¿Cómo podía ella saberlo?
— Por eso te digo que la guerra es inevitable —me interrumpió, extendiendo su mano para tocar la mía sobre la mesa—. Pero la desgracia de todo el reino se puede evitar. Sé para qué estás aquí, Eleanor. Sé que tienes buenas intenciones y que buscas protegernos a todos. Pero escúchame bien: si soy yo quien decide entregarse, no lo evites.
— ¡No puede pedirme eso! —exclamé, sintiendo que el corazón me latía con fuerza—. Si usted se entrega, Odette destruirá todo lo que ha construido. Ella no tiene piedad.
— Odette es solo un síntoma de una enfermedad más grande —respondió Aurora con una serenidad aterradora—. A veces, para que un árbol nuevo crezca, el viejo debe arder hasta las cenices. Mi sacrificio será el catalizador que unirá a los que realmente aman este mundo. Si intento luchar y falló, el reino se fragmentará. Si me entrego bajo mis propios términos, le daré a personas como tú, como Gio y como tus guardianes, la oportunidad de reconstruir algo mejor.
Me quedé sin palabras. Miré a Paipper, que nos observaba con los ojos muy abiertos, y a Perseo, que había apretado el puño hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La reina no estaba pidiendo ayuda; estaba dictando su última voluntad. Estaba dispuesta a morir para que nosotros tuviéramos una oportunidad de vencer.
— La sangre de una reina tiene un poder que Odette no imagina —susurró Aurora, volviendo a sonreír con esa calidez triste—. No llores por lo que ha de venir, Eleanor. Prepárate para lo que vendrá después de que yo no esté. El destino de dos mundos depende de lo que hagas cuando el trono quede vacío.
El silencio volvió al jardín, pero esta vez era un silencio pesado, cargado con el aroma del sacrificio y la inminencia de una guerra que cambiaría todo para siempre. Ella lo sabía todo, y yo, por primera vez, sentí el verdadero peso de la corona que ella quería depositar sobre mi cabeza.