"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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Capítulo 21: El Peso de la Inmortalidad
Aureopolis se vestía de gala. Desde las primeras horas de la mañana, las calles de la ciudad de oro bullían con una actividad frenética que hacía honor a su nombre. Banderas negras y doradas ondeaban desde cada balcón, los mercaderes adornaban sus puestos con flores de invierno traídas de los valles del sur, y el aroma a especias y pan recién horneado flotaba en el aire salobre que llegaba desde el puerto.
En el palacio imperial, los preparativos para la ceremonia de mayoría de edad del príncipe Adrián consumían cada rincón. Los sirvientes iban y venían cargados con telas de seda, arreglos florales y vajillas de plata que reflejaban la luz como pequeños soles. Los músicos ensayaban en el gran salón, los cocineros peleaban en las cocinas por el último detalle del banquete, y los herreros pulían las armaduras ceremoniales hasta dejarlas brillantes como espejos.
Lyra observaba todo desde la ventana de su habitación, con Elara dormida en su regazo y Rafael correteando por los pasillos bajo la atenta mirada de Isolda y Alaric. La ciudad bullía abajo, ajena a las sombras que ella veía moverse entre los pliegues de la luz.
—Princesa —la voz de Cassian llegó desde la puerta—. El emperador solicita su presencia en el salón de recepciones. Dicen que los nobles de Aurelia están llegando.
Lyra asintió sin girarse.
—¿Ya están presentando a sus hijas?
—Desde el amanecer —respondió Cassian, con un deje de ironía en la voz—. Parece que todos quieren que su hija sea la prometida del heredero.
—Adrián debe estar encantado.
—Menos que encantado. Lo he visto esconderse en la biblioteca al menos tres veces.
Lyra sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Había algo que la inquietaba desde que habían cruzado las puertas de Aurelia. Una sensación de pesadez en el pecho, como si el aire mismo estuviera cargado de algo que no podía nombrar.
—Iré enseguida —dijo—. Lleva a Elara con Isolda, por favor.
Cassian tomó a la pequeña con una ternura que contrastaba con su habitual severidad. Elara abrió los ojos un instante, lo miró con sus ojos azul grisáceo, y volvió a cerrarlos, confiada.
—Duerme, pequeña —murmuró él, acomodándola en sus brazos—. Estás a salvo.
Lyra los observó un momento, y luego se dirigió al salón de recepciones, sintiendo que el peso en su pecho se hacía más denso con cada paso.
El Salón de las Alianzas
El salón de recepciones del palacio de Aurelia era una obra maestra de mármol blanco y columnas de oro. Los techos se elevaban hasta una cúpula pintada con escenas de antiguos emperadores recibiendo la bendición de los dioses, y la luz se filtraba a través de enormes ventanales que daban al mar.
Allí, los nobles de Aurelia esperaban su turno para presentar sus respetos al emperador Valerius y, más importante aún, para mostrar a sus hijas al joven príncipe Adrián.
Adrián estaba junto a su padre, con el rostro impasible pero los ojos grises brillando con una exasperación contenida. A su lado, Eryndor lo apoyaba con su presencia silenciosa, y Cassian, que ya había dejado a Elara con Isolda, se había colocado discretamente detrás del príncipe de Valdris.
—La princesa Lyra Valdris —anunció un heraldo, y los nobles se giraron hacia ella con renovado interés.
Lyra avanzó con la elegancia aprendida en dos vidas, haciendo una reverencia ante el emperador y luego ante Adrián. Por un instante, sus ojos se encontraron, y ella vio en los de él un destello de gratitud. Compañero de armas, se decían en silencio. No estás solo.
—Princesa Lyra —dijo Valerius con una sonrisa—. Es un honor tenerla con nosotros. ¿Y los pequeños?
—Descansando, majestad. El viaje fue largo, pero están ansiosos por ver el mar.
—Mañana mismo —prometió el emperador—. Les tengo preparado un paseo en barco. No pueden venir a Aurelia sin ver las ballenas.
Una joven noble, de cabello oscuro y vestido carmesí, se adelantó antes de que la conversación pudiera continuar. Su padre la empujaba con una sonrisa codiciosa.
—Majestad —dijo el noble, un hombre de rostro afilado y ojos calculadores—, permita presentar a su hija, la señorita Helen de Corvus. Ha estudiado en las mejores academias y toca el laúd como los ángeles.
—Como los ángeles —repitió Adrián con una educación perfecta pero una frialdad que helaba—. Qué fortuna.
La joven sonrió, deslumbrante, y comenzó a hablar de sus logros, sus viajes, sus conocimientos de política y arte. Lyra observaba la escena con una mezcla de diversión y cansancio. Sabía que esto era solo el comienzo.
Durante las siguientes horas, desfilaron ante Adrián más de una docena de jóvenes nobles. Hubo rubias y morenas, altas y pequeñas, habladoras y tímidas. Cada una era presentada con pompa, cada padre alardeaba de las virtudes de su hija, cada madre calculaba en silencio las probabilidades de que su sangre se uniera a la del heredero.
Adrián soportaba todo con una paciencia que Lyra sabía falsa. Lo conocía lo suficiente para ver la tensión en sus hombros, la forma en que sus dedos se aferraban al brazo del trono, la luz peligrosa que brillaba en sus ojos grises cada vez que algún noble insinuaba que su hija sería la mejor elección para el futuro emperador.
Eryndor, a su lado, también observaba. No con el aburrimiento de quien asiste a un espectáculo ajeno, sino con la atención de quien sabe que estas alianzas, estos rostros, estas ambiciones, podrían ser importantes algún día.
—La número 26 va—murmuró Cassian en voz baja, solo para él—. Creo que el príncipe Adrián va a necesitar un rescate.
—Déjalo —respondió Eryndor con una sonrisa—. Es su turno de sufrir. Yo ya pasé por esto.
—¿Y sobrevivió?
—Apenas.
Cassian rió bajito, y Lyra, que lo escuchó, sonrió a pesar de sí misma.
Pero la sonrisa se desvaneció cuando una nueva familia se acercó al trono. Era un hombre alto, de pelo cano y mirada fría, acompañado por una joven de belleza casi irreal. Su vestido era de un blanco puro, su cabello rubio como la miel, sus ojos azules como el hielo.
—El duque Malachai—anunció el heraldo—, y su hija, la dama Seraphina.
Lyra sintió un escalofrío. No conocía a ese hombre. En su vida pasada, nunca había oído su nombre. Pero algo en él, algo en la forma en que sus ojos recorrían el salón como si lo poseyera todo, le heló la sangre.
—Majestad —dijo el duque, con una voz que era miel y veneno—. Mi hija Seraphina ha esperado este momento desde que era pequeña. Sueña con servir al imperio, con estar al lado de su heredero.
Seraphina sonrió, una sonrisa perfecta, y sus ojos se posaron en Adrián con una intensidad que hizo que Lyra quisiera interponerse.
—Príncipe Adrián —dijo la joven, con una voz suave como la seda—. He oído hablar de su inteligencia, de su valor, de su... singularidad. Sería un honor conocerte mejor.
Adrián la miró largamente. Lyra vio algo en su expresión, un reconocimiento, una cautela, y supo que él también sentía que algo no estaba bien.
—El honor es mío, dama Seraphina —respondió, con una cortesía impecable—. Espero que disfrute de las celebraciones.
El duque Malachai sonrió, satisfecho, y se retiró con su hija. Pero antes de desaparecer entre la multitud, sus ojos se encontraron con los de Lyra.
Y él sonrió.
Una sonrisa que Lyra no supo interpretar, pero que la dejó con un vacío en el estómago.
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La Noche de las Pesadillas
Esa noche, Lyra no pudo dormir.
Se acostó temprano, agotada por las horas de ceremonias y presentaciones, pero el sueño no llegaba. Daba vueltas en la cama, sintiendo que algo la aplastaba, algo que no tenía nombre ni forma.
Cuando finalmente cerró los ojos, fue arrojada a un sueño más vívido que cualquier recuerdo.
Estaba en un lugar que no conocía.
Era un templo antiguo, de piedra blanca pulida por siglos de viento y lluvia, con columnas que se elevaban hacia un cielo oscuro salpicado de estrellas. En el centro, una fuente de agua cristalina reflejaba la luna, y alrededor, un jardín de flores plateadas se mecía con una brisa que olía a jazmín y a algo más... algo eterno.
Y allí, junto a la fuente, estaba Selene.
La diosa luna era más hermosa que en cualquier visión que Lyra hubiera tenido. Su cabello blanco flotaba como nubes alrededor de su rostro, sus ojos grises brillaban con luz propia, y su piel resplandecía con una luminiscencia que hacía que todo a su alrededor pareciera pálido y opaco.
Pero no estaba sola.
Un hombre estaba arrodillado ante ella. Era un mortal, de eso Lyra estaba segura. Su piel no brillaba como la de los dioses, su presencia no llenaba el espacio como la de ellos. Pero había algo en él, algo en la forma en que levantaba la vista hacia Selene, que lo hacía parecer más que mortal.
Era joven, de cabello oscuro como la noche y ojos del color de la plata fundida. Vestía túnicas sencillas, viajeras, y en sus manos, levantadas hacia la diosa con una reverencia que parecía ensayada durante años, sostenía una estrella.
Pequeña. Brillante. Una chispa de luz robada al cielo, que palpitaba con un resplandor cálido y vivo.
—Selene —dijo el hombre, con una voz que era música—. He viajado hasta los confines del mundo para encontrarte. He escalado las montañas más altas y cruzado los mares más oscuros. Y al final de mi camino, encontré esto.
Levantó la estrella hacia ella.
—Una estrella caída. Una luz perdida. Te la ofrezco, diosa de la luna, como un regalo de mi humilde corazón. Porque tú eres la luz más hermosa que he visto, y quería traerte algo que estuviera a tu altura.
Selene tomó la estrella entre sus manos luminosas. La luz de la estrella se fundió con la suya, y por un instante, el templo entero brilló con un resplandor cegador.
Cuando la luz se apagó, la estrella ya no estaba. Se había fundido con la diosa, absorbida por su luz eterna.
—Ningún mortal me ha ofrecido algo así —dijo Selene, con una voz que era suave como la brisa y profunda como el mar—. Un regalo de esta pureza, de esta belleza... merece una recompensa a su altura.
Se inclinó hacia él y posó sus dedos luminosos sobre su frente.
—Te doy la inmortalidad —susurró—. Vivirás mientras yo viva. Serás eterno como la luna. Y nunca nos separaremos.
La luz de Selene envolvió al hombre por completo. Lyra vio cómo su cuerpo cambiaba, cómo su piel comenzaba a brillar con un resplandor tenue, cómo sus ojos se volvían más profundos, más antiguos. Cuando la luz se disipó, el hombre ya no era mortal.
Era inmortal.
—Te lo juro —dijo él, tomando sus manos entre las suyas—. Te amaré por toda la eternidad que me has dado. Nunca te traicionaré. Nunca te abandonaré. Eres mi diosa, mi luz, mi todo.
Selene sonrió, y en esa sonrisa había un amor tan profundo que Lyra sintió que el corazón se le partía.
La escena cambió.
Ahora el templo estaba en ruinas. Las columnas yacían rotas, la fuente seca, el jardín marchito. Y Selene, la diosa de la luna, estaba de rodillas en el centro, con el rostro bañado en lágrimas de luz.
Frente a ella, el hombre la miraba con unos ojos que ya no eran de plata, sino de sombra. Su ropa blanca era harapos negros, y en su mano sostenía una espada que reflejaba la luna con un brillo frío y cruel.
Pero no estaba solo.
A su lado, una mujer se alzaba con una belleza tan oscura como la de Selene era luminosa. Su cabello era de un negro azabache que absorbía la luz, sus ojos rojos como brasas, y su piel palidecía con un resplandor enfermizo. Llevaba una corona de espinas negras y vestía un manto de sombras que se movían como serpientes. Lyra sintió un horror primitivo al mirarla, como si algo dentro de ella supiera que aquella presencia era la antítesis de todo lo que Selene representaba.
—¿Por qué? —preguntó Selene, y su voz rompió el cielo—. ¿Por qué, después de todo lo que te di? Te hice inmortal. Te di la eternidad. Te amé con todo mi ser.
El hombre sonrió, pero no era la sonrisa cálida de antes. Era una sonrisa torcida, llena de desprecio y de algo más oscuro.
—Me diste la inmortalidad, sí —respondió—. Pero me mantuviste a tu sombra. Nunca fui tu igual. Nunca me dejaste ser más que tu consorte.
—Te ofrecí todo lo que podía ofrecerte —dijo Selene, con la voz rota—. Todo.
—No todo —intervino la mujer de la corona negra, con una voz que era como el hielo y el veneno—. No le ofreciste lo que yo le ofrezco. Poder. Dominio. Un trono propio.
Selene la miró, y en sus ojos grises se encendió un fuego antiguo.
—Nyx —pronunció el nombre como una maldición—. Siempre fuiste mi enemiga. Siempre quisiste lo que era mío.
—Y lo tengo —respondió Nyx, la diosa de la noche eterna, con una sonrisa que helaba la sangre—. Tengo a tu amado. Tengo su lealtad. Y pronto... tendré todo lo que te queda.
Selene miró al hombre que había amado, al hombre al que había hecho inmortal con sus propias manos.
—¿Ella? —susurró—. ¿Elegiste a ella? ¿A la que siempre me ha odiado?
El hombre sostuvo su mirada sin pestañear.
—Ella me ofrece lo que tú nunca quisiste darme. Ser un dios. Gobernar. Tener un reino propio, no a tu sombra. Me ofrece venganza contra los que me humillaron. Me ofrece ser alguien.
—¡Yo te di la eternidad! —gritó Selene, y su grito hizo temblar los cimientos del templo—. ¡Te di la vida eterna! ¡Te di todo lo que tenía para dar!
—Todo excepto lo que realmente quería —respondió él, con una frialdad que cortaba más que cualquier espada.
Nyx se adelantó, su manto de sombras extendiéndose como alas de cuervo.
—Dame tu luz, Selene. Dame tu reino. Y tal vez... tal vez deje que tu amado te deje viva.
—No te daré nada —respondió Selene, levantándose con la dignidad de una diosa herida pero no vencida—. La luna no se rinde. La luna no se entrega. La luna siempre vuelve.
La sonrisa de Nyx se ensanchó.
—Entonces la apagaré.
Levantó su mano, y las sombras comenzaron a envolver el templo, a devorar la luz, a consumir todo lo que Selene había creado.
Y el hombre, el mortal al que Selene había amado y al que había dado la inmortalidad, levantó su espada contra ella.
Lyra quiso gritar, quiso correr, quiso interponerse. Pero no podía moverse. Solo podía ver cómo el hombre que Selene había elevado con su amor levantaba su arma contra ella, empuñada por el odio de Nyx.
La espada cayó.
Y Lyra despertó.
El Despertar
Gritó.
El grito rasgó la noche, y antes de que pudiera controlarse, su cuerpo comenzó a transformarse. Los huesos crujieron, el pelo blanco se erizó, y en cuestión de segundos, una loba blanca de ojos color miel yacía en el suelo de la habitación, temblando, gimiendo, con las patas cubiertas de lágrimas que no podía contener.
—¡Lyra! —la puerta se abrió de golpe y Eryndor entró, seguido de cerca por Cassian. Adrián apareció un instante después, con el rostro pálido y los ojos grises llenos de preocupación.
Eryndor se arrodilló junto a su hermana, sin importarle las garras o los dientes. La abrazó, sintiendo cómo su cuerpo temblaba, cómo su pelaje estaba empapado de sudor y lágrimas.
—Estoy aquí —susurró—. Estoy aquí, pequeña. No pasa nada. Estoy aquí.
Lyra temblaba sin control, su pecho subiendo y bajando con sollozos ahogados. Eryndor la sostenía con fuerza, acariciando su pelaje blanco, murmurando palabras de consuelo que apenas salían de sus labios.
—Respira, Lyra. Respira conmigo. Todo está bien. Estás a salvo.
Adrián se arrodilló junto a ellos, con los ojos grises fijos en la loba temblorosa. Quería preguntar, quería saber qué había visto, qué la había sacudido con tanta violencia. Pero algo en la forma en que Lyra ocultaba su rostro contra el pecho de su hermano, algo en la manera en que sus garras se aferraban a la manta como si fuera lo único real, le dijo que no debía preguntar.
No aún.
—Tráele agua —dijo Adrián a Cassian, en voz baja—. Y la manta que está junto a la chimenea. La más cálida.
Cassian asintió y se movió en silencio. Regresó en segundos con una jarra de agua fresca y la manta de piel que habían dejado calentándose junto al fuego.
Lyra, aún en forma de loba, bebió un poco de agua que Eryndor le acercó a los labios. Luego, lentamente, comenzó a transformarse de vuelta. Los huesos crujieron suavemente, el pelaje se retiró, y en su lugar quedó una niña de diez años, envuelta en una manta que Cassian le colocó sobre los hombros, con el rostro pálido y los ojos color miel aún húmedos por las lágrimas.
No habló.
Eryndor la sostuvo en silencio, acariciando su cabello blanco con una ternura infinita. Adrián se sentó en el borde de la cama, cerca pero no demasiado, ofreciendo su presencia sin exigir nada. Cassian se quedó junto a la puerta, vigilando el pasillo, dándoles la intimidad que la princesa parecía necesitar.
—¿Quieres hablar? —preguntó Eryndor al cabo de un rato, con la voz suave como una caricia.
Lyra negó con la cabeza, apoyándola más contra su pecho. Sus dedos se aferraron a la tela de su camisa, como si temiera que él también desapareciera.
—Solo... quédate —susurró.
—Siempre —respondió él—. Siempre me quedaré.
Adrián no preguntó. No insistió. Se limitó a sentarse en silencio, observando a su amiga, ofreciéndole su compañía sin palabras.
Había visto ese dolor antes. Lo conocía. Era el dolor de algo que no podía compartirse, de un peso que solo quien lo ha vivido puede entender.
Lyra cerró los ojos y se dejó sostener por su hermano. Su respiración comenzó a acompasarse poco a poco. Los temblores cesaron. Las lágrimas se secaron en sus mejillas.
—La luna —murmuró, sin abrir los ojos—. ¿Se ve la luna?
Eryndor la miró, dudó un instante, y luego la levantó en brazos, envuelta en la manta, y la llevó al balcón.
La luna estaba alta, casi llena, derramando su luz plateada sobre el mar. Las olas rompían abajo con un rumor constante, como un latido.
Lyra levantó la vista y se quedó quieta, mirando ese brillo lejano. No dijo nada. No hizo nada. Solo miró.
Eryndor la sostuvo en silencio, sintiendo su corazón latir contra el suyo, sintiendo que algo en ella se calmaba lentamente.
Adrián se quedó en la entrada del balcón, observándolos. No preguntó qué había visto. No preguntó qué significaba la luna para ella en ese momento. Solo estuvo allí, presente, como una roca en medio de la tormenta.
Cassian, desde la habitación, cerró las cortinas para que nadie pudiera verlos, y se retiró a vigilar el pasillo, dejándoles su espacio.
La noche siguió su curso. Las estrellas brillaron. Las olas rompieron una y otra vez contra los acantilados.
Y Lyra, en brazos de su hermano, con la luna mirándola desde lo alto, encontró la calma que necesitaba.
La Mañana Siguiente
Lyra despertó con el sol entrando por las ventanas, la luz dorada calentando su rostro. Por un momento, no recordó nada. Luego, las imágenes de la noche anterior la golpearon como una ola, pero ya no dolían igual.
Algo había cambiado. Como si, al compartir el dolor de Selene en silencio, sin palabras, hubiera absorbido también parte de su fortaleza.
Eryndor estaba dormido en una silla junto a su cama, con la cabeza apoyada en el borde del colchón y una mano todavía aferrada a la suya. Adrián, en el sillón junto a la ventana, había cerrado los ojos, pero su postura rígida delataba que no había dormido bien. Cassian ya no estaba; probablemente había ido a informar que la princesa se encontraba mejor.
Lyra los miró a los dos, a su hermano que había velado por ella toda la noche, a su amigo que había compartido su silencio sin pedir nada a cambio, y sintió que el corazón se le llenaba de gratitud.
No les contaría lo que había visto. No aún. Quizás nunca. Algunas heridas eran demasiado antiguas, demasiado profundas, para compartirlas con palabras. Pero ellos estaban allí. Y eso era suficiente.
Se incorporó lentamente, sin hacer ruido, y se acercó al balcón. La luna ya no estaba, reemplazada por un sol radiante que teñía el mar de oro y azul. Pero Lyra sabía que la luna volvería. Que siempre volvía.
Miró al cielo un largo rato, sin decir nada.
Luego, en voz baja, apenas un susurro que solo el viento podía oír, dijo:
—Gracias.
No sabía si Selene la escuchaba. No sabía si lo que había visto era un mensaje o solo un eco de algo que había ocurrido hacía milenios. Pero se lo agradeció igual. Por mostrárselo. Por confiar en ella.
El viento acarició su cabello blanco, y Lyra cerró los ojos un momento.
Cuando los abrió, Eryndor estaba despierto, mirándola desde la cama con sus ojos azules llenos de preocupación y amor.
—¿Estás bien? —preguntó.
Lyra sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, pero auténtica.
—Sí —respondió—. Estoy bien.
No dijo más. No hizo falta.
Adrián, desde el sillón, abrió un ojo y la miró. Vio en sus ojos color miel que algo había cambiado, que había crecido de una manera que las palabras no podían explicar. Y sonrió también.
—¿Vas a contarnos qué pasó? —preguntó.
Lyra negó suavemente con la cabeza.
—No ahora. Quizás nunca. Pero... gracias. Por estar aquí. Por no preguntar.
Adrián asintió, comprendiendo.
—Siempre —dijo—. Siempre estaremos aquí.
Y así, bajo el sol de Aurelia, con el mar brillando a lo lejos y la familia cerca, Lyra supo que, aunque algunas heridas nunca sanaran del todo, no tenía que cargarlas sola.