"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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El Peso de la Verdad
La luz del amanecer en Jurubirá entró por la ventana de la posada, pero no traía la paz de siempre. Pablo se sentó en la orilla de la cama, mirando sus manos. Ya no eran las manos impecables de Madrid; tenían rastros de salitre y pequeñas cortadas de la selva. Se puso su última camisa limpia y bajó.
Doña Carmen lo miraba desde la cocina con una mezcla de lástima y reproche.
—Señor Pablo, su padre llamó. Dice que ya no enviará más dinero. Me da mucha pena, pero este negocio es lo único que tengo para vivir.
—Lo entiendo, Carmen —respondió Pablo con la voz ronca—. Buscaré cómo pagarle, se lo prometo. No me voy a ir de aquí dejando deudas.
Salió a la calle y caminó hacia la casa de los Garcés. El aire estaba cargado de humedad, anunciando lluvia. Al llegar, vio a Aurora sentada en el porche, limpiando unas redes. El silencio entre ellos era denso, como si el momento en el faro hubiera sido un sueño del que ambos despertaron a golpes.
—Aurora —llamó él, deteniéndose al pie de la escalera—. No vengo a hablar de planos, ni de mi padre. Vengo a decirte que no tengo a dónde ir. Me he quedado sin nada por intentar hacer lo correcto.
Aurora dejó la aguja de madera a un lado. Lo miró con fijeza. No había el odio de antes, pero sí una tristeza profunda.
—¿Y qué espera, Rossi? ¿Que le abramos la puerta como si nada hubiera pasado? Mi padre está adentro tratando de entender cómo un hombre que comió en nuestra mesa trajo a esos abogados a medir nuestra paz.
—¡Yo no los traje! —exclamó Pablo, subiendo el primer escalón—. Mi padre los envió a mis espaldas. Lo perdí todo, Aurora. Mi futuro, mi carrera... hasta mi compromiso en Madrid se acabó ayer.
Aurora se puso de pie lentamente. Se acercó a la baranda y lo miró desde arriba. Por un segundo, sus ojos bajaron hacia la frente de Pablo, al lugar donde ella lo había tocado días atrás. El recuerdo del roce eléctrico seguía ahí, quemando a ambos.
—Usted perdió cosas que se compran con plata, Pablo —dijo ella en un susurro, y esta vez su voz no era gélida, sino cargada de una amargura suave—. Nosotros estamos a punto de perder lo único que no tiene precio: nuestra tierra. No es que seamos crueles, es que tenemos miedo. Y el miedo no deja espacio para la confianza.
—Dame una oportunidad para demostrarte que soy diferente a mi apellido —suplicó él.
En ese momento, Sofía salió a la puerta. Al ver a Pablo, sus ojos se llenaron de lágrimas. No dijo nada, solo le entregó un pequeño envuelto de arepa caliente y entró de nuevo a la casa, cerrando la puerta tras de sí. Fue un gesto de despedida silencioso que dolió más que un grito.
Aurora suspiró, mirando el envuelto en manos de Pablo.
—Váyase a la posada, Rossi. Coma algo. Mañana el pueblo decidirá qué hacer con la oferta de su padre. Pero no se haga ilusiones... aquí el barro se pega, pero la confianza se lava con la primera lluvia.
Ella entró a la casa, pero no tiró la tranca de madera con violencia. La cerró despacio, dejando a Pablo con el olor a maíz caliente y la sensación de que, aunque la brecha de clases seguía ahí, el muro de Aurora ya no era de piedra, sino de una madera que empezaba a ceder bajo el calor del trópico.