“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.
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Capítulo 22: Cumpliendo el sueño de mi hermana
Narra Ángel Pacheco
Eran como las seis y media de la mañana cuando sonó la alarma del celular.
Yo prácticamente me levanté muerto.
La noche anterior me había quedado hasta tarde hablando con Sabrina y casi no dormí nada.
Pero aun así me levanté con una sonrisa porque apenas abrí los ojos vi el último mensaje que ella me había mandado antes de dormirse.
“Buenos sueños, mi osito costeño 💜”.
Nojoda…
esa mujer me tenía mal.
Me levanté despacio, agarré la toalla y me fui al baño.
Me pegué una ducha rápida porque el calor de Barranquilla desde temprano ya estaba fuerte. Después me puse el uniforme de guachimán, me cepillé los dientes y me acomodé un poco el cabello frente al espejo.
Cuando terminé salí hacia la cocina.
Mi mamá ya estaba preparando el desayuno mientras sonaba música bajita en un radio viejo.
Olía a café recién hecho y arepita caliente.
—Buenos días, ma —dije sentándome.
Ella volteó sonriendo.
—Buenos días, hijo. ¿Durmió algo aunque sea?
Yo me reí.
—Más o menos.
Mi mamá soltó una pequeña risa porque ya sabía perfectamente por qué.
Me senté en la mesa y apenas iba agarrando el pan sentí unos brazos rodeándome el cuello por detrás.
Y enseguida un beso en la mejilla.
—Buenos dííías, hermanito hermoso.
Yo ni siquiera tuve que mirar para saber que era Yurani.
Y de una pensé:
“Esta quiere algo.”
Volteé apenas un poquito.
—Ajá… ¿qué quiere?
Ella se hizo la ofendida.
—¿Ahora no puedo darle cariño a mi hermano?
Yo levanté una ceja.
—No cuando pone esa voz.
Mi mamá empezó a reírse mientras servía el café.
Yurani se sentó al lado mío con una sonrisa sospechosa.
—Ay Ángel, usted sí desconfía mucho.
—Porque te conozco.
Ella empezó a molestar de una vez.
—Oiga… ¿y su morenita no escuchó sus ronquidos anoche?
Yo casi me atraganto con el café.
—¡Oiga!
Ella empezó a reírse durísimo.
—Porque seguro se durmieron en llamada como adolescentes enamorados.
Mi mamá soltó otra risa.
—Déjalo quieto, Yurani.
Pero ella seguía.
—Ay no, mírenle la cara. Está rojo.
Yo negué riéndome.
—Usted sí fastidia desde temprano.
Ella me empujó suave.
—¿Y qué? Estoy feliz de verlo enamorado.
Yo traté de cambiar el tema.
—¿Y usted no tiene nada que hacer?
Pero Yurani volvió al ataque.
—¿Y ya le dijo “te amo”?
Yo me quedé callado dos segundos.
Y ella gritó emocionada.
—¡SÍ LE DIJO!
—Shhh —dije riéndome—. Va a despertar a Meleydis.
Mi mamá negaba con la cabeza divertida mientras ponía los platos en la mesa.
—Parecen niños ustedes dos.
Yurani me miró otra vez.
—¿Y cómo le dice ella?
Yo sonreí sin poder evitarlo.
—Mi osito costeño.
Yurani soltó una carcajada tan fuerte que casi se cae de la silla.
—¡AY NOOOO!
Yo me tapé la cara riéndome.
—Cállese.
Ella seguía muerta de la risa.
—Osito costeño… ay Dios mío.
—Ya basta.
—No puedo, está demasiado cursi.
Mi mamá sonrió mirándome.
—Pero se escucha bonito.
Yo bajé la mirada riéndome nervioso.
No estaba acostumbrado a hablar de esas cosas.
Yurani siguió molestando.
—¿Y usted cómo le dice?
—No le importa.
Ella me empujó.
—Diga.
Yo suspiré.
—Morenita de mi vida.
Ella volvió a gritar emocionada.
—¡AYYY!
—Nojoda, parece loca.
Mi mamá ya estaba riéndose también.
Yurani se calmó un poquito después de tanto molestarme.
Pero entonces cambió la cara.
Ahí confirmé lo que sospechaba.
Sí quería algo.
Ella empezó a jugar con los dedos mirando la mesa.
—Ángel…
—Ajá.
—Te quería pedir algo.
Yo sonreí victorioso.
—Sabía.
Ella hizo mala cara.
—Ay ya.
—Diga pues.
Yurani respiró profundo antes de hablar.
—Quiero volver a entrar al curso de farmacia.
Eso me dejó serio enseguida.
Porque yo sabía cuánto le gustaba eso.
Antes del terremoto ella estaba estudiando y le iba bien.
Pero después de todo lo que pasó tuvimos que dejar muchas cosas.
Mi mamá bajó la mirada en silencio.
Yurani siguió hablando bajito.
—Yo sé que ahorita la plata no alcanza mucho… pero quiero terminarlo.
La miré unos segundos.
Y la verdad…
me dolió pensar que ella había dejado sus sueños por culpa de todo lo que vivimos.
Así que le pregunté:
—¿Cuándo empiezan las clases otra vez?
Ella levantó la mirada sorprendida.
—¿Entonces sí puedo?
Yo sonreí un poquito.
—Claro que sí.
Sus ojos se iluminaron enseguida.
—¿En serio?
—Sí, enana.
Ella se levantó rápido abrazándome fuerte.
—¡Gracias, gracias, gracias!
Yo me reí abrazándola también.
—Pero ya deje de decirme osito costeño delante de mi mamá.
Ella empezó a reírse otra vez.
—Jamás.
Mi mamá nos miraba sonriendo, aunque también tenía los ojos un poquito aguados.
Porque después de tanto dolor…
poquito a poquito nuestra familia estaba empezando a levantarse otra vez.