La escuela está en pánico, en el pueblo pasan cosas extrañas, los padres ya no dejan salir a sus hijos, algunos murmuran sobre un animal raro, ¿un perro grande, o algo más?, nadie se atreve a decirlo en voz alta.
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El regreso de Zack
Narrador.
Zack abre los ojos, y lo primero que siente es seda.
Está acostado en una cama enorme, con sábanas blancas que no conoce, en un cuarto que huele a limpio, a madera cara, a dinero viejo. El techo es alto, con molduras, y de una araña de cristal cuelga luz amarilla, suave. No hay humedad, no hay olor a bosque, no hay sangre.
Se sienta de golpe, y el cuerpo le duele entero. Se toca el pecho, los brazos, la cara. No hay heridas. No hay rasguños del arroyo, no hay barro, no hay sangre. Está entero, con ropa que no es suya. Pantalón negro, camisa limpia.
—Qué carajo —dice, y su voz suena rara en el silencio.
Se para, descalzo, sobre un piso de mármol que está frío. La habitación es grande. Hay cuadros en las paredes, hay un ventanal que da a un jardín, y hay una puerta de roble, cerrada.
Camina, despacio, con cada músculo tenso. Abre la puerta, y el olor a comida le pega de golpe.
Sale a un pasillo largo, con cuadros, con alfombra roja, con luces bajas. Baja una escalera de mármol, y abajo hay un living que podría ser de una revista. Sillones de cuero, chimenea apagada, estanterías con libros que nadie lee.
Está solo. No hay ruidos, no hay pasos, no hay gruñidos. No está Jonathan, ni su manada.
Va hasta la cocina, y en la mesada hay un plato. Comida caliente, recién hecha. Carne, pan, fruta. Al lado, una nota.
Come, vas a necesitar fuerzas.
Zack arruga la nota en el puño.
___Jonathan___ Murmuró.
Sigue caminando, abre otra puerta, y el aire cambia. Huele a aceite, a goma, a metal.
Es un garaje.
Y en el medio, bajo luces blancas, está el Mustang.
El mismo Mustang que Caroline chocó.
Ahora está entero. Pintura negra nueva, brillando como espejo, llantas limpias, motor que ni se escucha. Reparado completo, como si nunca hubiera pasado nada.
Zack se acerca, toca el capó. Está frío.
Apoya la frente en el vidrio, y ve su reflejo. Ojos de ámbar, todavía. Es humano ahora, pero no del todo.
Detrás de él, una puerta se abre.
Pasos, seguros, que no se apuran.
Zack no se gira. Ya sabe quién es.
—Bonita casa —dice, sin mirar.
El silencio dura tres segundos.
Era Jonathan su padre.
—Bienvenido a casa —dice Jonathan, y la voz suena cansada, más vieja que hace unas horas en el bosque.
Zack se gira de golpe, y ahí está.
Jonathan, el lobo viejo gris, ahora en humano. Con la misma campera de cuero, con la barba canosa, con cicatrices nuevas en el cuello que no estaban antes del arroyo. Tiene las manos en los bolsillos, y los ojos amarillos ya no brillan. Son ojos de hombre, y están llenos de algo que Zack no vio nunca. Culpa.
—Casa —dice Zack, y la palabra le sale amarga— ¿Desde cuándo tienes una mansión, un Mustang reparado, y comida caliente para mí?
Jonathan se encoge de hombros, camina despacio hasta el Mustang, pasa la mano por el capó como si fuera suyo.
—Desde que me fui —dice— desde que hice lo que tenía que hacer para que tú y tu hermano vivieran.
Zack se ríe, sin ganas, y el sonido rebota en el garaje.
—Ah —dice— claro. Nos abandonaste, dejaste a mamá llorando, Luke se volvió un rebelde indomable. Y cree que el mundo le pertenece creyéndose invencible, mientras tú armaste un palacio. Todo por nosotros.
Jonathan no se enoja, no levanta la voz. Solo lo mira, y señala la mansión con la cabeza.
—Esta no es mi casa —dice— Es tuya y de Luke ahora. La puse a nombre de los dos hace años, por si llegaba este día.
El silencio cae en el garaje, pesado, y solo se escucha el zumbido de las luces blancas.
Jonathan saca las llaves del Mustang del bolsillo, y se las tira a Zack. Zack las agarra en el aire, sin pensar.
—La mansión, el auto, la plata —dice Jonathan— todo es para que corras, si quieres. Para que te vayas lejos y no mires atrás. O para que te quedes, y pelees por tu hermano.
Se acerca, y por primera vez en dieciocho años, le pone una mano en el hombro a su hijo.
—Pero esta es tu decisión —dice— ya no eres cachorro, Zack. Eres alfa. Y los alfas no viven en casas prestadas esperando que los maten.
Zack mira las llaves, mira el Mustang, mira a su padre.
—¿Dónde están los demás? —dice Zack— ¿Dónde está mi manada?
Jonathan baja la mano, y la cara se le pone dura.
—A salvo —dice— por ahora, con sus padres.
Da media vuelta, camina hacia la puerta del garaje, y antes de salir, dice sin mirar atrás:
—Descansa, come, piensa. El cazador va a volver, Y cuando venga, más te vale saber si vas a correr en ese Mustang, o si vas a pelear en esta casa.
La puerta se cierra, y Zack se queda solo.
Con una mansión, con un auto reparado, con un padre que volvió, y con una guerra que no entiende.
Él no pensó un segundo, sabía lo que tenía que hacer.
Agarró las llaves, se sube al Mustang, y maneja hasta la casa de Oliver. Es de día, la calle está vacía, y la luz del sol está más fuerte que nunca.
Cuando llegó a destino:
Apagó el motor, y antes de bajar, huele.
Huele a café, a comida casera, a jabón de ropa. Huele a su madre, a Caroline y a casa.
Toca la puerta, tres golpes.
La puerta se abre de golpe, y Angi está ahí.
Está más flaca, con el pelo atado mal, con los ojos hinchados de no dormir. Cuando ve a Zack, se le corta la respiración. No grita, no llora. Solo levanta la mano, le toca la cara, como para asegurarse de que sea real.
—Zack —dice, y la voz se le rompe en dos letras.
Zack no habla, la abraza. La abraza fuerte, y huele su pelo, huele a madre. Angi se quiebra en sus brazos, sin ruido, solo temblando.
Detrás de ella, aparece Caroline.
No corre, no pregunta. Se queda en el marco, mirando el reencuentro y en sus ojos no hay sorpresa. Hay algo más. Algo que Zack conoce.
Ella sabe.
Caroline mira a Zack, y Zack la mira. No dicen nada, pero entre ellos pasa todo. El ámbar de los ojos de Zack brilla un segundo, y Caroline asiente.
Oliver sale de la cocina, con una taza en la mano. Cuando ve a Zack, la taza se le cae. Se rompe en el piso, y el café se desparrama.
—Cinco días —dice Oliver— cinco días, Zack. Te buscamos en el lago, en todo el bosque, en la morgue.
Zack se separa de Angi, pero le deja las manos en los hombros.
—Estaba con papá —Respondió.
El silencio cae en la casa como una piedra.
Angi se pone blanca, se lleva la mano a la boca.
—No —dice— no digas eso.
Caroline no se inmuta, solo aprieta los labios.
Angi tiembla, mira a Zack, y en sus ojos hay temor.
—¿Qué hacías con él? Zack, no te quiero cerca de tu padre.
Angi se tapa la cara, y el llanto le sale sin fuerza. Caroline se acerca, la abraza, y mientras la sostiene, mira a Zack por encima del hombro.