Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
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Capítulo 21
Pasaron las semanas, largas y eternas, llenas de días grises y noches sin sueño. Alejandra, por necesidad económica y porque no quería que nadie, ni siquiera ella misma, la viera caída y derrotada, decidió volver al trabajo.
Pero no quiso saber nada más de la oficina principal, de los pasillos donde había caminado de la mano de él, de los despachos donde habían compartido besos y promesas que ahora se sentían como cenizas en su boca. Consiguió ser reubicada en una sucursal más pequeña, alejada del centro, un lugar tranquilo donde nadie conocía su historia y donde podía intentar recoger los pedazos rotos de su dignidad.
O eso creía ella. Porque el destino, que a veces es tan caprichoso como cruel, tenía otros planes.
Una mañana soleada pero fría, llegó la orden obligatoria: reunión general de todo el personal. Sin excepciones. Todos los empleados, incluso los de las sucursales periféricas, debían presentarse en el edificio central para temas de organización y nuevas directrices.
Alejandra sintió un nudo aterrador formarse en la boca del estómago en cuanto leyó el memorándum. "Tengo que ir... tengo que ser fuerte... no puede pasar nada...", se repetía una y otra vez frente al espejo mientras se arreglaba, tratando de maquillar las ojeras y la palidez de su rostro con todo el arte que poseía. Se puso su mejor ropa, se peinó con esmero, pero por dentro temblaba como una hoja al viento. Sabía que allí estaba él. Sabía que lo vería. Y tenía miedo de lo que su corazón pudiera hacer o decir traicionándola.
Al poner un pie dentro de aquel imponente edificio de cristal y mármol, todo le golpeó de golpe. Los olores, la luz, el sonido de los pasos... cada rincón gritaba su nombre, cada esquina guardaba un recuerdo.
Recordaba cuando llegaba llena de ilusión, cuando él la esperaba con una sonrisa, cuando se sentía la mujer más afortunada del mundo. Ahora ese mismo lugar le parecía una jaula, un escenario de teatro donde ella había representado el papel más triste de su vida: el de la ingenua.
Intentó pasar desapercibida, caminando pegada a las paredes, con la cabeza baja, mezclándose entre la multitud de empleados que iban llegando. Entró a la gran sala de conferencias y buscó un asiento lo más alejado posible, en una esquina oscura, donde pudiera ver sin ser vista. "Solo aguanta unas horas, Alejandra. Solo escucha y vete", se dijo a sí misma cerrando los ojos un segundo.
Pero el corazón tiene ojos que ven más allá de las sombras.
La puerta principal se abrió y entró él. Francis.
El tiempo pareció detenerse por completo. El ruido de la sala se apagó en los oídos de ella. Solo existía él. Venía impecable, como siempre, vestido con un traje oscuro que le quedaba perfecto, corbata bien puesta, cabello peinado con elegancia. Era el hombre poderoso, el presidente, el dueño de todo... pero Alejandra, que conocía cada centímetro de su rostro, vio al instante lo que otros no veían.
Estaba destruido por dentro.
Sus ojos, que antes brillaban con picardía y amor cuando la miraban a ella, ahora estaban oscuros, vacíos, apagados. Tenía ojeras profundas que ni el mejor maquillaje de hombre podía ocultar, y una expresión dura, severa, como si cargara el peso del mundo entero sobre sus hombros. Era un fantasma caminando con traje de éxito.
Y entonces, él la buscó. Como si un imán lo guiara, sus ojos recorrieron la sala hasta dar con el rincón donde ella estaba escondida.
Sus miradas chocaron. Fue un choque eléctrico, doloroso, intenso, lleno de todo lo que no se podía decir en público. En ese segundo cruzaron miles de palabras, millones de recuerdos, toneladas de amor y de dolor. Alejandra sintió que se le escapaba el aire, sintió que las piernas le fallaban. Quiso desviar la mirada, pero fue imposible. Estaba atrapada en esos ojos negro profundo que tanto había amado.
Francis se quedó paralizado en medio del pasillo. Verla allí, tan pequeña, tan frágil, pero tan hermosa a pesar de todo, le golpeó el pecho como un mazazo. La veía más delgada, más pálida, con una tristeza en la mirada que le partía el alma en dos. Y sabía, con una certeza absoluta y desgarradora, que él era el culpable. Él había apagado esa luz que ella siempre llevaba dentro.
—Buenos días a todos —la voz de Francis sonó finalmente, pero sonó ronca, distante, apenas saliendo de su garganta—. Pasen y tomen asiento, por favor.
La reunión comenzó, pero para Alejandra fue como estar en una nube. No escuchaba nada de lo que se decía, no entendía las cifras ni los proyectos. Su mente y su corazón estaban en guerra. Sentía la mirada de él clavada en ella una y otra vez, aunque él intentara disimularlo hablando con los demás. Sentía su presencia quemándole la piel, recordándole lo que había perdido, lo que le habían robado.
El tiempo se arrastraba como un caracol. Cada minuto parecía una hora.
Al terminar, cuando por fin dieron la orden de retirarse, Alejandra quiso volar. Se levantó rápido, queriendo mezclarse nuevamente con la gente para escapar, para salir de allí y respirar aire puro, aire que no oliera a él, a mentiras y a perfume caro.
Pero Francis fue más rápido. Con pasos largos y decididos, la alcanzó en un pasillo vacío, justo antes de llegar a la salida. Nadie más estaba allí. Solo los dos, y un abismo inmenso separándolos.
—Alejandra... espera... por favor... —la tomó suavemente del brazo, con un toque tembloroso, como si tuviera miedo de que se rompiera o de que se desvaneciera como un fantasma.
Ella reaccionó al instante. Se soltó de un tirón brusco, enérgico, como si él estuviera ardiendo o tuviera lepra. Se dio la vuelta enfrentándolo, y lo que él vio en su rostro no fue rabia solamente, fue un hielo absoluto, un frío que helaba el alma.
—¿Qué quiere, señor Méndez? —preguntó ella con voz seca, cortante, usando su apellido como un látigo, marcando una distancia inmensa e insalvable entre los dos—. ¿Viene a darme órdenes de trabajo o viene a recordarme cuál es mi lugar? Porque ya lo sé, señor. Ya sé perfectamente quién es usted y quién soy yo. No hace falta que me lo recuerde una y otra vez.
—No digas eso... por Dios, Alejandra, no me hables así... —él hablaba bajito, desesperado, mirando hacia ambos lados por miedo a que alguien los viera o los escuchara—. Solo quería ver cómo estabas... necesitaba saber de ti... te ves tan mal, mi vida... me duele en el alma verte así...
—¡NO ME LLAME ASÍ! —lo cortó ella tajantemente, elevando un poco la voz, con los ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer—. ¡Usted perdió todo el derecho el día que me mintió en la cara! ¡Usted perdió el derecho a llamarme "mi vida", el derecho a tocarme, el derecho a siquiera preguntar por mí! Usted me rompió el corazón, Francis. Usted me destruyó la vida y mis sueños. Así que le pido por favor que me deje en paz. Haga su vida lujosa y perfecta con su esposa, y déjeme a mí intentar salvar lo poco que me queda de la mía.
—Ella no es nada... te lo juro que no es nada... tú eres todo para mí... —susurraba él acercándose otra vez, con la voz quebrada, queriendo tocarla de nuevo.
—Las palabras ya no valen nada —dijo ella con una calma aterradora, mirándolo fijamente a los ojos—. Lo que se rompe no se arregla con palabras bonitas, Francis. Se rompió y ya. Lo que hubo entre nosotros murió el día que descubrí que tenía mujer. Ahora somos dos extraños. Dos desconocidos que trabajan en la misma empresa. Así que respéteme y aléjese. Por su bien y por el mío.
Ella no esperó respuesta. Dio media vuelta y caminó con paso firme, decidido, levantando la barbilla con orgullo, aunque por dentro se estuviera muriendo de dolor. No miró atrás. No pudo. Porque sabía que si lo hacía, si veía el sufrimiento en el rostro de él, su propia fortaleza se vendría abajo y correría a sus brazos, y eso no podía pasar. Eso sería el final de su dignidad.
Francis se quedó allí, parado en medio del pasillo frío y silencioso, con las manos extendidas en el aire, sintiendo cómo ella se alejaba y cómo con cada paso que daba, construía un muro más alto y más grueso entre sus corazones.
Se tocó el pecho, sintiendo un dolor desagrador, real, como si le hubieran clavado un puñal. Había tenido el cielo en sus manos y lo había dejado escapar por su propia cobardía. Y ahora pagaba el precio más caro que existe: la ausencia eterna de su ser amado.
Continuará ✨
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Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.