Valentina Ruiz, de 29 años, se casa con Alejandro Montesinos en una ceremonia de ensueño, pero apenas después del matrimonio, él tiene que viajar a Estados Unidos por un largo viaje de negocios. Mientras él está ausente, la familia de Alejandro – su madre doña Elena, su hermana Carolina y su tío Javier – la trata con indiferencia, desprecio y hasta humillaciones.
Cuando Valentina descubre que Alejandro le es infiel con su antigua novia, decide callarlo todo para proteger el matrimonio que tanto soñó y porque cree que su amor puede cambiar las cosas.
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Capitulo 21
Valentina estaba en la cocina preparando unas galletas de almendra cuando doña Elena entró acompañada de Carolina, ambas con expresiones serias que anunciaban algo nuevo. Colocó la bandeja de horno sobre la encimera y se secó las manos con un paño de cocina, sintiendo cómo el nerviosismo le recorría el cuerpo.
—Valentina, necesito que te sientes con nosotras en la sala de estar —dijo doña Elena, con un gesto firme hacia la puerta—. Es hora de hablar de cosas importantes.
Al llegar a la sala, doña Elena se sentó en su sillón preferido, mientras Carolina se apoyaba en la chimenea. Valentina se quedó de pie, agarrándose las manos para calmar el temblor.
—Hemos estado hablando del futuro de la familia —comenzó doña Elena, mirándola directamente a los ojos—. Los Montesinos llevamos generaciones construyendo este nombre, y es necesario que haya alguien que lo continúe. Es hora de que empieces a pensar en darle herederos a Alejandro.
Valentina sintió cómo se le apretaba el pecho. Había esperado este momento, pero no estaba preparada para la crudeza con la que se planteaba.
—Señora, yo... yo quería esperar a que Alejandro regresara, a que nos estableciéramos como pareja primero —murmuró, buscando las palabras con cuidado—. Aún no hemos tenido tiempo de estar juntos en paz, sin preocupaciones de negocios ni de la familia.
Doña Elena negó con la cabeza, sacudiendo unas hojas de papel que tenía en la mano: "Las esposas de esta familia no esperan a 'establecerse', Valentina. Cumplen con su deber. Tu lugar es a lado de Alejandro, asegurando que la estirpe continúe. Es lo que se espera de ti, lo que merece esta familia".
Carolina se adelantó entonces, con una sonrisa que no llegaba a los ojos: "Mi madre tiene razón. Además, Sofía ya me dijo que estaría dispuesta a ayudar con los niños cuando lleguen – ella entiende cómo funciona esto, sabe lo que significa ser parte de una familia importante".
Valentina sintió cómo la ira y la tristeza se mezclaban en su interior. Sabía que Sofía era parte de todos los planes, incluso de los que deberían ser solo suyos con Alejandro.
—Pero ¿qué pasa con lo que yo quiero? —preguntó en voz baja, aunque sus ojos brillaban con determinación—. He estado aquí, cuidando la casa, organizando eventos, aguantando todo lo que me han dicho y hecho. Pero nunca me han preguntado lo que siento, lo que necesito.
Doña Elena se levantó con lentitud, ajustándose el vestido: "Lo que tú necesitas es entender tu lugar, Valentina. Las esposas de los Montesinos no hacen preguntas, cumplen con su deber. Alejandro volverá pronto, y cuando llegue, espero que estés lista para hacer lo que corresponde".
Cuando doña Elena y Carolina se fueron, Valentina se quedó sola en la sala, mirando la chimenea donde las brasas aún ardían débilmente. Caminó hasta su habitación y sacó su diario, escribiendo con la mano que aún no estaba completamente curada:
"Hoy me han hablado de herederos, de deberes, de lo que se espera de mí. Nadie me pregunta si estoy lista, si quiero ser madre ahora. Solo me dicen lo que debo hacer. He dado todo por esta familia – he dejado mi casa, mi trabajo, mis amigos. He callado cada insulto, cada desprecio, cada vez que han hecho sentir que no soy suficiente. Pero ya no puedo seguir así. No soy una pieza en su juego, no soy alguien a quien se le asigna un papel sin preguntarle. Soy yo misma, y tengo derecho a decidir mi futuro también."
Se cerró el diario y lo guardó en su lugar seguro. Luego cogió su maleta de viaje, la que había traído desde Sevilla cuando se casó, y comenzó a poner algunas cosas dentro – sus libros favoritos, el pañuelo de su abuela, la foto de sus padres. Sabía que Alejandro volvería pronto, y que cuando llegara, tendría que tomar una decisión definitiva. Pero esta vez, no estaría sola en su elección.
Esa tarde, mientras doña Elena descansaba de la siesta, Valentina decidió sacar la maleta que había empezado a preparar y la guardó en el armario de su habitación, oculta detrás de los vestidos que ya no usaba.
Carolina entró en la habitación sin hacer ruido y la vio ajustando la cremallera de la maleta: "¿Qué estás haciendo? ¿Piensas irte sin decir nada?"
Valentina cerró la maleta con cuidado y la guardó en un rincón oscuro del armario: "Solo estoy ordenando algunas cosas. Nunca se sabe cuándo puede hacer falta viajar".
Carolina se acercó un paso más: "Mi madre dice que cuando Alejandro regrese, tendrás que empezar los tratamientos para ayudarte a quedarte embarazada más rápido. Los Montesinos no podemos esperar mucho más".
Valentina sintió cómo el aire se le quedaba en la garganta. "Ya veremos qué decide Alejandro cuando regrese", respondió, aunque en su interior sabía que la decisión no estaría en sus manos.
Más tarde, mientras cocinaba la cena, encontró una carta debajo del paño de la mesa – Carolina la había dejado ahí: "Sé que ya sabes todo. Él no volverá contigo, Valentina. Mejor ve a tu casa de Sevilla antes de que sea demasiado tarde."
Valentina la leyó y la guardó en su diario, junto con todas las otras pruebas de lo que había sufrido. Se miró al espejo de la cocina y vio cómo sus ojos ya no tenían ese brillo de esperanza que alguna vez tuvo. Ahora había determinación en ellos. Determinación para decir la verdad cuando llegara el momento.
Se acercó a la ventana y vio cómo el sol se ponía sobre la mansión, pintando las paredes de oro y rosa. Sabía que cuando Alejandro regresara, no podría seguir callando. Esta vez, diría todo – sobre la infidelidad, sobre las acusaciones injustas, sobre el dolor que había sentido. Y si él elegía a Sofía, entonces ella se iría con la cabeza alta, sabiendo que había hecho todo lo posible por defender su amor. Pero ya no estaría ahí esperando a que alguien la salvara. Ya no.