El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.
Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.
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Capítulo 10: La Corona de Espinas y Seda
El día de la proclamación oficial de Dorian como Haseki Sultan (Consorte Imperial) amaneció con una niebla espesa que abrazaba las torres del Palacio de Topkapi, como si el mismo destino estuviera ocultando sus secretos. Para Dorian, no era solo un desfile de vanidad; era el día en que su cuello dejaría de pertenecerle a la suerte para pertenecerle al Imperio.
En sus aposentos, el ajetreo era ensordecedor. Veinte sirvientes corrían de un lado a otro portando cofres de madera de cedro incrustados con nácar. Sumbul, el eunuco jefe, supervisaba cada detalle con una ansiedad que rozaba la histeria.
—¡Cuidado con ese brocado! —chilló Sumbul a una joven sirvienta—. Si un solo hilo de oro se desprende, el Sultán os mandará a las cocinas de por vida.
Dorian permanecía sentado frente al espejo, observando su reflejo con una extrañeza gélida. Ya no veía al joven que fue capturado en las costas del norte. Su piel, antes curtida por el viento frío, ahora brillaba tras baños de leche y aceites de sándalo. Sus ojos azules, antes llenos de una rebeldía salvaje, ahora contenían una profundidad estratégica que asustaba a quienes lo miraban directamente.
Le vistieron con un caftán de seda blanca tan pesada que parecía una armadura, bordado con hilos de plata que formaban intrincados motivos de tulipanes y granadas. Sobre su pecho, colgaba el "Ojo del Sultán", un zafiro del tamaño de un huevo de paloma que simbolizaba la protección de Selim. Pero lo más importante era lo que colocarían sobre su cabeza: una diadema de platino y diamantes que ningún omega extranjero había portado jamás.
—¿Estáis listo, mi Señor? —preguntó Sumbul, bajando la voz al notar la palidez de Dorian.
—Nadie está listo para convertirse en el blanco de un imperio, Sumbul —respondió Dorian, levantándose. El peso de las joyas era real, pero el peso de las expectativas era asfixiante—. Pero si voy a ser un blanco, me aseguraré de que las flechas se quiebren antes de tocarme.
El recorrido hacia el Gran Salón del Consejo estaba flanqueado por la Guardia Jenízara. Miles de soldados con sus altos tocados blancos y cimitarras desenvainadas formaban un pasillo de acero. El silencio era tan denso que Dorian podía escuchar el latido de su propio corazón y el roce de su capa contra el suelo.
Al entrar al salón, el impacto visual fue absoluto. No solo estaban los visires y generales; el Harén entero había sido convocado. Cientos de omegas, desde las jóvenes novicias hasta las favoritas veteranas, observaban desde las tribunas superiores. Dorian sintió el odio emanando de ellas como un calor físico. Especialmente de Layla, que permanecía en un rincón sombrío, con el rostro oculto tras un velo, pero con los ojos inyectados en una envidia que prometía sangre.
En el estrado más alto, Selim esperaba. Lucía una túnica carmesí oscuro, el color de la sangre real, y su aura de Alfa dominante era tan poderosa que el aire parecía vibrar a su alrededor. Al ver aparecer a Dorian, Selim no pudo evitar que una chispa de orgullo y posesión iluminara su rostro. Extendió su mano, un gesto público de igualdad que rompió mil años de protocolo.
Dorian subió los escalones de mármol. Cada paso era un desafío. Al llegar frente al Sultán, se arrodilló por última vez como un súbdito, pero Selim lo tomó de los hombros y lo obligó a levantarse de inmediato.
—No te arrodilles ante mí —susurró Selim, solo para que él lo oyera—. Hoy, el mundo se arrodilla ante nosotros.
Selim tomó la diadema imperial de un cojín de terciopelo que sostenía el Gran Muftí. Con manos firmes, la colocó sobre los cabellos claros de Dorian.
—¡Larga vida al Haseki Dorian Sultan! —proclamó la voz del heraldo real.
—¡Larga vida! —respondieron los soldados, aunque en las gradas del harén, el silencio de las mujeres fue una respuesta elocuente y peligrosa.
Selim se giró hacia la multitud, manteniendo su brazo firme alrededor de la cintura de Dorian, pegándolo a su costado en un gesto de posesión absoluta que reclamaba cada centímetro de su omega frente a los ojos de todos los hombres de la corte.
—Este hombre es mi voz cuando yo calle. Es mi mano cuando yo no pueda alcanzaros. Quien conspire contra él, conspira contra el trono —sentenció Selim, su mirada de ámbar recorriendo la sala como una advertencia—. Ibrahim Pasha fue el primero en caer por subestimarlo. No dejéis que haya un segundo.
Tras la ceremonia, el palacio se sumergió en un banquete que duraría tres días. Pero mientras la música y el vino fluían, Dorian se sentía como un animal acorralado en una jaula de oro.
Esa noche, Selim lo condujo a unos nuevos aposentos: la Suite de los Lirios, la más lujosa del harén, conectada directamente con la habitación del Sultán por un pasadizo secreto.
—¿Eres feliz, Dorian? —preguntó Selim cuando finalmente estuvieron solos. El Sultán se despojó de su pesada túnica y abrazó a Dorian por la espalda, hundiendo el rostro en su cuello, inhalando la esencia de omega que ahora estaba marcada por el aroma del Alfa—. Tienes el poder, tienes las joyas... me tienes a mí.
Dorian se giró en sus brazos, rodeando el cuello de Selim. La pasión entre ellos siempre estaba a flor de piel, una mezcla de deseo carnal y una necesidad de control mutuo. —Soy poderoso, Selim. Pero la felicidad es un lujo que los gobernantes no solemos tener —Dorian le dio un beso suave, casi melancólico—. Hoy he visto los ojos de Layla. He visto los ojos de los visires que Ibrahim dejó atrás. No me ven como tu consorte. Me ven como una enfermedad que debe ser extirpada.
Selim gruñó, apretando a Dorian contra él, sus manos descendiendo por su espalda con una urgencia posesiva. —Si alguien intenta extirparte, quemaré Constantinopla hasta los cimientos. Eres mío, Dorian. Por contrato, por corona y por instinto. Nadie te tocará.
—No me preocupa que me toquen ellos, Selim —susurró Dorian, bajando la mirada—. Me preocupa lo que los celos puedan hacerle a este palacio. El veneno no siempre viene en una copa; a veces viene en un susurro al oído del Sultán.
Selim lo levantó en vilo y lo llevó hacia la cama cubierta de mantas de piel y seda. —Esta noche no permitiremos que los susurros entren aquí. Esta noche solo existimos tú y yo.
Sin embargo, mientras Selim se entregaba a la pasión de poseer a su nuevo consorte, Dorian notó algo por el rabillo del ojo. En la mesa de noche, junto a un jarrón de flores frescas, había una pequeña caja de madera que no estaba allí antes.
Cuando Selim finalmente se durmió, agotado por las emociones del día, Dorian se levantó en silencio. Su cuerpo aún temblaba por la intensidad del Alfa, pero su mente seguía alerta. Abrió la caja con manos temblorosas.
Dentro no había una joya. Había una lengua de pájaro cortada y un trozo de pergamino manchado de sangre con un mensaje en la lengua de las sombras del harén:
"La corona de un extranjero es de hielo; el sol del Sultán la derretirá, y solo quedará el agua de tus lágrimas. No llegarás a ver la primera luna de invierno."
Dorian cerró la caja con un clic seco. No despertó a Selim. Sabía que si se lo decía, Selim entraría en el harén y ejecutaría a diez omegas al azar, lo que solo aumentaría el odio hacia él.
Dorian miró al Sultán durmiendo, su rostro ahora tranquilo. Se dio cuenta de que su lucha apenas comenzaba. La coronación no había sido el final del cuento; había sido la declaración oficial de guerra. Ibrahim había sido un enemigo externo, pero ahora, las enemigas estaban en el cuarto de al lado, compartiendo su misma comida y respirando su mismo aire.
Dorian apretó el puñal de marfil que siempre dejaba cerca.
Espero disfruten esta nueva aventura