Ella pasa una noche con un Ceo Y ese luego la secuestra al creer que ella esconde a su hijo
NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 22
Valentina corrió detrás de Adrián.
—¡Adrián, espera!
Él se detuvo.
Pero no se giró de inmediato. Permaneció de espaldas, como si enfrentarla exigiera un valor que aún no terminaba de reunir.
—No te enojes conmigo, por favor… —dijo ella, alcanzándolo, con la respiración agitada y el corazón en un puño.
Adrián cerró los ojos un segundo.
Como intentando controlarse. Como si dentro de él pelearan dos verdades y ninguna quisiera ceder.
Luego la miró.
Y su expresión…
dolía.
—Es imposible no hacerlo.
Valentina frunció el ceño, desarmada.
—¿Por qué…?
Adrián dio un paso hacia ella.
Más serio que nunca. Más cerca que nunca.
—¿Realmente no recuerdas nada?
Silencio.
Ella negó lentamente, con la cabeza, con los ojos, con el alma.
—No… —susurró—. ¿Qué se supone que debería recordar?
Eso lo golpeó.
Fuerte.
Como un puñetazo en el centro del pecho.
Adrián pasó una mano por su cabello, frustrado, despeinándose más de lo que ya estaba, como si aquel gesto pudiera ordenar sus pensamientos.
—Valentina… —murmuró, y su voz tembló en la última sílaba—. Viviendo aquí… no estás segura.
Ella lo miró, confundida, buscando en sus ojos una pista que no llegaba.
—¿De qué hablas?
—Si Mi padre se entera de que estás en esta mansión…
Se detuvo.
Dudó.
Como si estuviera a punto de romper algo importante. Algo que no podría reparar jamás.
—¿Por qué? —insistió ella, y en su voz había ya no solo confusión, sino un principio de miedo.
Adrián la miró a los ojos.
Directo.
Intenso.
—Porque…
Y entonces—
Todo pasó en segundos.
Valentina parpadeó.
Una vez.
Dos.
Y de pronto—
—¿Qué…?
Sintió algo cálido.
Extraño.
Un goteo lento, absurdo, imposible.
Su mano subió instintivamente a su nariz.
Y cuando la miró—
Sangre.
Roja. Viva. Aterradora.
—Adrián… —susurró, desorientada, como quien se despierta dentro de una pesadilla.
El mundo empezó a girar.
Los pasillos se alargaron. Las paredes se inclinaron. Todo se volvió un carrusel de luces y sombras.
—Oye… ¿estás bien? —dijo él, alarmado, sujetándola por los hombros.
Pero ella ya no escuchaba bien.
Los sonidos se distorsionaban, como si llegaran desde el fondo de un pozo. Las imágenes… borrosas, manchadas, deshechas.
Y de repente—
Fragmentos.
Risas.
Un jardín.
Un niño.
Una promesa…
"Cuando seamos grandes…"
—Yo…
Sus piernas fallaron.
Como si el suelo se hubiera vuelto de aire.
Y cayó.
—¡VALENTINA! —gritó Adrián, atrapándola antes de que golpeara el suelo. Su cuerpo quedó completamente inconsciente en sus brazos, pálida, frágil, ausente.
Adrián entró en pánico.
—¡Maldición!
La sostuvo con fuerza, como si abrazarla pudiera devolverla a este mundo.
—No… no ahora…
Miró a su alrededor.
Desesperado.
—¡ALGUIEN! —gritó, y su voz resonó en los muros como un eco de alarma—. ¡TRAIGAN UN MÉDICO!
Pasos apresurados comenzaron a escucharse. Puertas que se abrían. Voces que preguntaban.
Pero ya era tarde.
Mateo también apareció.
Su mirada fue directo a ella.
Inconsciente.
En brazos de Adrián.
Y algo en él…
se rompió.
No fue un gesto. No fue una palabra. Fue algo más hondo, más antiguo, más animal.
—¿Qué le hiciste? —gruñó, acercándose peligrosamente, con los puños apretados y la mandíbula tensa.
—¡No hice nada! —respondió Adrián, sin soltarla—. Se desmayó de repente. La sangre… de la nariz…
Mateo no escuchaba.
No razonaba.
Solo la tomó.
Con cuidado.
Pero con desesperación.
La arrancó de los brazos de Adrián como quien recupera un tesoro robado.
—Valentina… —murmuró, tocando su rostro con una ternura que dolía—. Oye… mírame…
Nada.
Ni un parpadeo. Ni un suspiro.
Su expresión cambió.
Oscura.
Peligrosa.
—Si algo le pasa…
Miró a Adrián.
Y esta vez no había duda. No había tregua. No había hermandad que valiera.
—Te juro que te destruyo.
Adrián sostuvo su mirada.
Sin retroceder.
Sin parpadear.
—Entonces asegúrate de que no siga aquí… porque tú eres el peligro.
Silencio.
Explosivo.
Denso como un cielo antes de la tormenta.
Pero Mateo ya no respondió.
Porque lo único que importaba…
era ella.
—Prepáren el auto —ordenó, con una voz que no admitía réplica—. Ahora.
La cargó en brazos, pegada a su pecho, como si su calor pudiera devolverle la vida.
Y esta vez…
el miedo en sus ojos era real.
No el miedo a perder una discusión. No el miedo a que ella se fuera.
Era el miedo a que nunca volviera.
Porque por primera vez—
Valentina no estaba discutiendo.
No estaba huyendo.
No estaba negando nada.
Solo…
no estaba.
El hospital estaba en silencio.
Frío.
Impersonal.
Demasiado distinto al caos que Mateo llevaba dentro.
Valentina yacía acostada en la camilla, blanca como las sábanas que la cubrían. Inmóvil. Pálida. Con los brazos a los costados y el rostro vuelto hacia un lado, como si hasta en el desmayo buscara alejarse de algo.
Mateo no se había separado de ella ni un segundo.
Ni siquiera cuando los médicos la llevaron a hacer estudios.
Ni cuando cerraron la puerta.
Nada.
Permaneció allí, de pie junto al vidrio de la sala de observación, con los brazos cruzados y la mirada fija en su cuerpo inerte, como si vigilara cada respiración, cada latido, cada instante en que ella seguía aquí y él no perdía la razón.
---
Horas después—
El doctor salió.
Serio.
El rostro grave, las manos en los bolsillos de la bata blanca, los ojos cansados de dar malas noticias.
Mateo se puso de pie de inmediato, como impulsado por un resorte.
—¿Qué sucedió, doctor?
En ese momento, Adrián también llegó.
Agitado.
Tenso.
El cabello aún desordenado, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido toda la ciudad.
—¿Cómo está?
El doctor los miró a ambos antes de hablar. Primero a Mateo. Luego a Adrián. Como si midiera quién merecía oír primero la verdad.
—Le hicimos una resonancia.
Silencio.
—Ella tuvo un daño cerebral muy severo hace tiempo.
Las palabras cayeron pesadas.
Como losas.
Como condenas.
—Eso la llevó a perder parte de su memoria.
Mateo se quedó inmóvil.
No parpadeó. No respiró. No existió más que para escuchar.
Adrián apretó la mandíbula hasta que los músculos de su cuello se marcaron como cuerdas tensas.
—…en el pasado —continuó el doctor—. Pero ahora también hubo un pequeño daño reciente.
—¿De nuevo? —preguntó Adrián, impactado, y en su voz había algo más que sorpresa: había miedo.
—Así es.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
El silencio de los que saben que algo se rompió y no saben si podrá pegarse.
—El cerebro de ella está intentando recordar —explicó el doctor, con la calma de quien ha dado este tipo de noticias cien veces—. Y estos… son los primeros síntomas.
Mateo frunció el ceño. Su frente se arrugó como un pergamino viejo.
—¿Eso es bueno o malo?
—Ambas cosas.
Pausa.
El doctor ajustó sus gafas.
—Es una señal de que su mente está reaccionando… pero también es peligroso.
Adrián cruzó los brazos, como si protegerse a sí mismo del peso de las palabras.
—¿Qué debemos hacer?
El doctor los miró con seriedad. Con esa seriedad que solo tienen los hombres que han visto demasiado.
—No deben forzarla.
Directo.
—Nada de presionarla, nada de confrontarla con recuerdos.
Mateo desvió la mirada.
Tenso.
Sus ojos se perdieron en el suelo de baldosas blancas, frías, anónimas.
—Si intentan obligarla a recordar… puede ser contraproducente.
Más bajo.
—Incluso dañino.
Silencio.
—Debe hacerlo a su propio ritmo.
—¿Y si no recuerda nunca? —preguntó Mateo, con la voz más baja de lo normal, casi un susurro, casi una confesión.
El doctor dudó.
Solo un instante. Pero fue suficiente.
—Es una posibilidad.
Eso…
le dolió más de lo que esperaba.
Eso le atravesó el pecho como una estaca helada.
—Pero también puede recuperar fragmentos poco a poco —añadió el doctor, tratando de suavizar el golpe—. Dependerá de su entorno… y de cómo se sienta.
Miró directamente a Mateo.
—Necesita tranquilidad. Seguridad.
No presión.
Mateo apretó la mandíbula.
Porque eso…
era exactamente lo que él no le estaba dando.
—¿Podemos verla? —preguntó finalmente, con la voz rota por dentro pero entera por fuera.
—Sí. Pero con calma.
El doctor se retiró con un leve asentimiento, dejando tras de sí un rastro de alcohol y verdad.
---
El silencio quedó entre ellos.
Mateo.
Y Adrián.
Dos hermanos separados por la sangre y por todo lo demás.
—¿Lo escuchaste? —dijo Adrián, sin soltar el gesto duro—. No puedes seguir presionándola.
Mateo no respondió.
Solo miraba la puerta. Aquella puerta blanca detrás de la cual yacía ella, frágil, inconsciente, ausente.
—Tú eres parte del problema —añadió Adrián.
Eso lo hizo reaccionar.
—Cállate.
—No —insistió Adrián, dando un paso al frente—. Desde que llegó a esa mansión, todo empeoró.
Mateo lo miró.
Frío.
Peligroso.
—No te metas.
—Me voy a meter —respondió Adrián, sin retroceder—. Porque tú no estás pensando en ella.
Pausa.
—Solo en lo que quieres.
Eso…
dio en el punto.
Dio justo donde más dolía.
Pero Mateo no lo iba a admitir.
—Ella es mía.
Adrián negó con la cabeza. Una negación lenta, triste, definitiva.
—Ese es exactamente el problema.
Silencio.
Tenso.
Explosivo.
Pero Mateo ya no quiso discutir.
Porque algo más importante lo llamaba.
Ella.
Sin decir más—
entró a la habitación.
---
Valentina estaba despierta.
Débil.
Confundida.
Mirando el techo con los ojos entornados, como si aquel techo blanco guardara las respuestas que ella no podía encontrar.
—Valentina… —murmuró él, acercándose con pasos que apenas hacían ruido, como si el linóleo pudiera delatarlo.
Ella giró lentamente la cabeza.
Y lo vio.
—Mateo…
Su voz era suave.
Frágil.
Pero consciente.
Eso lo alivió.
Más de lo que iba a admitir.
—¿Qué pasó…? —preguntó ella, y sus ojos, aún nublados, buscaron los de él con una urgencia que dolía.
Mateo se detuvo un segundo.
Recordando las palabras del doctor.
No forzar.
No presionar.
Se sentó a su lado, sintiendo cómo el colchón de la camilla se hundía apenas bajo su peso. Y tomó su mano con cuidado. Con una delicadeza que no sabía que poseía.
—Te desmayaste… —dijo suavemente—. Solo eso.
Valentina frunció el ceño. El gesto le costó, como si hasta fruncir requiriera un esfuerzo titánico.
—Sentí… algo raro…
Pausa.
—Como si… estuviera recordando algo.
Mateo tensó la mano.
Un milímetro. Un latido.
Pero no dijo nada.
—Pero no puedo… —susurró ella—. Se me escapa.
Lo miró.
Confundida.
Perdida.
—¿Qué me pasa…?
Y por primera vez—
Mateo no tuvo una respuesta.
No la tuvo porque la verdad era demasiado grande. Porque la verdad podía romperla. Porque la verdad, dicha ahora, sería como empujarla por un precipicio.
Solo la miró.
Más suave.
Más humano.
Más vulnerable de lo que nunca había sido.
—Nada… —murmuró, y fue la mentira más hermosa que jamás había pronunciado—. Solo estás cansada.
Pero por dentro…
sabía la verdad.
Y eso lo estaba destrozando.
Porque si ella recordaba…
todo podía cambiar.
Y él no estaba seguro de sobrevivir a ese cambio.