Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.
NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 3
El miércoles llegó con un clima pesado que se filtraba por los enormes ventanales de la oficina, pero adentro la verdadera tormenta era el silencio incómodo entre los escritorios. Cecilia apenas despegaba los ojos de la pantalla de su computadora, tecleando a toda velocidad un reporte de facturación. Llevaba una blusa satinada color beige y el cabello recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello, un detalle simple pero calculado.
A las once de la mañana, la puerta del despacho de Víctor se abrió de golpe. Él salió a paso firme, sosteniendo una taza vacía y un manojo de papeles. Tenía las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, dejando a la vista venas marcadas y una tensión acumulada que a Cecilia le hizo dar un vuelco al corazón.
—Cecilia, necesito que dejes lo que estás haciendo y prepares el salón de juntas principal. Los inversionistas del grupo norte llegan en una hora —dijo Víctor. Su tono no aceptaba réplicas; era el jefe exigente en su máxima expresión.
—Entendido, señor Moreira. En cinco minutos queda listo —respondió ella de inmediato, forzando esa voz suave y sumisa que sabía que lo descolocaba.
Víctor se detuvo un segundo frente a su escritorio. La miró fijo, deteniéndose más de lo debido en la línea expuesta de su cuello antes de desviar la mirada hacia la taza que llevaba en la mano.
—Y prepara más café cargado. Lo voy a necesitar.
—Por supuesto.
En cuanto él se dio la vuelta para regresar a su oficina, Cecilia se levantó de la silla. Caminó hacia el salón de juntas, sintiendo los nervios lógicos de quien sabe que está caminando por la cuerda floja. Preparó la mesa, alineó las carpetas corporativas y colocó los bolígrafos en su lugar. Justo cuando terminaba de conectar el proyector, escuchó unos pasos ligeros en el pasillo exterior de la recepción. No era el andar pesado de Víctor.
Al salir, se topó de frente con una mujer delgada, vestida con ropa de marca exageradamente llamativa y unos lentes oscuros que se quitó con un gesto altanero. Era Ángela. La exesposa.
—¿Y tú quién eres? —soltó Ángela, barriendo a Cecilia con una mirada cargada de desprecio de arriba abajo—. No me digas que Víctor cambió otra vez de secretaria.
—Buenos días. Soy Cecilia Morales, la asistente ejecutiva del señor Moreira —respondió Cecilia, manteniendo una postura impecable y la barbilla en alto, aunque por dentro la adrenalina se le disparó—. El señor Moreira está ocupado preparando una reunión importante. Si gusta dejarle un mensaje…
—No necesito dejarle un mensaje a mi propio exmarido, niñita —la interrumpió Ángela, dando un paso hacia adelante de forma intimidante—. Muévete. Tengo asuntos que arreglar con él sobre nuestra hija y no voy a perder el tiempo contigo.
Antes de que Cecilia pudiera detenerla, Ángela empujó la puerta del despacho de Víctor sin siquiera tocar.
—Víctor, tenemos que hablar de la tarjeta de crédito de Angélica —exclamó Ángela al entrar.
Víctor, que estaba concentrado revisando unos gráficos en su tablet, levantó la cabeza de golpe. Al ver a su exesposa invadiendo su espacio, su rostro se transformó en una máscara de pura frustración. Se puso de pie lentamente, apoyando las palmas de las manos sobre el escritorio.
—Ángela, te he dicho mil veces que no puedes venir a mi oficina a armar escenas. Estoy por recibir a clientes importantes —dijo Víctor, con una voz peligrosamente baja que contenía toda su rabia.
—Me importa poco tu reunión, Víctor. Angélica me pidió un dinero extra para su viaje escolar y tú bloqueaste la cuenta compartida. No voy a permitir que dejes en ridículo a mi hija por tus malditos arranques de control —reclamó Ángela, cruzándose de brazos.
Cecilia, que se había quedado de pie en el marco de la puerta para asegurarse de que las cosas no pasaran a mayores, decidió intervenir. Sabía que arriesgaba su puesto, pero ver cómo esa mujer pisoteaba la autoridad de Víctor despertaba en ella un instinto de protección y un deseo profundo de ver a su jefe recuperar el mando.
—Disculpe la interrupción, señor Moreira —dijo Cecilia, dando un paso al frente con una seguridad absoluta—. Los inversionistas acaban de ingresar al estacionamiento del edificio. El director del grupo solicita su presencia en el salón de juntas ahora mismo para revisar los detalles previos.
Era una mentira piadosa; aún faltaban veinte minutos, pero funcionó. Víctor miró a Cecilia y captó la jugada de inmediato. Sus ojos oscuros brillaron con un destello de profundo agradecimiento.
—Gracias, Cecilia. Ve y diles que bajo en un momento —respondió Víctor. Luego, se giró hacia Ángela con una frialdad matemática—. Ya escuchaste. Mi tiempo aquí es dinero, el dinero con el que se pagan los caprichos de tu tarjeta. Retírate. Hablaremos de Angélica hoy por la noche, en un lugar adecuado. No aquí.
Ángela bufó, visiblemente furiosa por haber perdido el control de la situación. Se colocó los lentes oscuros con brusquedad, caminó hacia la salida y, al pasar al lado de Cecilia, la chocó ligeramente con el hombro.
—Disfruta el puesto mientras te dure, preciosa —le susurró con veneno antes de desaparecer por el ascensor.
El silencio volvió a adueñarse del piso, pero esta vez era un silencio espeso, cargado de electricidad. Cecilia se quedó quieta cerca del escritorio de Víctor, esperando el regaño por haber mentido. Víctor caminó hacia ella despacio, acortando la distancia hasta quedar a menos de un metro. Su respiración aún era acelerada por el coraje.
—No han llegado los inversionistas, ¿verdad? —preguntó él, clavando sus ojos en los de ella. Su tono ya no era el de un jefe enojado; era el de un hombre impresionado.
—No, señor. Faltan veinte minutos —confesó Cecilia en un susurro, bajando la mirada de forma sumisa, jugando con el borde de su carpeta—. Sentí que... necesitaba una salida de esa situación. Lamento haberme entrometido en sus asuntos personales.
Víctor dejó escapar una risa corta, una mezcla de alivio y cansancio. Se acercó un paso más, tanto que Cecilia pudo oler la mezcla de su loción amaderada y el café. Levantó una mano y, por primera vez, rompió la regla del contacto físico: rozó suavemente el brazo de Cecilia con sus dedos, un contacto eléctrico que la hizo estremecer.
—No lo lamentes. Estuviste perfecta, Cecilia. Supiste exactamente cómo manejarlo —dijo Víctor, con una voz ronca que le erizó la piel—. Me gusta la gente que sabe tomar el control cuando las cosas se complican.
Cecilia levantó la vista, sosteniéndole la mirada con un atrevimiento salvaje que contradecía su postura tímida.
—A mí también me gusta ver cuando usted toma el control, señor —respondió ella con doble sentido, mordiéndose el labio inferior.
Víctor tragó saliva, sintiendo que el autocontrol se le escapaba de las manos por completo. La tensión sexual en ese pasillo era tan alta que el aire quemaba. Justo cuando él iba a decir algo más, el sonido del ascensor anunciando la llegada real de los inversionistas los obligó a separarse de golpe. El juego de miradas discretas había subido de nivel, y ambos sabían que la línea profesional estaba a punto de borrarse para siempre.