Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo III: Caminos cruzados
Punto de Vista Dimitri Volkov
Durante años planeé este momento con una paciencia casi sobrehumana. Finalmente, la familia Castillo ha cedido; pronto, nuestros apellidos se unirán y podré seguir protegiendo aquel secreto tan oscuro que ha permanecido oculto en las sombras. Lo que sucedió hace tantos años debe quedarse en el pasado, y este matrimonio es el candado definitivo.
Sé que Alexander es un hombre hecho y derecho, y que en teoría no debería interferir en sus decisiones personales. Sin embargo, para mí, lo más importante siempre ha sido y será mantener el apellido Volkov en la cima de las esferas de poder. Cuando esos dos muchachos se unan, la herencia de la joven Castillo nos impulsará a niveles que nadie puede imaginar.
Estoy seguro de que mi nieto terminará aceptando mis términos. Él vive por y para esas empresas; su ambición es su mayor debilidad y mi mejor herramienta. Además, solo será un año. No necesito más que eso para que el testamento de Iraida de Castillo se haga efectivo y las piezas del tablero encajen de una vez por todas. Ahora solo queda esperar a que venza el plazo para que Alexander se comprometa con esa joven y así cerrar este capítulo definitivamente.
Punto de Vista: Isabella
Habían pasado cinco días desde que mi padre me impuso ese matrimonio que yo no quería. Fui a su oficina con una última pizca de esperanza, rezando para que hubiera cambiado de opinión.
—¿Qué haces aquí? —preguntó apenas me vio entrar, sin siquiera levantar la vista de sus papeles.
—A mí también me da gusto verte, papá —solté con sarcasmo.
—No estoy para perder el tiempo. Si vienes con la intención de que cancele el compromiso, déjame decirte que eso no pasará. Ahora puedes volver por donde viniste.
Sus palabras hicieron que perdiera la poca paciencia que me quedaba.
—¡En tus sueños voy a aceptar ese estúpido compromiso con el patán de Alexander! —grité, sintiendo que la sangre me hervía—. ¡Prefiero morir antes que unirme a ese demonio disfrazado de persona!
—No, querida hija. Tú no morirás —respondió él, levantándose lentamente con una calma que me dio escalofríos—. Tendrás que vivir con un remordimiento mucho peor: saber que, por tu culpa, el pelele de Felipe ya no pertenece a este mundo.
—¿De qué hablas? —pregunté, sintiendo que el aire se escapaba de mis pulmones.
—Sabes bien de lo que hablo. Yo no juego, Isabella. Te lo advertí: si no quieres que mañana tu noviecito aparezca en una zanja, mejor no me provoques.
Salí de la oficina con una mezcla de terror y odio. Mi padre estaba mostrando una faceta despiadada que jamás creí ver en él. Conduje por la ciudad a toda velocidad, ignorando semáforos y sin prestar atención a las personas que transitaban despreocupadas por las aceras. Por un momento sentí envidia de ellos, de su libertad, de ir por la vida sin cargar sobre sus hombros este peso que me estaba asfixiando.
Fue entonces cuando el destino decidió meterse en mi camino.
Iba absorta en mi propio infierno cuando una figura cruzó la calle sin mirar. Pisé el freno a fondo, los neumáticos chillaron sobre el asfalto y el auto se detuvo a centímetros de una chica.
Bajé del coche dispuesta a descargar toda mi furia contra ella, pero cuando nuestras miradas se cruzaron, las palabras se murieron en mi garganta.
Frente a mí estaba una mujer que tenía mi mismo rostro, mis mismos ojos... pero cargaba en su mirada una tristeza que superaba la mía. El mundo se detuvo. En medio de mi desesperación, acababa de encontrar mi libertad.
—¿Quién eres tú? — pregunté aún en shock.
Ella estaba tan sorprendida como yo, sin embargo, no pude evitar verla de arriba a bajo. Aunque físicamente éramos iguales ella usaba arapos mientras que yo era una reina.
El claxon de los demás autos nos sacaron de nuestro letargo haciéndolo que volviéramos a la realidad.
—Me tengo que ir — susurró con timidez.
—Olvídalo, tú no vas a ningún lado sin mi — dije manteniendo la arrogancia que mi apellido me otorgaba —¿Acaso no te da intriga saber porque nos parecemos tanto? — finalmente dejé la arrogancia de lado —Somos como dos gotas de agua.
Ella me miró asustada, sin embargo, yo no pensaba desperdiciar la oportunidad que la vida me estaba dando.
—Soy Isabelella Castillo —. Dije tratando de ganarme su confianza.
—Elena —, respondió apenas en un hilo de voz.
—Déjame llevarte. Además estamos interfiriendo con el tráfico y la gente te empieza a molestar atarse.
—No es necesario, gracias ya tengo que irme.
Está tonta me estaba haciendo perder la paciencia, ella no sabía que yo había decidido si futuro y solo era cuestión de tiempo para que ocupara mi lugar.
ojalá no bajen la Guardia