Un divorcio es solo el principio
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Meticuloso
A las ocho en punto, el ascensor de madera oscura me dejó en el piso de la firma Quintana & Asociados. No llevaba el encaje de anoche, pero el traje sastre blanco perla que elegí abrazaba mis curvas con una autoridad que decía: «He vuelto a tomar el mando». Mis tacones negros marcaban un ritmo militar sobre el mármol.
Dante estaba de pie junto al ventanal, con una taza de café negro en la mano. Se dio la vuelta y sus ojos recorrieron mi figura con una lentitud que rozaba lo profesional y lo peligroso. No hubo cumplidos baratos; hombres como él no halagan, evalúan.
—Elena. Puntual, como siempre —dijo, dejando la taza sobre su escritorio de caoba. El aroma de su perfume, algo entre cuero viejo y tabaco dulce, llenó el espacio—. Siéntate. Cuéntame los detalles técnicos. Deja el drama para los guionistas de televisión; aquí solo me interesan los activos.
Me senté cruzando las piernas con una parsimonia letal. Le sostuve la mirada sin parpadear.
—El drama se quedó en la oficina de mi marido, Dante. Lo que tengo aquí es un inventario —saqué una carpeta de piel de mi bolso y la deslicé sobre el escritorio—. Propiedades, cuentas en el extranjero, la participación de la "socia" en la firma y el contrato de fideicomiso que él olvidó que yo firmé como beneficiaria irrevocable hace cinco años.
Dante arqueó una ceja, impresionado. Se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre nosotros. Podía ver el brillo de caza en su mirada.
—Eres meticulosa. Me gusta. Pero sabes que en este país, un adulterio no es suficiente para quemar el imperio. Necesitamos algo más que una secretaria bajo el escritorio.
—No fue una secretaria, fue su socia —lo corregí con una sonrisa gélida—. Y lo que él no sabe es que ella ha estado desviando fondos de la cuenta operativa para pagar sus deudas de juego. Él la encubre porque está... bueno, ocupado con otras tareas manuales. Si hundimos a la socia por fraude, él cae por complicidad.
Dante soltó una carcajada seca, cargada de una admiración oscura. Se recostó en su silla, sin dejar de observarme como si fuera una pieza de arte invaluable y altamente explosiva.
—Elena, eres una mujer aterradora —murmuró con voz ronca—. Y lo digo como el mayor de los cumplidos. Me pregunto cómo ese idiota pudo preferir comida rápida teniendo un banquete de cinco estrellas en casa.
—El paladar no se compra, Dante. Algunos hombres nacen para comer sobras —respondí, levantándome con elegancia—. Ahora, dime: ¿cuándo empezamos a desmantelar su vida?
Él se levantó también, rodeando el escritorio hasta quedar a escasos centímetros de mí. Era más alto de lo que recordaba, y su presencia física era un desafío constante.
—Empezamos ahora mismo. Pero antes... —se acercó a mi oído, y su aliento rozó mi piel—, prométeme que cuando termines con él, no vas a volver a encerrar a esa mujer peligrosa en un matrimonio aburrido. Sería un desperdicio para la humanidad.
Me alejé un paso, dándole una mirada que prometía todo y nada a la vez.
—Primero el divorcio, Dante. Las promesas las dejo para los aficionados