En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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Fragancia del guinda
El despertar no fue heroico. Fue un lento ascenso desde un abismo de negrura hacia un dolor punzante que le martilleaba las sienes. Fah intentó moverse, pero su cuerpo pesaba como si estuviera hecho de plomo. Las sábanas bajo sus dedos eran de una seda tan fría y costosa que su mente, acostumbrada a la aspereza de su vida diaria, no lograba reconocerlas.
Al girar la cabeza con esfuerzo, notó un hundimiento en el colchón, justo a su lado. El corazón le dio un vuelco. Había una silueta allí; alguien había estado descansando a centímetros de ella. El calor residual de ese cuerpo aún flotaba en el aire, mezclado con un aroma magnético: una combinación de sándalo, pólvora lejana y algo dulce, como vainilla oscura.
Antes de que pudiera entrar en pánico, el sonido de una puerta deslizándose la hizo estremecer.
Una figura recortada por la luz tenue del pasillo entró en la habitación. Fah parpadeó repetidamente, pero su visión seguía siendo un mapa borroso de sombras. Solo distinguía el brillo de una pijama de seda color guinda que fluía con cada paso de la mujer.
—Aún estás aturdida —dijo una voz. Era la misma voz ronca y autoritaria del puente, pero ahora suavizada por un matiz de calma peligrosa.
La mujer se sentó en el borde de la cama. El peso de su presencia llenó la habitación. Sin decir más, extendió una mano enguantada —extrañamente, seguía usando guantes incluso en pijama— y le ofreció una pequeña pastilla blanca y un vaso de agua cristalina.
Fah, con la mente revuelta y el instinto de supervivencia anulado por el dolor, obedeció. El agua fresca le alivió la garganta seca.
Cuando terminó de beber, la mujer dejó el vaso en la mesilla de noche y se inclinó sobre ella. Fah contuvo el aliento, esperando un golpe o un interrogatorio, pero lo que recibió fue un gesto que nunca había experimentado: la mujer acarició su rostro con el dorso de los dedos. El contacto fue firme, casi posesivo.
—Duerme, Fah —susurró la mujer, pronunciando su nombre como si ya fuera dueña de él—. Aquí nadie va a obligarte a comprar nada, ni a humillarte por lo que pareces. Aquí, solo existes porque yo lo permití.
Fah se sintió hundirse de nuevo en las almohadas. Mientras sus ojos se cerraban por efecto del medicamento, se preguntó cómo esa mujer sabía tanto de sus miserias en el instituto. Lo último que sintió antes de sucumbir al sueño fue la mirada intensa de Dará vigilándola desde la oscuridad.