Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 2: El Veneno en la Herida
El refugio de las muchachas olía a tinto recién colado y a la estática que soltaban los servidores de Maira. Eran las cuatro de la mañana. Elena ya se había quitado ese vestido de seda vuelto un desastre y se había puesto un buzo ancho, de esos que esconden las marcas que los dedos de Samael le habían dejado en las muñecas, como si el tipo le hubiera firmado la piel.
—Lo tengo, pero la verdad es que la cosa no te va a gustar ni poquito —dijo Maira, rompiendo el silencio. Tenía la cara pálida, alumbrada por el brillo azul de los monitores.
Elena se acercó, sintiendo un nudo en el estómago que no la dejaba ni respirar. Valeria estaba ahí pegada, con los brazos cruzados, siendo esa presencia firme y protectora que evitaba que Elena se fuera al piso.
—Dime de una vez, Maira. No hemos hecho todo este movimiento para rendirnos ahora —le soltó Elena.
—Ese archivo que te llevaste tiene un bloqueo increíble que solo se abre con datos biométricos —explicó Maira—. Pero alcancé a ver el encabezado de los papeles de 2014. Eso no fue ningún accidente de fábrica, Leni. Tu padre le estaba mandando correos a la fiscalía denunciando "lavado de activos" de los Blackwood. Y hay un nombre que sale en todas las órdenes de silencio: Samael.
Ese nombre le dio a Elena como un golpe en la cara. El mismo tipo que la tuvo contra la pared, ese hombre que todavía le sabía en la boca a puro amor salvaje y tóxico, era el mismo que pudo haber firmado la sentencia de muerte de su padre. El odio le subió por la garganta, amargo y espeso.
—Ese maldito… —gruñó Valeria, pegándole un puñetazo a la mesa—. Yo sabía que ese tipo nos estaba dejando entrar porque quería. Ese USB no fue un descuido, fue pura carnada.
De un momento a otro, el timbre del apartamento sonó. Las tres se quedaron congeladas. Nadie sabía dónde vivían. Valeria sacó el arma de una vez, moviéndose como una gata y poniéndose frente a la puerta. Elena se le adelantó.
—No, Val. Si es quien yo creo, ese hombre no se espanta con una bala.
Elena abrió la puerta. No había nadie. En el piso, una caja de madera de ébano con el escudo de los Blackwood. Al abrirla, la ternura del hogar se vio manchada por la presencia de él. Adentro, una orquídea morada casi negra y una nota:
"La curiosidad es un pecado que me gusta castigar, Elena. Ese archivo es solo el principio de tu caída. Te espero a medianoche en los muelles. Ven sola, o tus amigas sabrán lo que significa el apellido Blackwood. PD: El morado te queda mejor que el rojo de tu vestido roto."
Elena llegó a los muelles sola, con el frío recorriendole los huesos, hasta que vio el Rolls-Royce negro. Silas la miraba con un desprecio que no trataba de esconder.
—El jefe la espera adentro —dijo Silas, estorbándole el paso un segundo de más.
Elena se subió atrás. El carro olía a cuero fino y a la presencia pesada de Samael. Él no la miró; estaba concentrado viendo una tablet donde se veía, en vivo, la ubicación del apartamento de Elena.
—Te estás pasando de la raya, Samael —le dijo ella—. Deja a mis amigas quietas.
Samael apagó la pantalla y se volteó. Sin decir nada, se le fue encima y la atrapó contra el asiento. Sus manos sujetaron las de ella sobre su cabeza, una dominación física que buscaba que ella se rindiera.
—Tú cruzaste la raya cuando entraste en mi casa —susurró él, pegando su frente a la de ella—. ¿Crees que ese amor que les tienes a esas mujeres te hace fuerte? Te hace fácil de manejar.
—Eso es algo que tú nunca vas a entender —le escupió Elena—. Tú solo sabes mandar, no querer.
Samael soltó una risa oscura y le bajó la mano al cuello, apretando lo justo para recordarle quién tenía el control. El beso que siguió fue puro fuego y rabia. Elena, en un arranque salvaje, le mordió el labio hasta que la sangre los manchó a ambos. Samael no se quitó; al contrario, gruñó con un placer prohibido y la apretó más contra el cuero del asiento.
En medio de esa lucha, Samael deslizó una mano por debajo del buzo de Elena, recorriendo su espalda con una lentitud tortuosa que la hacía arder de deseo a pesar del odio. Sus dedos se hundieron en su piel, reclamando territorio. Elena arqueó la espalda, odiando la forma en que su cuerpo respondía a ese hombre. La intimidad en ese carro era asfixiante; no era amor, Era una necesidad salvaje de marcar su territorio.
Él le deslizó una llave vieja en la palma mientras la tenía inmovilizada.
—Esa llave abre la oficina privada de mi padre en la mansión —dijo él, separándose apenas—. Si de verdad quieres la verdad, búscala allá. Pero si entras, Elena, el pacto queda sellado. Vas a ser mía, por contrato y por sangre.
Elena se bajó del carro temblando. Mientras caminaba hacia donde sabía que Val y Maira la estaban cuidando escondidas, apretó la llave en el puño.
Cuando se subió a la camioneta, Valeria la abrazó bien fuerte y Maira le agarró la mano helada. La ternura de sus amigas era lo único que le quitaba esa sensación de estar sucia.
—Mi padre me salvó —sollozó Elena, mientras Maira le acariciaba el cabello—. Y Samael... Samael lo sabe todo.
—Lo que sea que ese contrato diga, lo enfrentaremos juntas, Leni—dijo Maira con firmeza—. No importa cuántas sombras tengan los Blackwood, nosotras somos la luz que las va a quemar.
Elena cerró los ojos. El misterio se había profundizado: ¿por qué Samael la ayudaba a investigar a su propia familia? ¿Era un juego o había algo más?