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"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Brujas / Maldición / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Claudette

En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.

Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.

Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.

Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.

NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3: EL HOMBRE QUE ESPERÓ DOS SIGLOS

El viernes amaneció gris. Alessandra lo sintió antes de abrir los ojos por la calidad de la luz que se filtraba entre las cortinas: opaca, difusa, sin bordes. Se levantó como siempre. Café. Ducha. Ropa. Pero esa mañana, las sombras estaban ahí otra vez. Moviéndose en los bordes de su visión, retirándose cuando giraba la cabeza.

En la oficina, el tiempo pasó lento. Alessandra revisó informes, respondió correos, tuvo reuniones. Todo en orden. Pero cuando el reloj marcó las cuatro, algo se movió en su pecho. Ese eco otra vez.

Clarissa le había enviado un mensaje: “Ya vamos para allá. Sebastián va a mandar a alguien a recibirte.”

Alessandra guardó el teléfono sin responder.

El viaje fue más largo de lo que esperaba. La carretera se volvió sinuosa, las luces de la ciudad quedaron atrás, el paisaje se transformó en colinas cubiertas de árboles que se oscurecían con la caída del sol. La señal del teléfono se debilitó hasta desaparecer. Alessandra condujo en silencio, con las manos firmes en el volante, pero algo en la oscuridad que se acumulaba entre los árboles la ponía en alerta.

Las sombras estaban ahí otra vez. Moviéndose entre los troncos, danzando en la penumbra.

Apretó el volante y aceleró.

La entrada a la finca era un portón de hierro forjado que parecía sacado de otra época. Abierto. Y a un lado, apoyado en una camioneta negra, un hombre. Alto, robusto, barba de dos días. Ojos de un azul tan pálido que parecían brillar en la oscuridad.

—¿Señorita Montenegro? —preguntó cuando ella bajó la ventanilla.

—Sí.

—Nicolás Fuentes. Sebastián me pidió que la reciba. Sígame.

Alessandra lo siguió por un camino de tierra que se adentraba en el bosque. Diez minutos después, los árboles se abrieron y ella vio la finca.

La casa principal era una construcción de piedra y madera que parecía crecer del paisaje. Había un lago cerca, oscuro y quieto como un espejo, y más allá, la silueta de las montañas contra el cielo estrellado.

Alessandra detuvo el auto y se quedó mirando. No era el lugar. Era algo en el aire. Algo que la esperaba.

Se bajó. Antes de que pudiera avanzar, la puerta principal se abrió y Clarissa salió corriendo.

—¡Al!

El abrazo de su hermana fue un torrente de energía. Alessandra devolvió el gesto con torpeza.

—Llegaste —dijo Clarissa contra su hombro—. No sabes cuánto quería que vinieras.

—Dije que vendría.

Clarissa la tomó de la mano y la guió hacia adentro. En la cocina, Fiorella discutía con un hombre alto de cabello castaño claro y ojos verdes.

—Al —dijo Fiorella al verla—. Por fin.

Sebastián se acercó con la mano extendida. Era el prometido de Clarissa.

—Usted debe ser Alessandra. He oído mucho de usted.

—Todo malo, espero.

—Todo bueno.

Estrechó su mano. Algo en él, en su presencia, le recordó a Nicolás. Una energía contenida. Una intensidad que no era completamente humana.

Después de la cena, Clarissa insistió en enseñarle las habitaciones. En el camino, Clarissa se adelantó para abrir una puerta, y Alessandra se quedó sola en un pasillo largo, iluminado apenas por lámparas de pared que arrojaban sombras danzantes.

Y fue entonces cuando lo sintió.

Una presencia. Alguien que la observaba.

Se giró lentamente.

Al final del pasillo, en la penumbra, había un hombre.

No lo había escuchado llegar. Estaba ahí, de repente, como si siempre hubiera estado ahí. Alto, cabello castaño oscuro con reflejos cobrizos cayendo sobre la frente. Vestía una camisa negra, mangas arremangadas, brazos cruzados sobre el pecho.

Pero lo que Alessandra no podía apartar de la mirada eran sus ojos.

Dorados. Como ámbar líquido. Como el sol visto a través de una copa de vino añejo. Y en esos ojos había algo que llevaba esperando mucho tiempo.

El tiempo se detuvo. Solo existía ese pasillo, esas sombras, esos ojos dorados que la miraban como si ella fuera la única luz en la oscuridad.

—Ah, ya te encontré.

La voz de Clarissa rompió el hechizo. Alessandra parpadeó. El hombre había desviado la mirada hacia su hermana.

—Aeron —dijo Clarissa—, te presento a mi hermana Alessandra. Al, él es Aeron, el primo de Sebastián.

Aeron no extendió la mano. Solo la miró otra vez.

—La hermana mayor —dijo, y su voz era grave, con un tono que sonaba a siglos—. Clarissa habla mucho de ti.

Alessandra levantó la barbilla.

—Ella también habla mucho de Sebastián. No tanto de sus primos.

Algo pasó por el rostro de Aeron. No era una sonrisa, era demasiado sutil. Un brillo en sus ojos que podría haber sido diversión.

—No soy de los que se ganan una mención fácil.

—Ya lo noto.

Clarissa los miró de uno a otro con una expresión que Alessandra no supo interpretar.

—Bueno, la cena está lista. ¿Bajamos?

—Sí —dijo Alessandra.

—Claro —dijo Aeron al mismo tiempo.

Sus miradas se encontraron otra vez. Por un instante, Alessandra sintió que el mundo se inclinaba, que algo que había estado dormido dentro de ella por veintiséis años estaba abriendo los ojos.

Apartó la mirada primero.

En la cena, se sentaron en una mesa larga de madera. Sebastián en un extremo, Clarissa a su derecha. Fiorella junto a Clarissa. Nicolás en el otro extremo. Alessandra eligió un lugar en el medio.

Aeron se sentó frente a ella.

No fue casualidad. Él la miró mientras tomaba asiento, desafiándola. Ella no dijo nada. Pero durante toda la comida, sintió sus ojos sobre ella. No todo el tiempo. Pero cada vez que levantaba la vista, él ya la estaba mirando. Como si nunca hubiera dejado de hacerlo.

En algún momento, Alessandra dejó de preguntarse por qué.

En algún momento, empezó a buscar sus ojos también.

Después de la cena, Clarissa la llevó a su habitación. Tenía una ventana enorme que daba al lago. La luna se reflejaba en el agua, quieta y brillante.

—¿Qué te pareció Aeron? —preguntó Clarissa.

—No hablé lo suficiente con él como para tener una opinión.

—Pero lo miraste.

—Él me miraba a mí.

—Sí. —Clarissa sonrió—. No suele mirar a nadie así.

—¿Así cómo?

—Como si hubieras sido la única luz en la habitación.

Alessandra quiso negarlo. No pudo.

—No creo en el amor —dijo, con la voz más firme de lo que sentía.

Clarissa tomó sus manos.

—Lo sé —dijo—. Por eso mismo sé que lo que sentiste fue real. Porque tú no sientes nada que no sea real.

Salió de la habitación y cerró la puerta.

Alessandra se quedó en medio de la habitación, con las manos aún en el aire, con el pecho apretado por algo que no sabía nombrar. Se acercó a la ventana. En el reflejo del agua, por un instante, creyó ver una figura en la orilla. Un hombre de ojos dorados, mirando hacia su ventana.

Parpadeó. La figura había desaparecido.

Se sentó en el borde de la cama y miró sus propias manos. Las manos que no habían temblado en años. Estaban temblando.

Por primera vez en veintiséis años, Alessandra Montenegro Valerius no supo si ese temblor era miedo o esperanza.

En la biblioteca, Aeron estaba de pie frente a la ventana, mirando hacia el segundo piso.

Nicolás entró sin llamar.

—¿La viste?

—Sí.

—¿Es ella?

Aeron tardó en responder. Sus puños estaban cerrados a los costados.

—Es ella.

—Huele a magia —dijo Nicolás—. Magia vieja. Y no siente nada. Su corazón está sellado.

Aeron cerró los ojos. Su lobo rugió en su pecho, después de dos siglos de silencio.

—Doscientos años esperando —dijo, con la voz ronca—. Y cuando la encuentro, no puede sentirme.

Nicolás lo miró.

—Entonces tendrás que hacer que aprenda.

Aeron abrió los ojos. En la penumbra, sus pupilas doradas brillaban con una intensidad que no era completamente humana.

—¿Cómo se enseña a sentir a alguien que ha olvidado lo que es estar vivo?

Nicolás no respondió. Aeron volvió a mirar hacia la ventana del segundo piso, donde la luz acababa de apagarse.

Doscientos años. Por fin tenía algo que perder.

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