Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.
NovelToon tiene autorización de Yurle para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3 - Plan arriesgado en búsqueda de la verdad
Isabella está demasiado pendiente de todo.
Más de lo normal.
Siente miradas. Presencias. Algo raro.
Está casi segura de que su padre le puso un escolta en secreto, pero no quiere armar un escándalo sin pruebas. No sería la primera vez que exagera… o eso dirían ellos.
Esa noche llega de la oficina, cena en silencio y sube a su recámara. Pinta. Siempre pinta cuando necesita pensar. Se le da bien, demasiado bien, y es una de las pocas cosas que logra calmarla.
Mientras mezcla colores, vuelve el pensamiento.
El escolta.
Deja el pincel, se limpia las manos y sale al pasillo. Toca la puerta del cuarto de sus padres.
—Mami —dice asomando la cabeza—. ¿Puedes salir un momento? Necesito hablar contigo… en privado.
Sara sale de inmediato.
—¿Qué pasa, mi princesa? ¿Estás bien? —le pregunta mientras le acaricia el rostro.
Isabella suspira.
—Mami, tú sabes que te quiero mucho… y perdón por ser tan rebelde. De verdad estoy intentando cambiar.
Sara la mira, con esa expresión que solo una madre conoce demasiado bien.
—¿Y eso a qué viene?
—Es que… ¿tú sabes si mi papá me puso escoltas? —pregunta en voz baja—. Porque no creo que me haya dejado salir así tan de repente después de que yo no acepté.
Sara sonríe, divertida.
—Isabella, eres muy astuta —dice—. Vienes como cordero degollado a convencerme, ¿no?
—Mami…
—La verdad, mi amor, no sé —responde—. Entra y pregúntale a tu papá.
—No —niega Isabella rápido—. Así evito que, si no los puso, le meta la idea. Además, puede que solo sean ideas mías.
Se acerca y la abraza.
—Vale, mami. Descansa. Te quiero. Dale un beso a mi papi.
—Te quiero también —responde Sara, devolviéndole el abrazo.
Al día siguiente
Isabella despierta con una idea clara:
si hay vigilancia, la va a notar.
Arma un plan.
Llama a su mejor amiga, Lucía, y a su mejor amigo, Lucas. Nadie mejor que ellos para ayudarla a confirmar sus sospechas.
Mientras tanto…
Habitación de los señores Anderson
—Mi cielo —dice Tomás ajustándose la corbata.
—Dime, mi rey —responde Sara.
—Por cierto, qué bien te queda el blanco —dice acercándose—. Te ves bellísima.
—Ay, amor —ríe—. Gracias.
—Isa anoche me preguntó si le habías puesto escoltas —dice él—. Obvio lo negué.
—Hiciste bien —responde Tomás—. Isabella tiene que entender que su vida es valiosa. Ambos nos preocupamos por ella, por eso el escolta. Se oponga, llore o pelee… va a tener uno con ella siempre.
—Estoy de acuerdo, mi amor.
Bajan a desayunar y Tomás se va con Isabella a la oficina.
Isabella tiene veintitrés años y es la vicepresidenta de la empresa familiar, dedicada a fabricar y comercializar productos tecnológicos.
Joven, inteligente…
y convencida de que alguien la está siguiendo.
Y esta vez, no piensa hacerse la loca
…
Isabella está en la oficina, trabajando… o al menos intentándolo. Porque su cabeza está en cualquier lado menos en los informes. No deja de darle vueltas a lo mismo: cómo carajos descubrir si su papá le puso un escolta.
Pasa el día y, al terminar la tarde, se va sin decirle nada a su padre. No vuelve a casa. Se encuentra con sus amigos en un restaurante de siempre.
—Hola, chicos. ¿Cómo están? ¿Qué tal sus vidas en el tiempo que no estoy con ustedes?
—La mía tranquila y segura —responde Lucas, sin perder la oportunidad.
—Jajajajajaja —ríe Luisa.
—Hey, qué malo eres —dice Isabella, entrecerrando los ojos.
Ellos saben que su amiga es dinamita pura. Con Isabella, los planes nunca son simples ni tranquilos. Siempre hay algo intenso, algo medio arriesgado… y, aunque lo nieguen, eso es justo lo que les gusta.
—Bueno, les cuento —dice Isabella, bajando un poco la voz—. Mi papá al parecer me puso escolta. O sea, no estoy segura. Habló conmigo, yo me negué, pero ya saben… después de lo que pasó anda en modo sobreprotección total.
—Amiga, es entendible —interviene Luisa—. Sos su única hija.
—Sí, pero ya estoy grande. ¿Yo andando con un guarura 24/7? Uy no, qué naco.
—Pues sí que naco —remata Lucas, y los tres se ríen.
—Entonces necesito que ustedes sean, como siempre, mis partners in crime —dice Isabella, apoyando los codos en la mesa—. Vamos a hacer como si me fuera a pasar algo. Si existe el escolta, va a tener que intervenir. Y listo, quedo confirmada.
—Esperemos que no se nos salga de las manos —dice Luisa, aunque sonríe.
—Fingimos una discusión fuerte con Lucas, un agarrón…
Lucas abre los ojos como platos y Luisa lo mira incrédula.
—Sí, sí —continúa Isabella—, necesito que te pongas un poco agresivo.
—Isa, no me gusta nada este plan —dice Lucas—, pero suena… adrenalínico.
—La idea es esta: discutimos fuerte, Luisa se mete a separarnos y tú terminas dándome una cachetada. Ojalá suave, ¿sí? Y por favor no me confundas con uno de tus ligues —dice Isabella, y todos se ríen.
—Tengo otra idea, pero es más fuerte y ustedes no aceptarían —añade ella, pensativa.
—Ni la cuentes —responde Luisa de inmediato.
—Qué tremenda eres —dice Lucas, negando con la cabeza.
—Así me amas —responde Isabella—. Además, llegamos separados, eso lo hace más creíble.
Así quedan. Cada uno se va en su coche. Isabella va sola y entran en un callejón donde planean hacer la escena. Son alrededor de las seis de la tarde; el sol ya empieza a caer y todo se ve medio oscuro.
El callejón funciona en ambos sentidos. El auto de Luisa y Lucas viene de frente, Isabella avanza, y fingen un pequeño choque. Nada grave.
Lucas se baja alterado, golpea el auto de Isabella. Los dos están metidísimos en el papel. Luisa todavía no entra en escena.
—¡¿Qué te pasa, estúpida?! ¡Por poco chocas nuestro carro! —grita Lucas, exagerado, dramático, perfecto para el papel.
La discusión sube de tono y Luisa entra a tratar de calmarlos. Todo pasa rápido. En medio del forcejeo, la cachetada de Lucas llega… y no tiene nada de suave.
El silencio es inmediato.
Isabella queda en shock. Luisa abre los ojos como platos y, sin poder evitarlo, suelta una carcajada nerviosa.
—¡Lucas, te dije suave! —susurra, llevándose la mano a la boca.
Y justo ahí… aparecen unos tipos.