Tras descubrir la infidelidad de su pareja, Ariana decide cumplir su sueño de ser madre soltera mediante inseminación artificial. Su única regla: nada de donantes Alfas. Sin embargo, un error en la clínica la vincula de por vida con Alexander Blackwood, el Alfa más poderoso y temido del país.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
El silencio que siguió a las palabras de Alexander fue absoluto, roto únicamente por el sonido metálico del elevador al cerrarse. Mateo y Elena se quedaron petrificados, sus rostros perdiendo cada rastro de color hasta volverse de un gris ceniciento. El aire en el piso 60 se cargó de una presión estática tan fuerte que Elena soltó la carpeta que sostenía, esparciendo los informes por el suelo de mármol.
Alexander no se movió, pero su mano en la cintura de Ariana se apretó, no para lastimarla, sino para anclarla a él. Sus ojos dorados, fijos en Mateo, brillaban con una promesa de violencia que hacía que el aire vibrara.
—¿Incapaz de traer bebés al mundo? —repitió Alexander, su voz bajando a un susurro gutural que era mil veces más aterrador que un grito—. ¿Llamaste "fenómeno" a la mujer que lleva a mi heredero, a la Luna de la manada Blackwood?
Mateo intentó balbucear una disculpa, pero su mandíbula temblaba tanto que no pudo articular una sola palabra coherente. Elena, por su parte, se cubrió la boca con las manos, sus ojos llenos de lágrimas de puro terror al comprender la magnitud del error que acababa de cometer. Habían humillado a la mujer del Alfa más peligroso del país en su propia cara.
—Señor Blackwood... nosotros no sabíamos... —logró decir Mateo finalmente, con una voz quebrada—. Ariana... ella y yo estuvimos juntos y...
—Ella es la Sra. Blackwood —lo interrumpió Alexander, dando un paso adelante que hizo que Mateo tropezara hacia atrás—. Y tú no eres nadie. No eres más que un error en su pasado que estoy a punto de borrar de mi nómina y de esta ciudad.
Alexander se giró levemente hacia Marcus, el guardia que seguía de pie a un lado, cuya expresión era de una lealtad feroz.
—Marcus, asegúrate de que estos dos sean escoltados fuera del edificio inmediatamente —ordenó Alexander sin apartar la mirada de los traidores—. No quiero que recojan sus pertenencias. No quiero que reciban liquidación. Y encárgate de que ninguna empresa vinculada a la red Blackwood vuelva a contratar a este par de parásitos. Si los vuelvo a ver cerca de mi mujer, la próxima vez no será seguridad quien se encargue de ellos.
Elena comenzó a sollozar, rogando por clemencia, pero Marcus la tomó del brazo con una firmeza implacable. Mateo, humillado y despojado de todo el poder que creía tener, bajó la cabeza mientras era arrastrado hacia los elevadores de servicio bajo la mirada gélida de los demás empleados que se habían asomado a ver la escena.
Cuando el pasillo quedó despejado, Alexander se volvió hacia Ariana. Su mirada dorada se suavizó apenas un poco al ver el rastro de dolor que aún cruzaba el rostro de ella. La tomó por los hombros, obligándola a mirarlo.
—Escúchame bien, Ariana —dijo él, su voz ahora profunda y posesiva—. Lo que esos dos dijeron no tiene valor. Tú eres mi Luna. Tú llevas mi sangre. Nadie en este mundo volverá a humillarte mientras yo respire.
Ariana asintió, sintiendo que el nudo en su garganta finalmente se soltaba. Por primera vez en su vida, alguien no solo la defendía, sino que la reclamaba con una fuerza que la hacía sentir invencible.
—Ven conmigo —dijo Alexander, guiándola hacia su despacho privado—. Tenemos problemas mucho más serios que un par de fantasmas mediocres. Viktor Volkov está en camino, y necesitamos que tu actuación como loba sea perfecta antes de que el sol se ponga.
Al entrar en el despacho, Alexander cerró la puerta y se giró hacia ella con una expresión de urgencia.
—Volkov llamó. Viene a conocerte personalmente. No es una visita de cortesía, es una inspección. Si huele un rastro de duda o de humanidad en ti, todo se acaba.
Ariana miró a Alexander, dándose cuenta de que la protección que él le ofrecía tenía un precio: ser la reina en un tablero de ajedrez donde el más mínimo error significaba la muerte. Pero tras ver a sus antiguos verdugos caer, supo que estaba dispuesta a jugar.