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La Segunda Esposa de la Mafia

La Segunda Esposa de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Mafia / Sustituto/a / Amor eterno / Tú no me amas / Completas
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Keyla nunca imaginó que una noche de terror la encadenaría al hombre más peligroso de la ciudad. Dominic Alfred, heredero del imperio mafioso más poderoso, la obliga a casarse para proteger un secreto. Lo que empieza como una prisión de lujo se transforma en un campo de batalla donde el orgullo, la pasión y un embarazo inesperado reescriben las reglas del juego.

Pero cuando la exnovia de Dominic regresa dispuesta a destruirlos, y el hermano de este cae en las garras de una mujer con sed de venganza, dos parejas descubrirán que el amor más intenso nace donde menos lo esperas: entre balas, mentiras y besos robados.

NovelToon tiene autorización de Senja para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20 ¡Eso tuyo es demasiado grande!

—¿Trajiste las medicinas? —preguntó Dominic sin rodeos en cuanto Marco entró al penthouse. La ropa de su asistente estaba ligeramente húmeda por la lluvia que arreciaba afuera.

Marco le extendió una bolsa blanca de plástico con el logo de una farmacia conocida.

—Aquí tiene, señor. Compré analgésicos, y de paso añadí antifebriles y vitaminas. Por si la señorita Keyla tiene fiebre después de la mojada y el susto de hoy —respondió en voz alta.

Dominic le arrebató la bolsa con brusquedad.

—Solo necesita analgésicos porque a lo mejor se torció el tobillo. No antifebriles. No te hagas el enterado —replicó cortante.

Por cómo lo miraba, Dom no parecía nada contento con la repentina solicitud de Marco.

Marco contuvo una sonrisa; la comisura le temblaba ligeramente.

—Solo estoy siendo precavido, señor. No tiene por qué ponerse celoso. Es normal que un asistente se preocupe por la seguridad de la esposa de su jefe.

—¿Quién está celoso? —Dominic agarró su puro de la mesa y lo encendió con una emoción apenas contenida.

—¿Todavía pregunta? Evidentemente usted. No yo, ¿verdad? Al fin y al cabo, usted es el marido —lo desafió Marco, sin inmutarse ante la mirada asesina de su jefe.

Dominic exhaló el humo del puro, creando una fina nube que le desdibujaba el rostro. Miraba fijamente el gran ventanal que mostraba las luces de la ciudad bajo el aguacero.

—Tu boca se está volviendo cada vez más insolente, Marco.

—¿En qué está pensando?

—¡En nada!

—Lástima que su cara no sabe mentir —pinchó Marco de nuevo—. Vaya adentro de una vez. La señorita Keyla seguro necesita esa medicina... o quizás necesita el calor de su marido.

Dominic calló. Su mente era un caos. Las palabras de Damian sobre casarse sin amor y sobre ser un hombre avaro le seguían taladrando el ego.

—No es asunto tuyo. Ahora vete. Encárgate de Siska y vigila cada movimiento de Clara en París. Asegúrate de que no puedan respirar tranquilas.

—Sí, señor. Que lo pase bien —murmuró Marco cuando Dominic le dio la espalda.

En cuanto la puerta del apartamento se cerró con llave, Marco esbozó una sonrisita.

En realidad, la medicina que Marco le había dado no era un simple antipirético. Era una fórmula especial preparada por Elise, la madre de Dominic, que en secreto se la había entregado a Marco para que se la diera a Keyla.

La fórmula era un compuesto de hierbas que aumentaba la resistencia y, al mismo tiempo, avivaba el deseo, para que el plan del nieto se concretara cuanto antes.

"Perdóneme, señorita Keyla. Estoy dispuesto a recibir cualquier castigo cuando quede embarazada", murmuró Marco antes de marcharse.

* * *

Dominic dejó una taza de té caliente en la mesita de noche. Ayudó a Keyla, que seguía envuelta en la camisa gigante, a incorporarse y recostarse contra la cabecera.

—Bebe el té. Mientras esté caliente —ordenó Dom.

Cuando Keyla se movió para alcanzar la taza, la gruesa cobija que le cubría el cuerpo se deslizó hacia abajo. Los botones superiores de la camisa, abiertos, dejaron entrever las suaves curvas y la piel blanca y pálida que contrastaba tras la fina tela.

Dominic casi se atraganta con su propia saliva. Desvió la cara a la velocidad del rayo antes de que Keyla se percatara de lo rojo que estaba el rostro del león Frederick.

—Aprovecha y tómate esta medicina. Marco dice que es para el dolor y la fiebre —dijo, tendiéndole las pastillas de Marco.

Keyla, que aún se sentía débil, solo asintió obediente. Se tragó las pastillas y terminó el té.

—Gracias.

—¿Sigues con frío? —preguntó Dom, la voz algo ronca.

—Sí, hasta los huesos —susurró Keyla arropándose bien.

Dominic exhaló un largo suspiro. Se quitó la camiseta interior y los pantalones, quedándose solo en bóxer, y se metió bajo la enorme cobija.

Dominic atrajo el cuerpo menudo de Keyla a su abrazo, dejando que sus pieles se tocaran para compartir calor corporal.

—¿Por qué se quitó la ropa? Se va a resfriar, señor —preguntó Keyla con la cabeza apoyada en el pecho cálido y ancho de Dominic.

—Siempre duermo sin ropa. Ya cállate y duerme —respondió Dom con sequedad, aunque el corazón le golpeaba como un tambor de guerra.

Pasó una hora en un silencio cómodo.

De pronto, Keyla empezó a sentirse extraña. Su temperatura corporal, hasta hacía poco gélida, se disparó de golpe. Comenzó a moverse inquieta en el abrazo de Dominic.

Sus manos pequeñas empezaron a recorrer el pecho ancho de Dom, buscando una sensación fresca que calmara el calor que le trepaba desde el bajo vientre.

—¿Qué haces? ¡Quédate quieta! —exclamó Dominic conteniendo el aliento. Su respiración se agitó cuando los dedos de Keyla empezaron a descender, pasando por su abdomen marcado.

—Calor, señor, me quemo. Por favor, prenda el aire acondicionado —pidió Keyla. Sin darse cuenta, se sacó la camisa porque la sofocación era insoportable.

Dominic abrió los ojos como platos. Los ojos casi se le salían al ver que Keyla estaba ahora completamente desnuda frente a él por efecto de la medicina de Marco, que empezaba a actuar de forma brutal.

—¿Qué haces? ¡Por qué te la quitas! —gruñó Dom. Iba a levantarse a buscar el control del aire acondicionado, pero se quedó inmovilizado.

La mano de Keyla se aferró por reflejo a algo extremadamente sensible allá abajo, como si fuera la empuñadura de un bate de béisbol al que agarrarse para no caer.

Dominic se convirtió en piedra. La sangre le rugió de golpe hacia un solo punto.

—Quita la mano de ahí —siseó con la garganta ya reseca.

Keyla, bajo el efecto de la droga y un calor que la devoraba, justamente empezó a moverla arriba y abajo con un gesto letal.

El rostro de la joven parecía a medio despertar, los ojos entrecerrados y lánguidos mirando a Dominic.

—Señor... por favor... no aguanto el calor... —gimió mimosa, apretando aún más su cuerpo contra el de Dominic, que ya estaba tenso como el acero.

"¿Qué clase de medicina le diste a mi esposa, maldito Marco?", bramó Dominic por dentro.

Entre la furia hacia Marco y un deseo que ya estaba al borde del abismo, Dominic miró a Keyla con ojos de hambre.

—Tú solita sacaste al león de la jaula, pequeña. No me culpes si mañana no puedes caminar derecho —le susurró rozándole los labios, antes de rendirse por fin a la tentación que le incendiaba la razón.

—¡Ay, duele... despacio, señor! —gimió Keyla con los ojos empañados. Aunque no era la primera vez entre ellos, seguía sin lograr adaptarse a las dimensiones inhumanas de Dominic.

Dominic resopló con el sudor corriéndole por las sienes. Miraba a Keyla, acurrucada bajo él, con una mezcla de hambre y exasperación.

—Tu boca dice que duele, pero tu cuerpo me abraza con todas sus fuerzas. ¿Eres indecisa o me estás provocando a propósito?

—¡Pero de verdad duele! ¡Eso tuyo es demasiado grande! ¡Parece que le echaron fertilizante! —soltó Keyla espontáneamente por la presión que la comprimía.

Dominic rio por lo bajo, una risa ronca que le erizó la piel a Keyla. Le acarició la mejilla encendida.

—Guárdate los insultos. Cuanto más me maldices, menos ganas tengo de parar.

—¡Señor! ¡Hablo en serio... ah! —la frase de Keyla se cortó cuando Dominic se movió de nuevo.

—Disfrútalo. Marco dice que esa medicina es para tu salud, pero parece que esta noche te puso muy salvaje —susurró Dom mientras le besaba el cuello.

—¡Viejo pervertido! —farfulló Keyla. Pero sus manos se aferraban cada vez más a los anchos hombros de Dominic, resignada a un juego que probablemente no tendría fin.

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Rosa Escalona
felicitaciones, beeeella, excelente, gracias por compartir.
Marta Luisa Nebreda Escalante
me gustaría saber las edades de ella ( la pequeña ) y del Dom. Tal vez se me pasó por alto al principio, pero no creo, presto mu ha atención a lo q leo🤔
Karina Moreno
está buena la trama me gusta
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