En un mundo donde hombres lobo, vampiros y humanos conviven bajo una alianza sagrada, Lyra creció sin saber quién era realmente. Criada entre humanos, ella es mucho más especial de lo que imagina: es una híbrida, la mezcla perfecta entre la fuerza del lobo y la magia del vampiro, dotada de poderes únicos: puede leer la mente, ver el futuro y controlar las emociones, tal como lo anunció una antigua profecía.
Todo cambia el día que conoce al Alfa Cael, el líder más poderoso de todos los lobos. Desde el primer instante, el destino los une: ella es su pareja predestinada, su otra mitad, el amor que esperó toda su vida. Pero no todo es paz. Existen clanes oscuros de vampiros y lobos malvados que odian la alianza y quieren apoderarse del inmenso poder de Lyra para dominar todo el mundo.
Ahora, juntos deberán enfrentar traiciones, peligros y guerras, mientras viven un amor épico, intenso e irrompible que nada podrá romper. ¿Podrán proteger su amor y su destino, o la oscuridad logrará separa
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La fiesta de la luz
Mientras caminaban hacia el reino, cada paso que daban se sentía más liviano, más feliz, más lleno de luz. El sol brillaba en lo alto, el cielo era de un azul hermoso, sin ni una sola nube, y el aire traía olores dulces de flores, de trigo maduro, de tierra buena, como si toda la naturaleza estuviera de fiesta, celebrando con ellos que el mal se había ido y que la luz había ganado para siempre.
Vlad iba adelante, con la cabeza alta, con la espada envainada ya, porque ya no había enemigos que vencer, solo amigos y gente buena que los esperaba. A su lado iba Elara, que caminaba erguida, fuerte, con una sonrisa que no se le borraba de la cara, y detrás venían los diez guerreros, todos juntos, hombro con hombro, cansados pero felices, orgullosos de lo que habían hecho, orgullosos de haber cumplido su promesa hasta el final.
A medida que se iban acercando, empezaron a ver gente a los costados del camino. Al principio eran pocos, personas que salían de las casas, que dejaban sus trabajos, que se paraban a mirar, con los ojos brillantes, con la mano en el pecho, como si no pudieran creer lo que veían. Pero a medida que avanzaban, la gente se hacía más y más, venían corriendo de todos lados, de los campos, de los pueblos vecinos, hombres, mujeres, niños, ancianos, todos corriendo hacia ellos, gritando de alegría, llorando de emoción, levantando las manos como si quisieran tocarlos, como si quisieran asegurarse de que eran reales, de que estaban ahí, sanos y salvos.
—¡VIENEN! ¡AHÍ ESTÁN! —gritaban todos—. ¡LLEGARON NUESTROS HÉROES! ¡LA LUZ GANÓ! ¡EL PELIGRO SE FUE! ¡ESTAMOS SALVOS!
Y cuando estuvieron a solo unos metros de las puertas grandes del reino, se encontraron con que todo el pueblo estaba ahí esperándolos. Había miles y miles de personas, llenando todo el camino, todo el campo, todo lo que se veía. Habían puesto flores por todos lados, cintas de colores, banderas blancas y doradas que brillaban al sol, y en el aire flotaba una música dulce, hermosa, que salía de flautas y tambores, una música que hablaba de alegría, de paz, de amor.
Y ahí, justo en medio, parada en el lugar más alto, estaba **LA REINA LYRA**, esperándolos.
Vlad sintió que se le paraba el corazón de la emoción. Hacía tanto tiempo que no la veía, que no estaba con ella, y ahora ahí estaba, más hermosa que nunca, vestida de blanco y oro, con una corona brillante en la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad, con los brazos abiertos esperándolos.
Al verlos llegar, ella bajó corriendo los escalones, no le importaba ser reina, no le importaba nada más que recibirlos, y fue directo hacia ellos. Primero abrazó a Elara, muy fuerte, con mucho amor, como se abraza a una madre, a alguien querido y sagrado.
—¡GRACIAS, ELARA! —le dijo la Reina, con voz temblando—. ¡GRACIAS POR HABERLOS GUIADO, POR HABERLOS CUIDADO, POR HABER HECHO POSIBLE LO QUE CREÍAMOS IMPOSIBLE! ¡GRACIAS POR TRAER DE VUELTA LA LUZ A NUESTRA TIERRA!
Y luego se dio vuelta hacia Vlad y hacia todos los guerreros, y los miró uno por uno, con un amor inmenso, con un orgullo que se le veía en toda la cara.
—¡GRACIAS, MIS HIJOS, MIS VALIENTES, MIS AMIGOS! —dijo ella, con voz fuerte y clara, para que todos los escucharan—. ¡LOS MANDÉ A UNA MISIÓN DIFÍCIL, PELIGROSA, DE LA QUE MUCHOS DECÍAN QUE NO IBAN A VOLVER! ¡PERO USTEDES VOLVIERON! ¡VOLVIERON VICTORIOSOS! ¡VOLVIERON CON LA LUZ, CON LA VERDAD, CON LA PAZ! ¡USTEDES HICIERON MÁS DE LO QUE NADIE PODÍA ESPERAR! ¡USTEDES SALVARON NUESTRO REINO, SALVARON NUESTRAS VIDAS, SALVARON NUESTRA HISTORIA PARA SIEMPRE!
Todo el pueblo gritó entonces, con una fuerza que hacía temblar el aire:
—¡VIVAN LOS HÉROES! ¡VIVA LA LUZ! ¡VIVA LA REINA! ¡VIVA LA PAZ!
La Reina Lyra se acercó entonces a Vlad, le puso las manos en los hombros, lo miró a los ojos, y le dijo bajito, solo para él:
—Sabía que podías, Vlad. Desde el primer momento que te vi, supe que tenías el corazón más grande y más bueno de todos. Gracias por haber arriesgado tu vida, gracias por haber dado todo, gracias por traernos la alegría de nuevo.
Vlad bajó la cabeza, emocionado, y le respondió con voz suave:
—Lo hice por vos, mi Reina, por todos nosotros. Lo hice porque te prometí que lo haría, y porque sabía que valía la pena. Y no lo hice solo: lo hice con ellos, con Elara, con todos los que me acompañaron. Sin ellos, yo no hubiera podido hacer nada.
Entonces, la Reina dio la orden de entrar, y todos juntos empezaron a caminar hacia adentro del reino. Fue una entrada hermosa, inolvidable. La gente los rodeaba, les tiraba flores, les sonreía, les daba la mano, lloraba de alegría, gritaba sus nombres, como si fueran ángeles que habían bajado del cielo para salvarlos.
Caminaron hasta el palacio, que estaba todo decorado con luces, con flores, con telas hermosas de todos los colores, brillando más que nunca. Y ahí, en el salón más grande y más hermoso de todos, la Reina preparó una fiesta, una celebración que duró todo el día y toda la noche, una fiesta que nadie iba a olvidar jamás.
Había comida rica de todas partes, bebidas dulces, música hermosa que no paraba de sonar, bailes, canciones, risas, conversaciones, todo lleno de alegría, de agradecimiento, de amor. Todos hablaban de lo que había pasado, todos contaban historias, todos querían saber detalles del viaje, de la montaña, de las pruebas, de la batalla final contra Dargan. Y Vlad y sus amigos contaban todo con orgullo, pero siempre decían lo mismo: que lo habían logrado porque estaban unidos, porque se querían, porque tenían la verdad y la luz con ellos.
En un momento de la noche, cuando todo estaba más tranquilo, cuando la música se hizo más suave, la Reina Lyra pidió silencio, y se paró en el medio de todos, con una copa en la mano, brillante y hermosa.
—Hoy —empezó a decir ella, con voz dulce y solemne—, hoy es el día más feliz que hemos tenido en muchos, muchos años. Hoy celebramos que estamos vivos, que estamos juntos, que estamos salvos. Pero sobre todo, hoy celebramos que aprendimos algo muy importante, algo que nunca vamos a olvidar: **que el amor es más fuerte que el odio, que la verdad es más fuerte que la mentira, que la unión es más fuerte que cualquier enemigo, que cualquier poder, que cualquier oscuridad.**
Todos escuchaban en silencio, con el corazón lleno de sentimientos, mirándola con respeto y amor.
—Hoy tenemos con nosotros a Elara, la última guardiana, la que guardó la sabiduría de siglos, la que nos ayudó a recuperar lo que era nuestro. Y tenemos a estos hombres maravillosos, que demostraron que el valor no está en la espada, sino en el corazón. A ellos les debemos todo, a ellos les debemos nuestra vida, nuestro futuro, nuestra paz. Y quiero que sepan que nunca, nunca les vamos a pagar lo suficiente, pero que siempre, siempre van a tener un lugar especial en nuestra historia, en nuestras canciones, y sobre todo, en nuestro corazón.
Todos levantaron las copas, brindaron, gritaron de alegría, y los aplausos retumbaron en todo el palacio.
Después de la fiesta, cuando ya todo estaba más tranquilo, Vlad buscó a Elara, que estaba parada cerca de una ventana, mirando hacia afuera, hacia el cielo lleno de estrellas, con una sonrisa muy dulce y muy tranquila en la cara.
Se acercó despacio, le tocó el brazo con suavidad, y ella se dio vuelta para mirarlo.
—¿Estás contenta, Elara? —le preguntó él, con cariño.
Ella asintió, y le brillaron los ojos de lágrimas, pero lágrimas de paz.
—Más que nunca, hijo mío —le respondió ella—. Más que nunca. Yo pensé que me iba a ir de este mundo sin ver este día, sin ver volver la luz, sin ver la paz en nuestra tierra. Pero ustedes me lo regalaron. Me regalaron la alegría más grande que se puede tener. Y ahora… ahora ya puedo descansar, ahora ya puedo estar tranquila, porque sé que todo está bien, sé que todo va a estar bien para siempre.
Vlad la miró, y sintió que tenía que decirle todo lo que sentía, todo lo que le debía.
—Elara, vos fuiste más que una guía para nosotros. Fuiste una madre, una maestra, una amiga. Nos enseñaste todo, nos diste todo, nos cuidaste como si fuéramos hijos tuyos. Nunca te vamos a olvidar. Siempre vas a estar con nosotros, en cada paso que demos, en cada cosa que hagamos. Y te prometo que todo lo que nos enseñaste, todo lo que aprendimos, lo vamos a cuidar y lo vamos a transmitir a nuestros hijos, y a los hijos de nuestros hijos, para que nunca se pierda, para que siempre se sepa lo que pasó acá, lo que hicimos, lo que aprendimos.
La anciana le acarició la cara con su mano suave y arrugada, y le dijo muy bajito, con mucho amor:
—Eso es lo mejor que me podés prometer, hijo mío. Eso es lo único que importa. Mientras ustedes recuerden, mientras ustedes se quieran, mientras estén unidos… la luz nunca se va a apagar, la paz nunca se va a ir. Y ahora, andá, andá con los tuyos, andá a ser feliz, que te lo merecés más que nadie.
Pasaron los días, pasaron las semanas, y todo fue cambiando para bien en el reino. La luz de la Piedra del Infinito se sentía en todos lados, la gente estaba contenta, trabajaba feliz, vivía tranquila, sin miedo, sin peligros. Las historias de lo que habían hecho Vlad y sus compañeros se contaban en todos lados, se cantaban en las plazas, se enseñaban a los niños, para que nunca se olvidaran.
Vlad siguió siendo el jefe de los guerreros, pero ahora ya no tenía que prepararlos para la guerra, sino para cuidar la paz, para ayudar a la gente, para proteger todo lo bueno que tenían. Y todos vivieron felices, tranquilos, amándose, respetándose, unidos, tal como habían aprendido en su gran viaje, tal como les había enseñado Elara.
Y así, el reino vivió en luz y en paz por siempre, cumpliendo la promesa que habían hecho, demostrando al mundo entero que **el amor, la verdad y la unión son las fuerzas más grandes que existen, y que siempre, siempre terminan ganando.**