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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
Popularitas:860
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

DE VUELTA.

Después de las dos de la tarde, la secretaria de Arturo apareció en el umbral del despacho de Lauro con una sonrisa profesional.

—El licenciado Valencia lo espera en su oficina.

A Lauro se le tensó la espalda. Arturo Valencia no era un suegro hostil, ni mucho menos… pero cuando se trataba de trabajo, su carácter podía ser intimidante. Como familiar, era de los mejores; como jefe, inspiraba respeto… y un poco de miedo.

Atravesó el pasillo. Al entrar, Arturo lo señaló con un gesto para que se sentara.

—Ha habido cambios —comenzó, con ese tono que no permitía adivinar si traía buenas noticias o una sentencia—. Mi hija se fue más rápido de lo que canta un gallo… Pero ese no es el tema a tratar. Tu trabajo es cada vez mejor, Lauro. Los socios ya hablan de ti, y tus aportaciones este último año han sido inmejorables.

Lauro sintió que el aire se volvía denso. Ese tipo de introducción podía ser la antesala de un despido con honores.

Pensó que tal vez Arturo Valencia, no se paraba lo personal de lo laboral tan bien después de todo.

—Pero —continuó Arturo— necesito que empieces a capacitar a alguien para tu puesto. Dentro de poco, ya no estarás aquí.

Un vacío helado se apoderó de su estómago. ¿Acaso lo estaba echando? No había visto venir esto. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, escuchó la frase que le devolvió el aire como un golpe en el pecho:

—Te han escogido como el próximo socio del bufete.

Lauro parpadeó. Socio. La palabra resonó en su mente, pesada y luminosa al mismo tiempo.

Un recuerdo lo arrastró de inmediato a la primera vez que conoció a su suegro, cuando este le ofreció trabajar ahí.

—¿A qué te dedicas, muchacho? —había preguntado Arturo, con ese tono directo que no dejaba lugar a rodeos.

—Actualmente estudio contabilidad —había respondido Lauro—. Planeo continuar con finanzas para complementar mis conocimientos.

Cora, radiante de orgullo, intervino:

—Es el mejor de su generación hasta ahora.

Arturo arqueó una ceja, casi complacido.

—Bien… ¿y en qué te gustaría desempeñarte?

—He considerado varias opciones: analista fiscal, auditor o consultor financiero.

—Pues sigue así, muchacho. Me caíste bien. Si quieres, cuando gustes, te ofrezco trabajo en el bufete. No importa cuánto estudies, la práctica siempre será mejor. Mientras más pronto empieces desde abajo, más pronto llegas a la cima.

Lauro había vacilado, mirando a Cora.

—Me honra con su oferta, señor, pero no quisiera que pensaran que busco algún beneficio. Me gustaría crecer por mis propios méritos.

—Eso es bueno —había dicho Arturo, con media sonrisa—. Pero el mundo se mueve por contactos. No está mal usar un pequeño impulso aquí y otro allá. Claro que no creas que por yo ofrecerte el trabajo ya estarás arriba. No, vas a empezar desde abajo, y dependerá de tu desempeño cómo se mueva el barco para ti.

Esmeralda, con esa calidez suya, había añadido:

—Lauro, se nota que eres un joven trabajador y con metas claras. No dejes de cuidar ese respeto que demuestras, ni esa forma en que tratas a mi hija. Créeme, eso vale más que cualquier título.

Ese día había sido una prueba… y hoy, estaba cosechando el resultado.

Lauro no supo qué decir. Estaba mudo. Apenas unos días atrás —ayer mismo— había considerado seriamente divorciarse de Cora. Al final, decidieron darse seis meses más. Ahora, la noticia de convertirse en socio significaba estar más atado que nunca a esa relación… o, al menos, que sería mucho más difícil separarse si las cosas no salían bien.

Arturo notó su silencio, pero lo interpretó como nervios.

—No digas nada ahora, muchacho. Piénsalo y me das tu respuesta cuando estés listo. Ahora, si me disculpas, tengo asuntos pendientes.

Lauro asintió, todavía aturdido, y salió de la oficina sintiendo que el mundo había cambiado en cuestión de minutos.

Solo había una persona con la que quería compartir la noticia: Cora.

Se dirigió directamente a su oficina, pero solo encontró a Alina y Esteban.

—¿Y mi esposa? —preguntó, con un tono que no lograba disimular la urgencia.

—Se fue hace como un par de horas, señor —contestó Esteban.

—¿A dónde fue?

—No lo sabemos, señor —respondió Alina.

Lauro salió de ahí con paso rápido. No pensaba dejarlo pasar. Tenía que encontrarla.

...****************...

Cora no supo si había dejado a Alina demasiado pronto, pero es que ella ya no tenía tiempo qe perder.

El edificio seguía ahí, igual que hace más de diez años, resistiendose a envejecer junto con ella. La fachada tenía la pintura un poco más gastada, y el letrero que decía Escuela Integral de Artes Escénicas estaba ladeado, pero el olor… el olor seguía siendo el mismo.

Madera pulida, telas guardadas demasiado tiempo, maquillaje viejo y polvo de escenografía.

Cora se detuvo en la puerta, con las manos en los bolsillos, y dejó que la memoria hiciera su trabajo: el sonido de un piano desde algún salón del fondo, las risas entre tomas de ensayo, los pasos descalzos corriendo de un lado a otro porque la maestra gritaba que empezaban en tres, dos…

Respiró hondo, sintiendo que algo en su pecho —ese mismo que le habían dicho tenía los días contados— se expandía con fuerza. No estaba ahí para ser famosa. No buscaba contratos ni audiciones para televisión. Solo quería estar de nuevo en un escenario, bajo la luz, cantando, actuando y bailando hasta que el cuerpo no le respondiera más.

Un grupo de chicos pasó corriendo frente a ella, llevando trajes y pelucas. Uno de ellos la miró rápido y le sonrió, como si ya fuera parte de ese caos. Sintió un calor extraño en la garganta.

—¿Cora? —una voz grave la hizo girar. Un hombre de barba entrecana, con un cuaderno bajo el brazo, la miraba con mezcla de sorpresa y alegría—. No puede ser… ¡Cora Vivanco!

Ella tardó un segundo en reconocerlo, pero esos ojos y esa postura no habían cambiado.

—¿Profesor Matías? —sonrió, sintiendo una oleada de nostalgia.

—Pensé que no volvería a verte por aquí —rió, estrechándole la mano con fuerza—. Eras de las mejores en interpretación… y la más terca, sin duda.

Antes de que pudiera contestar, otra voz se unió a la conversación.

—¡No lo puedo creer! —Una mujer de cabello castaño, recogido en un chongo desordenado, apareció con una carpeta en la mano—. ¿Cora? ¡Soy Jimena!

Cora parpadeó, incrédula.

—¿Jimena?

—En persona —dijo ella, dándole un abrazo cálido—. Ahora soy maestra aquí. Mira nada más, quién diría…

Cora sonrió con un toque de ironía. Jimena había sido una de sus mejores amigas, pero después de la universidad la vida las llevó por caminos separados.

—¿Qué te trae por aquí? Ven, acompáñame, te voy a enseñar lo que ha cambiado. Y me cuentas.

Mientras caminaban hacia recepción, Cora le confesó a Jimena que quería volver a hacer lo que amaba. Había una obra en ensayo de unos jóvenes y, para ella, sería perfecto. Sonrió al recordar su primer papel: un árbol, sencillo, pero que le hizo amar cada escena.

En recepción, la mujer detrás del mostrador levantó la vista.

—¿Te puedo ayudar? —preguntó con voz amable.

Cora apretó el asa de su bolso.

—Quiero… —hizo una pausa— …quiero inscribirme otra vez.

Jimena soltó una risa suave.

—Sabía que terminarías diciendo eso.

—Claro —dijo la recepcionista—, todavía tenemos lugares para el taller integral: canto, danza y actuación. La próxima obra sera en tres meses.

Cora iba a preguntar más cuando su celular vibró. Contestó sin mirar la pantalla.

—¿Dónde estás? —era la voz de Lauro, seca, casi una orden.

—En la Integral de Artes Escénicas… vine a inscribirme. ¿Por?

—Voy para allá.

Hubo un silencio breve y luego la línea se cortó. Cora frunció el ceño, extrañada. Por un instante pensó en llamarlo de nuevo, pero lo descartó. No iba a dejar que nada interrumpiera ese momento.

Se giró hacia Jimena y el profesor Matías.

—¿Hay clases hoy?

—Claro —respondió Jimena con una sonrisa cómplice—. Si quieres, puedes quedarte. Están a media sesión de canto pero puedes integrarte no hay problema y después pasamos a montaje de escenas.

Cora sintió un cosquilleo en la piel.

—Entonces me quedo. No pienso perder más tiempo.

El profesor Matías asintió con una leve sonrisa.

—Así se habla. El escenario no espera, Cora… pero hoy, parece que te estaba guardando un lugar.

Cora lo siguió, y al fondo, el piano comenzó a tocar. Cerró los ojos un instante.

Mientras caminaban por los pasillos, Cora no podía evitar recordar. Se vio a sí misma detrás del escenario de una de las obras en las que había participado hace años. No era la protagonista, pero su papel le había dado suficiente relevancia para sentirse viva: ajustaba trajes a sus compañeros, susurraba líneas a quien olvidaba, y compartía risas cómplices en los camerinos con aquellos jóvenes actores que se convirtieron en su pequeña familia de escena. Recordó cómo, en el descanso, todos se amontonaban frente al espejo, afinando voces, ensayando pasos de baile y jugando con pelucas demasiado grandes para sus cabezas. Había un vínculo de confianza y diversión que solo el teatro podía crear, y Cora sintió un calor dulce recorriéndole el pecho al rememorar esas pequeñas travesuras y gestos cómplices.

—Mira —dijo Jimena—, por aquí habían cambiado los camerinos, pero el espíritu sigue igual. Todavía puedes oír los pasos de los que se preparan, y los nervios antes de salir…

Cora asintió, con una sonrisa nostálgica y feliz.

—Es increíble cómo todo esto me había estado esperando…

Después de la clase de canto, Cora siguió a Jimena hacia la sala de puesta en escena, ubicada en la parte trasera del teatro de la escuela. La luz natural entraba por ventanas altas, iluminando los tablones del piso y las marcas de tiza que indicaban posiciones y movimientos de escena.

—Aquí practicaremos la coreografía para la obra —dijo Jimena mientras ajustaba un atril para notas—. Es un musical, así que vamos a trabajar ritmo, coordinación y cómo ocupar el espacio mientras cantan y actúan. Esta es una clase avanzada; verán alumnos de todas las edades.

Cora respiró profundo. Ya no recordaba el pasado; no era necesario. Solo existía este momento, el calor del teatro y la sensación de estar viva en un espacio que siempre había amado.

El profesor Matías se puso al frente del grupo y levantó la voz:

—Vamos a ensayar la coreografía de la fiesta. Los protagonistas aún no se han decidido, así que todo recae en los demás. Quiero precisión, energía y expresión. La música no espera, y cada gesto debe contar.

Los alumnos comenzaron a colocarse en formación. Cora se detuvo un instante, mirando la coreografía proyectada en su mente. Sin pensarlo mucho, se quitó los zapatos, tal como hacía cuando era joven, sintiendo el contacto directo de sus pies con la madera del piso.

—Vamos a empezar desde el inicio —dijo Matías—. Una y otra vez hasta que todos los pasos estén claros. Ritmo, coordinación, expresión.

La música comenzó y los alumnos empezaron a moverse. La coreografía era rápida, llena de giros y pasos sincronizados, con cambios de dirección que exigían atención constante. Cora aprendía al instante, aunque le costó un poco Desoues de un par de veces logró seguir la energía del grupo, imitando los movimientos de los demás, sintiendo cómo cada giro y cada salto marcaban la narrativa de la escena.

—Cora, un paso más hacia la derecha y eleva el brazo como si ofrecieras el brindis —indicó Matías—. Perfecto, mantén el ritmo.

Ella obedeció al instante, sintiendo el equilibrio entre precisión y el expresión. Cada movimiento la conectaba con los demás actores; incluso los jóvenes que tenían menos experiencia se guiaban por ella inconscientemente. El escenario cobraba vida, la coreografía contaba la historia de la fiesta, y ella era parte de ese tejido, aunque los protagonistas aún no estuvieran presentes.

Jimena caminaba entre los alumnos, corrigiendo detalles: la altura de los brazos, la dirección de las miradas, el tiempo exacto de los pasos.

—Recuerden que aunque esta escena sea solo un ensayo, cada gesto cuenta —les recordó—. Los protagonistas se apoyarán en la energía que ustedes construyen aquí.

Cora no pensaba en el pasado ni en el futuro. Cada giro, cada salto y cada paso al ritmo de la música la llenaban de vida. Recordó, por un instante, las veces que se quitaba los zapatos para ensayar horas y horas, el roce del piso bajo sus pies, y la complicidad silenciosa con sus compañeros detrás del escenario. Ahora, todo eso era presente, pura energía y movimiento.

La coreografía se repitió varias veces. Cada vez más sincronizada, cada vez más intensa. Matías aplaudía suavemente al final de cada intento, señalando pequeñas correcciones.

—Excelente trabajo —dijo finalmente—. Eso es lo que quiero ver: concentración, ritmo y presencia escénica. Mañana retomaremos y añadiremos movimientos improvisados. Quiero que cada uno sienta que puede influir en la escena, aunque los protagonistas aún no aparezcan.

Cora respiró hondo y sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, no había miedo, ni prisa, ni dudas. Solo estaba allí, viva y completa, sintiendo la música bajo sus pies desnudos y la fuerza de cada movimiento en su cuerpo. El escenario la acogía, y ella se sentía, finalmente, en casa.

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