Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 24 ¿Está fingiendo?
Leonardo se dejó caer en el sofá, procesando la información.
La imagen de su amigo, el hombre más controlado y cínico que conocía, vulnerable y aferrado a un delirio de amor familiar, era desconcertante.
—Pero… bueno, ya se te pasó. ¿Por qué no le dices todo a esa chica y la despides? —preguntó, con lógica práctica.
—No sé, cómprale una casa, dale una remuneración obscena, algo. Y listo. Problema resuelto.
Lucian negó con la cabeza de nuevo, esta vez con más fuerza. Su expresión se endureció.
—No —dijo, y la palabra resonó como un portazo. —Esto va más allá de solo eso.
Se acercó al ventanal de nuevo, pero no para mirar la ciudad, sino como si buscara las palabras en el horizonte.
—Fabiana… ella… —Cerró los ojos un segundo.
—No la puedo soltar. Es como… una adicción para mi mente. Mi paz espiritual.
—Abrió los ojos y se volvió hacia Leonardo, su mirada era intensa, casi desesperada en su sinceridad.
—Ella me calma. Me relaja. Me emociona… y me encanta.
Se sonroja cuando me acerco demasiado… Es preciosa. Y todo eso, lo siento ahora, con la mente clara. No es el delirio. El delirio sólo me puso en el camino. Ahora camino por él porque quiero.
Leonardo parpadeaba, sentado en el sofá, absolutamente inmóvil.
Estaba escuchando a Lucian Borbón, el hombre que definía el éxito en cifras y el amor como una variable de riesgo controlable, hablando de "paz espiritual" y de una mujer que lo "emocionaba". Era como ver a un tiburón recitar poesía.
Al fondo, Lucrecia observaba el intercambio sin hacer ruido, una sonrisa triste y comprensiva en sus labios. Su primo no solo estaba atrapado en una mentira. Estaba atrapado, por primera vez en su vida, en un sentimiento verdadero. Y no tenía la más remota idea de qué hacer con él, excepto aferrarse a la mentira que le permitía sentirlo.
El silencio se extendió. Finalmente, Leonardo habló, su tono ya no era de burla, sino de asombro resignado.
—Caray, Lucian. Entonces no finges la amnesia… pero finges todo lo demás. Y lo peor es que ya ni sabes qué parte es la que finges y qué parte es en la que de verdad te has metido.
Lucian no lo negó. Sólo asintió, una vez, con la gravedad de un hombre que acaba de admitir su propia sentencia.
—Exactamente.
*_*
El ala VIP del hospital era un silencio caro. No el silencio angustioso de las salas comunes, sino uno amortiguado por alfombras gruesas y paredes insonorizadas.
Para Fabiana, era el escenario perfecto para que sus pensamientos resonaran con estruendo en su cabeza.
Sus padres estaban instalados en habitaciones contiguas, ya recibiendo los primeros procedimientos. Ana, sedada pero tranquila. Lino, con monitores que pitaban con un ritmo esperanzador.
Ella los vigilaba por turnos, acurrucada en un incómodo sofá junto a la ventana, y en los intervalos de calma, su mente no tenía a dónde huir.
Sus pensamientos giraban, inevitablemente, alrededor de Lucian.
No del Lucian Borbón, su jefe. Ese hombre parecía un fantasma lejano, una figura de tiza que se había desdibujado por completo. No, pensaba en el Lucian de los últimos días.
El de la mirada intensa que se suavizaba solo para ella. El que sabía que a su padre le gustaba el té con miel y a su madre le calmaba el dolor una mantita ligera en las piernas.
El que había dicho "son mis padres" con una convicción que le había hecho temblar por dentro.
Y entonces, el beso en la frente. No era el primer contacto, pero había sido diferente. No había sorpresa en él, ni la torpeza adorable de su confusión inicial.
Había sido… deliberado. Cálculo y calidez fusionados en un solo gesto. Una certeza que no cuadraba con la niebla de la amnesia.
¿Lo recuerda ya?
La pregunta, que antes era un susurro abstracto, ahora se plantaba en su mente con raíces firmes. Repasó los últimos días como un detective obsesivo.
La forma en que coordinaba todo con una eficiencia aterradora. La lucidez repentina al hablar con los médicos.
La ausencia total de esos momentos de desorientación vacía que tenía al principio. Incluso su fuerza había vuelto demasiado rápido.
¿Está fingiendo?
La idea era tan monstruosa que le daba náuseas. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para burlarse de ella? No, sus acciones no tenían crueldad. ¿Para protegerla? Él, en su confusión, creía hacerlo… pero si estaba lúcido, ¿por qué seguir con la farsa?
Un recuerdo la golpeó: la mañana en su cama. Ella había despertado antes, atrapada en su abrazo.
Había intentado escabullirse, y él, sin abrir los ojos, había murmuró: "No te vayas. Tus pies ya se calentaron." ¿Era la frase de un hombre confundido, o de uno que disfrutaba tanto de la ficción que no quería que terminara?
Un dolor agudo, mezclado con rabia y una punzada de esperanza, le atravesó el pecho.
Si era una farsa… entonces cada caricia, cada mirada tierna, cada palabra de posesión… ¿era real? ¿O era solo parte de la actuación de un magnate aburrido y manipulador?
Se levantó y se acercó a la ventana, apoyando la frente en el cristal frío. Abajo, la ciudad seguía su ritmo indiferente. Y ella, Fabiana Camargo, estaba atrapada en una mentira que tal vez sólo ella seguía creyendo.
De repente, lo entendió. El verdadero peligro ya no era que Lucian recuperara la memoria y la despidiera. El verdadero peligro era que ella ya no quería que la farsa terminara.
Porque en medio de ese delirio compartido, había encontrado una versión de Lucian que la hacía sentir vista, protegida, e increíblemente viva. Y había empezado a enamorarse de ese fantasma.
Una lágrima cálida se deslizó por su mejilla, seguida de otra. No lloraba por la mentira.
Lloraba porque, real o fingido, lo que sentía por él era absolutamente verdadero. Y eso la aterraba más que cualquier amenaza de los Borbón.
En ese momento, su teléfono vibró. Era un mensaje de Lucian.
Lucian: ¿Cómo están los pacientes más valientes del mundo?
Lucian: Y la doctora más dedicada. ¿Has comido?
Eran mensajes simples. Cuidadosos. Los mensajes de un esposo preocupado. O los de un hombre interpretando a la perfección el papel de un esposo preocupado.
Fabiana miró la pantalla, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. La duda ya no era una semilla.
Era un árbol que le partía el pecho en dos. ¿Cómo responder? ¿Cómo su asistente? ¿Cómo su "esposa" confundida? ¿O como la mujer que, sabiéndolo o no, estaba cayendo irremediablemente enamorada de él?
Con los dedos temblorosos, empezó a escribir. No sabía qué papel interpretar ya. Así que, por primera vez, respondió sólo como Fabiana.
Fabiana: Están bien. Con miedo, pero bien. La doctora tiene hambre, sí. Pero no se preocupe.
Fabiana: Gracias por preguntar.
Eliminó el "Lucian" inicial. Eliminó el "jefe". Eliminó el "cariño". Sólo dejó las palabras, desnudas, flotando en el espacio digital entre ellos, esperando a ver cuál de las dos realidades —la de la amnesia o la de la lucidez— las recogería al otro lado.
En el fondo quiero creer que lo haces a propósito 🤭
Cómo lo analizaste tú, todo su vida ha vivido con el desapego de quienes debieron darle todo el amor, más ese tiempo escuchando tu voz, tus cuidados lo hicieron reaccionar con el reflejo que anhela su corazón 🤔
cómo que tontería 🤔 ????
cogerse nada más y nada menos que a la amiga de tu novia, y encima en su cama 🤷🏼♀️