Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 18
El estruendo de los preparativos militares era el único sonido que llenaba el patio del cuartel. Órdenes gritadas, el chocar del acero y el relincho de los caballos creando una sinfonía de urgencia que me oprimía el pecho. La noticia de la caída del río del norte había corrido como un reguero de pólvora, y con ella, la certeza de que Alistair partiría en cuestión de horas.
Tras nuestro encuentro en el ala norte, el aire entre nosotros se había vuelto algo denso, casi sólido. Yo ya no era solo la escribiente que cometía errores; era la mujer que sostenía el espejo de su pasado frente a sus ojos. Y él, el hombre que me había mirado con una vulnerabilidad que me desgarraba el alma antes de volver a ponerse su máscara de mando.
—Elena, tienes que dejar de trabajar —me dijo Vane, pasando por mi mesa con un fajo de mapas—. El Comandante ha ordenado que todo el personal civil se traslade al refugio del ala sur. El palacio va a entrar en estado de sitio.
—No voy a ir al refugio, Capitán —respondí, mi voz sonando extrañamente tranquila mientras terminaba de organizar los registros de logística médica—. El Comandante necesita a alguien que gestione los suministros en el frente. Los registros de la Campaña de las Nieves que encontré ayer demuestran que la mayoría de las bajas no fueron por el acero, sino por la mala administración del frío.
Vane me miró como si me hubiera vuelto loca.
—Alistair nunca te llevará. Es demasiado peligroso.
—No voy a pedirle permiso —dije, sintiendo una determinación de hierro que nunca supe que poseía—. Voy a ser necesaria.
Me dirigí hacia las cuadras, evitando los puestos de guardia. Sabía que Alistair estaría allí, supervisando la salida de la caballería pesada. Lo encontré de pie junto a su semental negro, "Sombra", ajustando la cincha de la silla con movimientos mecánicos y precisos. Llevaba su armadura de combate completa; el metal oscuro brillaba bajo las antorchas, haciéndolo parecer una extensión del invierno mismo.
—No puedes venir —dijo sin girarse. Su instinto para detectar mi presencia era infalible.
—Ni siquiera me has dejado hablar.
Se giró lentamente. Sus ojos grises estaban hundidos, llenos de la fatiga de quien ya está viviendo la batalla antes de que empiece. Al verme, su mandíbula se tensó.
—Sé lo que vas a decir. Sé que crees que puedes ayudar porque leíste esos archivos. Pero la guerra real no es tinta sobre papel, Elena. Es barro, sangre y hombres muriendo de formas que tus pesadillas no pueden concebir. No dejaré que seas uno de esos recuerdos.
Me acerqué a él, ignorando el peligro del caballo inquieto y la mirada de los soldados que nos rodeaban. Me detuve a centímetros de su peto de acero, sintiendo el calor que irradiaba a pesar de la armadura.
—Alistair, tu padre falló porque no le importaba su gente. Tú vas a fallar porque te importa demasiado —susurré, bajando la voz para que solo él me oyera—. Tienes miedo de que mi presencia te debilite, pero soy la única que sabe cómo mantenerte cuerdo cuando el hielo intente recordarte quién eras. Necesitas a alguien que gestione los suministros médicos que Genevieve intentó sabotear. Y esa persona soy yo.
Él soltó un gruñido, atrapando mi brazo con una mano enguantada. Me atrajo hacia las sombras de uno de los pesebres vacíos, lejos de las miradas indiscretas. Su cuerpo, blindado y pesado, me presionó contra la madera áspera. La sensualidad del momento era cruda, cargada de la adrenalina de la partida y el hambre que todavía quemaba entre nosotros tras nuestro encuentro interrumpido.
—Eres una mujer terca y peligrosa —dijo, su rostro a milímetros del mío. El aroma a cuero, metal y su propio aroma masculino me envolvieron, haciéndome jadear—. Si te llevo conmigo, no habrá protocolo que nos salve. Estaremos en tiendas de campaña, rodeados de enemigos. Si te toco allí, si me pierdo en ti como lo hice en el jardín, mi mando se desmoronará.
—Entonces deja que se desmorone —respondí, pasando mis manos por el metal frío de sus hombros hasta alcanzar la piel caliente de su cuello—. Reclámame aquí, ahora, para que sepas exactamente por qué vale la pena volver.
El gemido que escapó de su garganta fue de pura agonía. Alistair estrelló sus labios contra los míos con una ferocidad que me dejó sin aliento. No hubo ternura, solo la urgencia de dos personas que saben que el mañana no está garantizado. Sus manos recorrieron mi cuerpo, frustradas por las capas de ropa y la propia armadura que lo envolvía a él.
Me levantó ligeramente, apretándome contra el acero de su peto. Sentí la dureza de su protección contra mis pechos, un contraste excitante que me hizo soltar un gemido de placer. A pesar de las placas de metal, podía sentir la potencia de su deseo, la fuerza de un hombre que estaba luchando contra sus propios demonios para no desnudarme allí mismo entre la paja y el barro.
Sus besos bajaron por mi cuello, sus dientes marcando la piel con una posesividad salvaje.
—Si mueres en ese frente por mi culpa, Elena, quemaré el norte entero —gruñó contra mi oído, sus dedos hundiéndose en mi cadera—. Serás mi escribiente de campaña. Pero dormirás en mi tienda. Y no habrá ni un solo hombre en este ejército que no sepa que cruzar tu camino es cruzar el mío.
Se separó de mí, respirando con dificultad, con los ojos brillando con una luz que no era solo de guerra. Se quitó uno de sus guantes de combate y acarició mi mejilla con sus nudillos, un gesto de una delicadeza desgarradora.
—Prepárate. Partimos en una hora.
Caminé de vuelta a mi habitación sintiendo que el suelo bajo mis pies ya no era firme. Iba a la guerra. Iba al corazón del invierno con el hombre más temido del reino. Pero mientras recogía mis cosas, no sentía miedo. Sentía una excitación eléctrica recorriendo mi columna.
Alistair Thorne me había abierto la puerta de su mundo de sombras, y yo estaba dispuesta a ser la luz que lo guiara de vuelta, o el incendio que lo consumiera por completo.
Cargué mi pequeño petate con suministros, tinta y la carta que él me había enviado desde el frente la primera vez. Era mi amuleto. Mi promesa.
Al salir al patio, el Comandante ya estaba en lo alto de su caballo, dirigiendo a las tropas. Me miró desde su altura, y por un segundo, el "Muro de Invierno" pareció brillar con una intensidad diferente. Me hizo un gesto casi imperceptible para que subiera al carro de suministros de la vanguardia.
—¡Por el Rey! ¡Hacia el norte! —rugió Alistair, y el estruendo de miles de hombres le respondió.
La marcha comenzó. El rastro del lobo se dirigía hacia la nieve, y yo iba con él. No como una sombra, sino como su única debilidad confesada. Y sabía, con cada fibra de mi ser, que en las noches frías que vendrían, el hielo de Alistair Thorne finalmente encontraría su fin.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉