Ella nunca imaginó que el peor día de su vida terminaría con un anillo en el dedo.
Él juró no volver a amar… hasta que la obligación lo ató a una mujer que se convirtió en su debilidad.
Un matrimonio por contrato para salvar el honor, los negocios y una familia en ruinas.
Mentiras, secretos y enemigos ocultos pondrán a prueba un vínculo que nació de la conveniencia, pero que pronto se vuelve demasiado real.
En un mundo donde nada es lo que parece, ¿el amor será suficiente para sobrevivir?
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Capítulo 16 – La grieta en la confianza
El estudio estaba en penumbras. Solo la lámpara de escritorio iluminaba los papeles esparcidos frente a Adrián, como si aquella luz frágil intentara contener el caos que lo rodeaba. Había pasado la noche entera revisando informes, contratos, cartas con firmas ilegibles y sellos de empresas fantasma. Nada parecía suficiente para contener la tormenta que crecía a su alrededor. El nombre de Diego aparecía una y otra vez en documentos y notas, como un espectro que se negaba a desaparecer.
Sobre el escritorio reposaba una copia de la investigación policial. Adrián la había leído tantas veces que ya podía recitarla de memoria: accidente automovilístico, falla mecánica, caso cerrado. Pero cada palabra era una mentira. Él lo sabía mejor que nadie. Su hermano no había muerto por azar. No podía resignarse a creer que la vida de Diego se hubiera extinguido de manera tan absurda.
Apoyó los codos sobre la mesa y enterró el rostro en las manos. El cansancio lo devoraba, pero era el peso de la culpa lo que en realidad lo quebraba. Recordaba con nitidez la última conversación con Diego, aquella noche cargada de reproches y advertencias.
—Estás jugando con fuego, Adrián. Si sigues así, nos destruirás a los dos.
Horas después, Diego estaba muerto. Ese recuerdo era una daga que nunca dejaba de girar en su interior.
El sonido de pasos suaves en el pasillo lo hizo tensarse. Levantó la vista justo cuando la puerta se abrió sin aviso. Valeria entró con un sobre en la mano, el rostro pálido, como si hubiera visto un fantasma.
—Lo encontré en tu caja fuerte —dijo, con la voz quebrada pero firme.
Adrián se quedó inmóvil. Reconoció de inmediato el documento: un contrato firmado con una de las empresas pantalla que, en secreto, financiaba operaciones de Héctor Salazar. Y en el margen inferior, la firma de Diego como testigo. El aire se volvió pesado, casi irrespirable.
—¿Por qué tenías esto escondido? —preguntó Valeria, con los ojos fijos en él—. ¿Qué tiene que ver tu hermano con todo esto?
Adrián se levantó lentamente, cada movimiento cargado de tensión, como un depredador acorralado.
—No deberías haber visto eso.
—¡Entonces dime la verdad! —exigió ella, alzando la voz—. Porque todo apunta a que Diego murió por culpa de estos negocios oscuros… ¡y tú estabas involucrado!
El dolor en sus palabras lo atravesó más que cualquier amenaza. Se acercó a ella, pero Valeria retrocedió un paso, como si temiera la respuesta. Adrián sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.
—Sí… —admitió finalmente, con la voz ronca—. Diego sabía demasiado. Intenté detenerlo, protegerlo, pero… no fue suficiente.
Valeria sintió un vértigo recorrerla de pies a cabeza.
—¿Estás diciendo que tu hermano murió… por tu culpa?
Los ojos grises de Adrián brillaron con un dolor contenido.
—Murió porque yo lo arrastré a un mundo del que no pudo escapar.
El silencio entre ellos se volvió insoportable. Valeria temblaba, debatiéndose entre la compasión y la furia. Adrián dio un paso más, hasta quedar frente a ella.
—No uses esto contra mí, Valeria. Si decides odiarme, hazlo… pero nunca dudes de algo: yo daría la vida por ti.
Su voz era un susurro cargado de verdad y condena al mismo tiempo. Valeria lo observó, desgarrada. Y por primera vez, Adrián sintió que la grieta en su matrimonio no venía de los enemigos externos… sino del secreto que él mismo había construido.