Ella no debía cruzarse en su camino.
Isabella Moretti es hija de un soldado —no de un Don, ni de un Caporegime, ni de nadie lo suficientemente importante para marcar la diferencia en ese mundo de oro podrido y sangre seca. Creció a la sombra de la Cosa Nostra sin pertenecer jamás a ese mundo de verdad, y precisamente eso la mantuvo libre. Reía cuando quería, decía lo que pensaba, escondía su Kindle debajo de la almohada, como si los romances que leía fueran su mayor pecado —y sonreía sola, divertida por ello.
Soñaba con el amor. De ese que duele de bonito, de ese que te elige por completo.
Leon Ravelli también soñó, una vez. Tenía dieciocho años y creyó que el mundo cabía en el corazón de una mujer. Aprendió de la forma más cruel posible que no era así. Que la traición solo tiene una sentencia. Que las lágrimas en el rostro son debilidad, y la debilidad mata antes de que llegue el enemigo.
Desde esa noche, se convirtió en otra persona.
El hielo se derrite. Él se convirtió en mármol.
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16
16 — La Cena / ISABELLA
Una semana.
Una semana desde aquel día y yo todavía no había logrado mirar a Leon sin sentir que la cara me ardía de una forma que me irritaba profundamente porque no era de enojo —o al menos no era solo de enojo.
Aprendí sus horarios con una precisión que a mí misma me pareció perturbadora. Salía temprano, volvía tarde, a veces no volvía. Cuando él estaba en el departamento yo me quedaba en el cuarto. Cuando salía, yo salía del cuarto e iba a hacer lo que me mantenía cuerda —cocinar, escuchar música, existir en el espacio sin tener que administrar su presencia y todo lo que esa presencia me causaba sin pedir permiso.
Era un sistema que funcionaba razonablemente bien.
Hasta aquel martes a las tres de la tarde.
Estaba en la cocina en pijama —la blusita corta de Piolín que mi abuela habría reprobado y el short que era básicamente algodón y buena intención— haciendo un risotto que no era para nadie en específico, solo para mí, oyendo música por el celular recargado en la barra.
Escuché la puerta.
Me congelé.
Él nunca llegaba antes de las siete. Nunca. Aquello estaba completamente fuera del guion y yo andaba en pijama de caricatura con el cabello en un chongo chueco y sin nada de maquillaje, y había un Dios en el cielo que claramente no estaba de mi lado ese día.
Leon entró a la cocina con Enzo detrás y se detuvo cuando me vio.
Sentí el calor subirme del cuello hasta la frente a una velocidad vergonzosa. No me moví. Me quedé parada con la cuchara de madera en la mano como idiota, completamente roja, mientras él me miraba con esa expresión que no se podía leer y Enzo detrás intentaba volverse invisible con un esfuerzo considerable.
La mirada de Leon fue hacia Enzo con una frialdad que bajó la temperatura de la cocina.
— Sal de aquí. Y espero que no hayas visto nada.
— Sí, señor. — Enzo salió a una velocidad que sugería que había entrenado para eso. — Absolutamente nada.
Nos quedamos los dos.
Leon me miró de arriba abajo una sola vez —rápido, controlado, esa mirada que él creía que yo no notaba y que yo notaba siempre— y desvió la vista hacia la estufa.
— Arréglate, Isabella. Tendremos cena con el Don a las ocho.
Eso me quitó el rojo de la cara de inmediato.
— Ah, qué bien. — Dije genuinamente animada. — Ya extrañaba a Mariana.
No respondió. Se fue al despacho.
Solté el aire que estaba conteniendo, dejé la cuchara y me fui al cuarto con la dignidad suficiente para fingir que el corazón no me latía fuera de ritmo.
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A las seis empecé a arreglarme con esa calma de quien tiene tiempo de sobra y estaba animada de verdad —Mariana era la única persona en ese mundo junto a la que podía respirar sin necesidad de andarme vigilando. Me puse un vestido verde oscuro que ella misma había insistido en comprar en Milán, me apliqué el labial, me solté el cabello.
Me miré al espejo.
Estaba bien. Estaba bonita, incluso.
Salimos a las siete y media en silencio en el carro —el tipo de silencio que ya había dejado de ser incómodo y se había convertido simplemente en el estado natural de las cosas entre nosotros, lo que yo no sabía si era progreso o adaptación a algo que no debería adaptarse.
La mansión estaba iluminada como se ponía cuando el Don recibía. Mesa puesta, los mejores vinos, toda esa formalidad de la que nunca sabría si era hospitalidad o demostración de poder.
Mariana me recibió con ese medio abrazo discreto que era lo máximo de afecto que demostraba en público y me susurró que estaba hermosa. Me senté a su lado en la mesa, Leon del otro lado junto al Don, y la cena empezó.
Estaba bien. Estaba casi relajada.
Entonces el Don dejó el tenedor, se limpió la boca con la servilleta y miró a Leon con esa objetividad de quien está cerrando un pendiente.
— ¿El matrimonio fue consumado? ¿Isabella era pura?
Tragué el vino por el camino equivocado.
Leon ni parpadeó.
— Pura y de sobra, Don.
El silencio que vino después de eso duró exactamente dos segundos.
Dos segundos en los que procesé lo que se había dicho, el tono con que se había dicho, la sonrisa mínima y satisfecha que el Don hizo antes de pasar a la siguiente conversación como si apenas hubiera confirmado una información logística cualquiera.
Puse la servilleta sobre la mesa.
Me levanté.
No le dije nada a nadie. No miré a Leon, no miré al Don, ni a Mariana, a quien sentía intentando alcanzarme con la mirada. Caminé hasta el final de la mesa, salí del comedor y fui al jardín con pasos que controlé hasta llegar afuera.
La noche estaba fría. Me envolví en mis propios brazos y me quedé parada en medio del jardín mirando a la nada, la rabia burbujeando en el pecho mezclada con esa cosa que odiaba sentir y que era humillación.
Pura y de sobra.
Dicho así, en esa mesa, frente al Don como si fuera un artículo de inventario por verificar. Como si yo fuera una propiedad que necesitaba certificado de procedencia.
Cerré los ojos un segundo.
No iba a llorar. Ni pensarlo.
Pero me iba a quedar aquí en el jardín hasta que se me pasaran las ganas de volver adentro y decir exactamente lo que pensaba de cada persona sentada en esa mesa.