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Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Sustituto/a / Juego de roles / Amor eterno / Completas
Popularitas:452
Nilai: 5
nombre de autor: uutami

Valentina nunca fue suficiente.

Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.

Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.

Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.

A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de uutami para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Ricardo despertó con la cabeza pesada, como si miles de fragmentos de vidrio giraran dentro de su cráneo. La luz de la mañana se colaba por las cortinas delgadas de su habitación y le rozaba el rostro pálido. Cerró los ojos de nuevo, los abrió despacio e intentó recordar algo.

Nada.

Cuanto más se esforzaba, más intenso se volvía el dolor, extendiéndose desde la sien hasta la nuca. Ricardo hizo una mueca y se llevó la mano derecha a la cabeza.

—¡Ricardo! ¿Qué te pasa? ¿Te duele otra vez?

La voz era suave, cargada de preocupación. Doña Aurora estaba sentada al borde de la cama, con las manos ya arrugadas aferradas a las de su hijo, como si temiera que fuera a desaparecer en cuanto lo soltara.

—Solo estaba... intentando recordar... Pero...

—No te obligues a recordar —lo interrumpió su madre—. Si te duele, para. No necesito que recuerdes nada. Lo importante es que estés sano, Ricardo.

Ricardo giró la cabeza y observó el rostro de su madre. Había líneas de cansancio que no podían disimularse. Los ojos se le humedecieron.

—Pero... Siento como si me faltara algo, mamá —murmuró—. No son solo recuerdos. Es como... una parte de mí.

Doña Aurora esbozó una sonrisa tenue, aunque el corazón se le desgarraba al oírlo. Le acarició el cabello con suavidad.

—A veces Dios nos quita algo no para hacernos sufrir, sino para protegernos —dijo en voz baja—. Si tienen que volver, los recuerdos llegarán solos. No los persigas.

Ricardo guardó silencio y luego asintió.

—Vamos, come primero. Ya te preparé el desayuno.

—Sí, mamá.

Esa mañana, Ricardo desayunó en el comedor.

—Esto solía ser tu comida favorita. No hace falta que lo recuerdes, solo quería que lo supieras —dijo doña Aurora mientras colocaba un plato de sopa de pollo con arroz.

Ricardo se limitó a observar el plato. Le dolía la cabeza cada vez que intentaba escarbar en su memoria, así que decidió rendirse, tal como le aconsejaba su madre: dejar que el tiempo sanara las heridas.

Una cucharada de sopa llegó a su boca. Pero el sabor aún le resultaba ajeno.

Alguien tocó la puerta. Antes de que doña Aurora pudiera responder, la puerta ya se había abierto.

—¡Assalamu'alaikum!

Doña Aurora y Ricardo se miraron. —Wa'alaikum salam —respondieron al unísono.

—¡Ricardo!

Diana entró con una sonrisa amplia, enfundada en un vestido suave color pastel. Llevaba una bolsa de frutas en la mano y el rostro le resplandecía como si estuviera visitando a un viejo amor al que extrañaba profundamente.

Doña Aurora contuvo el aliento. Había algo en su interior que se tensaba cada vez que Diana aparecía. Pero la joven parecía no darse cuenta. Con paso ligero, se acercó a Ricardo.

—¿Cómo te sientes, Ricardo? —preguntó con voz melosa, sentándose junto a él sin esperar invitación.

Ricardo sonrió con incomodidad. —Ya estoy mejor.

—Por eso, no pienses en cosas difíciles. Tienes que enfocarte en recuperarte —dijo Diana mientras le tocaba la mano con excesiva familiaridad.

Doña Aurora exhaló un suspiro discreto y optó por callar. No quería armar un escándalo frente a su hijo, que todavía estaba débil.

—¿Estás desayunando?

—Sí.

—Señora, ¿puedo venir más seguido a ver a Ricardo? Él necesita apoyo para recuperarse más rápido.

—Como quieras —respondió doña Aurora, apartando la mirada.

Diana sonrió satisfecha.

—Vamos, Ricardo. Salgamos un rato —lo invitó—. A ese lugar al que íbamos siempre.

Ricardo asintió, aunque el corazón le dudaba. No recordaba ese lugar ni la cercanía que Diana describía. Aun así, intentó sonreír e intentó disfrutar el paseo.

Se sentaron en un parque pequeño, en una banca de madera frente a un lago artificial. La brisa soplaba con suavidad.

—Antes te encantaba sentarte aquí —dijo Diana con los ojos brillantes—. Decías que este lugar te daba paz.

Ricardo contempló la superficie del agua, que centelleaba bajo la luz del atardecer. Su corazón, en cambio, se sentía vacío.

—¿En serio? —preguntó escuetamente.

Diana asintió con entusiasmo. —Siempre me decías que yo era parte de esa tranquilidad.

Ricardo sonrió apenas. Había una sensación extraña que le incomodaba: no era felicidad ni nostalgia. Más bien una pérdida sin nombre.

—Ricardo, después vamos al bosque de pinos. Ahí también tenemos muchos recuerdos.

—Está bien, vamos.

Caminaron por el bosque de pinos. Diana seguía señalando con entusiasmo los lugares que, según ella, guardaban recuerdos compartidos. Pero, igual que antes, Ricardo no sentía nada.

Al caer la tarde, Diana los acompañó de vuelta a casa de Ricardo. Doña Aurora los recibió con rostro inexpresivo.

Ricardo asintió. —Voy al baño un momento.

En cuanto Ricardo se fue, Diana entró a su habitación. Sus ojos recorrieron cada rincón. Armario ordenado, escritorio sencillo.

«Tengo que dejar algunas fotos y cosas mías aquí. Para que se convenza de que teníamos algo serio», murmuró. Acomodó varios objetos y fotografías en la habitación.

Entonces su mirada tropezó con algo atrapado entre el escritorio y la pared.

Una foto.

Diana la tomó. Una joven con jilbab sonreía con dulzura en la imagen. Rostro sencillo, mirada cálida. Claramente tomada a escondidas.

—Vale... —murmuró Diana; la mandíbula se le endureció.

Sus manos estrujaron la foto con fuerza. El pecho le subía y bajaba conteniendo la rabia. Con rapidez, se guardó la foto en el bolsillo.

Cuando Ricardo salió del baño, Diana ya estaba sentada plácidamente en la sala, como si nada hubiera pasado.

—Ricardo —dijo con suavidad—. Te ves cansado. Descansa.

Ricardo le devolvió una sonrisa amable. —Sí. Gracias.

Diana le correspondió la sonrisa, aunque por dentro le hervía la sangre.

Al llegar a casa, Diana fue directo a la habitación de su madre.

—Mamá —dijo con premura.

—¿Qué? Vienes de casa de Ricardo y ya estás lloriqueando. —Marta arqueó una ceja.

—Encontré una foto de Vale en la habitación de Ricardo. —Diana frunció los labios.

—Deja de pensar en Vale. Ya se fue lejos.

—Sí, mamá. Pero aunque se haya ido de esta casa, sigue siendo un estorbo.

—Ahora lo único que importa es Ricardo —sentenció Marta—. Amárralo. Haz que acepte casarse lo antes posible. Mientras no recuerde nada.

Diana esbozó una sonrisa tenue. —Tienes razón. Pero ¿cómo le hago?

En la oficina de Mateo, la tensión estalló de pronto.

—¿¡Qué!?

Gloria se levantó de la silla con el rostro encendido. —¿¡Qué acabas de decir, Mateo!?

Mateo se mantuvo erguido frente a su madre. —Ya me casé con Vale.

—¿¡SIN DECIRNOS NADA!?

Mateo respiró hondo. —La situación era urgente, mamá.

—Esa no es excusa, Mateo. —Gloria lo miró con suspicacia.

—Ya conoces a Vale lo suficiente, ¿no? ¿Crees que ella es el tipo de mujer que aceptaría vivir bajo el mismo techo con un hombre sin estar casada?

Gloria enmudeció; su respiración se volvió pesada.

—Sí, sé que no es una mujer ligera. Pero eso no significa que puedas casarte con ella sin hablarlo con nosotros, Mateo.

—¡Mamá! Esa casa... era un infierno para Vale. Tenía que sacarla de ahí. Y hay algo que debes saber. Su pierna... fue por un accidente hace dos años.

Gloria se sobresaltó.

—¿¡Qué dijiste!?

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