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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
Popularitas:812
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

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EL REFUGIO.

El sonido monótono del ecocardiógrafo llenaba la sala, acompañando cada respiración contenida de Cora. Acostada en la camilla, intentaba mantener la calma mientras el técnico movía el transductor por su pecho, mostrando las imágenes en la pantalla.

El doctor Bazán observaba en silencio los resultados en el monitor, sus ojos atentos a cada detalle, sus dedos ajustando parámetros en la máquina. Cora sentía que ese pequeño corazón agrandado y debilitado en la pantalla era, a la vez, una sombra constante en su vida.

Cuando terminó el estudio, el doctor apagó el equipo y se volvió hacia ella, su rostro serio pero cercano.

—Bien, Cora, este es tu primer chequeo después de tu diagnóstico —comenzó—. Quiero que sepas que todo lo que hagamos de ahora en adelante será para monitorear la evolución y ajustar el tratamiento según sea necesario.

Ella asintió, con el pecho apretado, sin poder evitar que un leve temblor recorriera sus manos.

—¿Hay algo que haya cambiado? —preguntó con voz baja.

El doctor se sentó frente a ella y tomó su mano por un instante.

—Tu corazón sigue mostrando signos de dilatación, pero hemos estabilizado la función con el tratamiento. Sin embargo, es vital que sigas con todos los medicamentos y que acudas a tus citas sin falta.

Cora bajó la mirada, recordando cada síntoma que había sentido: la fatiga, las palpitaciones, el miedo constante.

—¿Y los exámenes? —insistió.

—Los marcadores indican que tu cuerpo está resistiendo, pero no podemos bajar la guardia. La lista de espera para el trasplante está activa y hay que mantenerte lo más fuerte posible hasta que llegue el momento.

El silencio entre ellos fue cómodo, lleno de comprensión sin necesidad de palabras.

—Sé que es mucho para asimilar —dijo el doctor con suavidad—. Por eso, quiero que sepas que aquí tienes un equipo que te acompañará en cada paso. No estás sola.

Cora apretó los labios, conteniendo una mezcla de emociones que amenazaban con romperse.

—Gracias, doctor. Haré todo lo que sea necesario.

El doctor Bazán le sonrió con una calidez.

—Eso es lo que necesitamos para seguir adelante. ¿Alguna duda o algo que quieras preguntar?

Ella pensó un momento y luego preguntó:

—¿Hay algo que pueda hacer para sentirme mejor entre citas?

—Descansar cuando tu cuerpo lo pida, evitar esfuerzos excesivos y cuidar la alimentación. También, tratar de mantener el ánimo lo mejor posible, que es más difícil de lo que parece, lo sé.

Cora asintió, mirando por la ventana la luz que se colaba entre los árboles.

—Voy a intentar no rendirme —dijo al fin.

El doctor se levantó y la acompañó hasta la puerta del consultorio.

—Nos vemos en unas semanas para la próxima revisión. Cuídate mucho, Cora.

Cora salió del consultorio con una carpeta llena de resultados y folletos. Su corazón latía con una mezcla de ansiedad y determinación. Sabía que ese día debía marcar un antes y un después.

Primero, buscó un rincón tranquilo para sacar su celular y comenzar a organizarse. Marcó al hospital para confirmar todas las citas pendientes: cardiología, análisis de sangre, electrocardiogramas. Cada llamada era un recordatorio de que su vida estaba entrando en un ritmo nuevo, ajeno a la normalidad que había conocido.

Después, se dirigió a la farmacia del hospital. Mientras la farmacéutica le entregaba las cajas, Cora preguntaba con detalle sobre los medicamentos: horarios, efectos secundarios, qué alimentos debía evitar. Se aferraba a cada palabra como si fueran pequeños salvavidas. Guardó con cuidado las instrucciones y se quedó un momento mirando los frascos en su bolso, consciente de que esas pastillas serían su nueva rutina.

Al salir, pasó por un mercado cercano donde compró frutas frescas, verduras y pescados. Su mente repasaba lo que había leído sobre la dieta cardioprotectora. No sería fácil cambiar sus hábitos, pero no había otra opción.

De regreso en casa, reorganizó la cocina y la despensa, dejando a la vista solo lo necesario para su nuevo régimen. Se detuvo un instante frente al refrigerador, suspirando, antes de tomar un cuaderno donde comenzó a anotar recetas y consejos que había investigado en blogs y podcasts especializados.

El teléfono sonó y, tras unos segundos de duda, levantó para llamar a la notaría. La voz amable al otro lado le indicó fechas disponibles para una cita. Después de consultar su calendario, eligió una fecha para redactar su testamento. Era un paso que le pesaba en el alma, pero que sabía necesario.

Mientras colgaba, se quedó mirando el cuaderno, sintiendo que cada acción la acercaba más a una realidad que no quería aceptar, pero que debía enfrentar con valentía.

El reloj marcaba una hora en la que el día comenzaba a ceder ante el sol que se oponía en el horizonte, tiñendo todo con tonos dorados y naranjas. Cora, tras guardar cuidadosamente cada papel, medicamento y folleto, se quedó un momento quieta, observando cómo la luz jugaba con las sombras en la sala. Se preguntó en silencio dónde estaría Lauro. Pensó que para esa hora él ya habría regresado a casa, pero el silencio le respondió con un vacío incómodo.

Sin saber muy bien qué la impulsaba, tomó las llaves y salió sin hacer ruido. No había planes, ni expectativas, solo un impulso que la guiaba sin preguntas. Condujo por las calles firme, sin rumbo claro, detuvo el auto y una vez qie bajo hael aroma a café y pan recién horneado la envolvió.

Ahí estaba, la cafetería de su madre y Mariela, un refugio pequeño y acogedor que siempre había tenido algo de magia. Las paredes, pintadas en tonos cálidos, reflejaban la luz del atardecer que se colaba por los amplios ventanales. Las mesas de madera pulida, cada una con un pequeño florero que contenía flores frescas del día, invitaban a sentarse y perderse en el tiempo. El aroma a café tostado se mezclaba con el dulce olor del pan horneado y los pasteles recién salidos del horno, creando una atmósfera cálida y familiar.

Desde la terraza, Cora vio a Lauro moverse de un lado a otro, sirviendo con diligencia y esa sonrisa tranquila que solía tener cuando aún eran novios. El ruido sutil de la cafetera, las risas de los clientes y el murmullo de las conversaciones eran un contraste reconfortante con la tormenta que sentía por dentro.

Por un instante, el lugar la transportó a tiempos pasados, a días más sencillos y felices.

Cora se vio a sí misma atravesando la puerta de la cafetería con una sonrisa tímida, el corazón latiendo con un ritmo que reconocía muy bien.

—Hola, amor —dijo, acercándose a la barra donde él estaba sirviendo un capuchino.

Lauro volteó, y en su rostro se dibujó una sonrisa al verla. Sin pensarlo, se acercó y se encontraron en un beso tierno, ligero, un instante suspendido en el tiempo.

—Hola —respondió él.

Ella tomó asiento en un taburete junto a la barra.

Justo en ese momento, Óscar apareció cargando una charola llena de vasos; había visto el beso y no pudo evitar bromear con una sonrisa pícara.

—¿Y yo qué? ¿No tengo derecho a un pequeño besito? —se acercó a Lauro, parando la trompa.

—Aléjate de mí —le dijo Lauro, volteándole la cara con la mano, sin llegar a ser agresivo.

Cora sonrió, disfrutando la calidez del lugar y la naturalidad con la que la trataban.

Mariela, que desde la cocina había estado observando la escena, salió con una sonrisa amplia.

—¡Ahí está la reina de la casa! —exclamó, lanzándole un guiño—. Mira nomás quién se animó a venir a ver a su príncipe.

La madre de Lauro se acercó con una bandeja en las manos y, con voz dulce, le dijo a Cora:

—Querida, esta siempre será tu casa. Nos alegra tanto verte aquí.

Cora la miró con gratitud y se volvió hacia Lauro, tomando su mano con decisión.

—Lauro, creo que ya es momento de que conozcas a mis padres —dijo con voz suave pero firme—. Quiero que formes parte de todas las partes de mi vida, sin secretos.

Ellos ya llevaban un par de meses saliendo.

Lauro tragó saliva, sorprendido, pero con una sonrisa que intentaba ocultar sus nervios.

—¿Ya? —preguntó—. Bueno… supongo que sí.

Óscar, que no perdió la oportunidad, lanzó con tono bromista:

—¡Qué valiente! Eso sí que es dar un paso grande. Eso significa que ya casi tienes permiso para la boda, ¿no? Quién diría, tu primera novia y ya te vas a casar.

La señora Silvia le apretó uno de los cachetes a Óscar.

—¿Qué crees, que mi hijo juega con las niñas como tú? Le diré a tu madre que te lleve a confesarte.

Óscar se sobó el cachete, fingiendo dolor.

Mariela soltó una carcajada y comentó:

—Pues sí, Lauro, ya te estás metiendo en camisa de once varas. Pero no te preocupes, que aquí estamos para proteger a la jefa.

La madre de Lauro añadió, con una mirada cómplice:

—Cuando alguien habla bien de ti frente a los padres de su pareja, hijo, es porque las cosas van en serio. Espero que te portes bien.

Lauro sonrió, sintiendo el calor de la familia a su alrededor y el peso de esa nueva responsabilidad.

—No se preocupen —respondió con una sonrisa tímida—. Haré lo mejor que pueda.

Óscar, con su eterna chispa, bromeó de nuevo:

—Y si te portas mal, siempre puedes esconderte en la cocina, que ahí nadie te encuentra.

Todos rieron, y por un momento la cafetería pareció un refugio donde el tiempo se detenía y los problemas quedaban afuera.

Cora, apoyada en la barra, observó a Lauro con una mezcla de amor y esperanza.

—Gracias por estar aquí —susurró—. Por estar conmigo, en esto y en todo.

Él apretó su mano con suavidad, y aunque no dijo nada, su mirada lo dijo todo.

Lauro la vio detrás de la puerta de entrada, del otro lado de la cafetería, parada sin moverse, con la mirada perdida, como si estuviera en otro mundo. Pero en el instante en que sus ojos se cruzaron, Cora pareció regresar al presente, como si su mirada fuera un ancla que la devolvía a la realidad. Él sostenía dos platos en las manos, camino a una mesa.

Ella respiró hondo y avanzó con paso firme hacia el centro del lugar. A pesar del ajetreo, todos la recibieron con sonrisas y saludos cálidos.

—¡Cora! —exclamó Mariela—. Me da mucho gusto verte, parece que hoy es el día de los milagros.

—Hola, querida —añadió la madre de Lauro desde detrás de la barra—. Nos alegra mucho verte por aquí, aunque estés en plena faena.

Cora sonrió, agradecida, pero no quiso ser una simple espectadora.

—Sé que están ocupados —dijo con determinación—, pero al menos déjenme ayudar con algo.

Mariela la miró de reojo, dudando, pero Cora insistió.

—Vamos, por lo menos ayudo a recoger unas mesas.

—Está bien —cedió Mariela, dándole un mandil del colgadero—. Pero no te me desmayes en el intento.

Cora se ató el mandil con cuidado mientras Lauro terminaba de recoger una mesa cercana.

—Aquí tienes —le dijo él, entregándole unos platos usados.

Mientras Cora se inclinaba para colocarlos en el carrito, sus manos se rozaron accidentalmente. Un contacto breve, eléctrico, que los dejó congelados por un segundo.

—Lo siento —susurró ella, apartando la mirada.

—No pasa nada —respondió él, intentando recuperar la naturalidad—. No esperaba verte aquí.

—¿Te molesta? —preguntó ella.

—No, no, es sólo que… no lo esperaba, tenía mucho tiempo sin que vinieras.

—Si vine, fue casi por impulso —dijo ella.

Lauro sonrió, pero el peso de sus miradas y ese roce inesperado quedó flotando en el aire.

—¿Recuerdas cuando venías a visitarme aquí y te ponías a ayudar? —preguntó él mientras recogía una servilleta del suelo.

—Claro —respondió Cora—. Este lugar siempre tuvo algo especial. Era como nuestro pequeño refugio.

—Me gustaba tenerte aquí.

El sonido de la cafetera los sacó de ese momento íntimo, y ambos se obligaron a volver al trabajo.

—¡Mesa cuatro ordenó café con leche, Lauro! —gritó Mariela desde la cocina.

—Óscar, no te duermas o voy a tener que espumarle leche a los clientes yo mismo —añadió Lauro con una sonrisa.

—¡Estoy en eso! —contestó Óscar, acercándose con una bandeja llena.

Cora exhaló un suspiro contento y siguió recogiendo platos, sintiendo que, aunque la vida les arrojaba tormentas, ese pequeño refugio seguía siendo un lugar donde podían encontrarse.

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