Reencarné para ser la villana, pero el corazón no entiende de guiones.
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Capítulo 8 — La Mirada de la Noche
Entré en la sala con la compostura de quien ha aprendido a sonreír mientras engendra planes. Los candelabros de cristal refractaban la luz de miles de velas, bañando el gran salón de Casa Vilar en un resplandor dorado y parpadeante. Las máscaras ocultaban rostros, pero no las intenciones. La música envolvente era el velo perfecto para los susurros y las miradas furtivas. Para mí, el aire era espeso con el aroma de las intrigas, más que con el perfume de las flores.
Mi primera tarea fue escanear la sala en busca de Elara. La Princesa de la Luz, como la llamaban, era fácil de identificar incluso entre la multitud de máscaras. Su cabello rubio dorado, que solía brillar como el sol, esta noche estaba recogido en un peinado elegante, adornado con pequeñas flores de jazmín que contrastaban con su máscara blanca, sencilla pero etérea. La encontré cerca de la mesa de refrescos, rodeada por un pequeño círculo de nobles que la escuchaban con devoción. Parecía el cuadro de la inocencia y la gracia, un faro en la ostentación del baile. Y, por un momento, sentí un rastro de la antigua envidia de Aurelia, un tirón visceral que tuve que sofocar con un esfuerzo consciente. *No más celos inútiles*, me recordé. *Solo estrategia*.
Luego busqué al Rey. No era de extrañar que no estuviera presente; rara vez acudía a eventos sociales tan bulliciosos, a menos que fueran de gran importancia política. Su ausencia simplificaba mi tarea, en cierto modo, eliminando una capa de presión.
Y entonces lo vi.
Entre candelabros y máscaras lo vi: Sebastián, un hombre cuyas sombras parecían no pertenecer a la luz. Su presencia era magnética, silenciosa, atrayendo miradas sin buscarla. Llevaba una máscara de un negro intenso que cubría la mitad superior de su rostro, acentuando la línea afilada de su mandíbula y sus labios finos. Su atuendo, un jubón de terciopelo azul oscuro casi negro, sin adornos excesivos, lo hacía destacar en la explosión de colores y brillos. Era un contraste deliberado, una declaración de su propia oscuridad elegida.
Nuestros ojos se encontraron. A pesar de la máscara, sentí la intensidad de su mirada, un pozo sin fondo que parecía leer mi alma. La Aurelia original habría sentido una punzada de esperanza desesperada, un anhelo irrefrenable. Yo sentí un escalofrío que no era solo de fascinación, sino de una profunda y cautelosa alarma. Sus ojos eran pozos que llamaban, sí, pero pozos que también podían devorar.
La música del vals llenó el vacío entre nosotros, una melodía dulce que contrastaba con la tensión que me invadía. Sebastián no apartó la mirada. En lugar de eso, su cabeza se inclinó ligeramente, un gesto casi imperceptible, pero cargado de un peso que solo yo podía sentir. No era una invitación, sino una especie de reconocimiento silencioso, un desafío. ¿Me había percibido diferente? ¿O simplemente me veía como otra de las artimañas de Aurelia?
Mi corazón latió con fuerza, un ritmo errático que luchaba por mantenerse bajo control. La atracción que la Aurelia original sentía por él era una corriente subterránea poderosa, difícil de ignorar incluso para mi nueva mente. Era un enemigo formidable, un aliado potencial, y un hombre que, de alguna manera, me mantenía anclada a esta realidad con una fuerza extraña.
Manteniéndome tan tranquila como pude, apenas un tic en la esquina de mis labios, le devolví la mirada. No era un coqueteo, ni una súplica. Era un desafío, una afirmación de mi presencia. Algo había cambiado en mí, y él, con su aguda perspicacia, lo había notado.
[Misión 1: Recuperación de Reputación. Progreso: 18% (Interacción controlada con Lord Sebastián, manteniendo la compostura y evitando la antigua impulsividad).] El sistema registró mi esfuerzo. Cada segundo era una prueba.
Me moví hacia la periferia del salón, observando. Elara estaba ahora bailando, su figura girando con gracia en los brazos de un joven noble. Su sonrisa era genuina, su alegría contagiosa. No había rastro de la oscuridad o la conspiración que había descubierto sobre la Casa Martel. Ella era la encarnación de la bondad, y eso me recordaba la fragilidad de su posición si la verdad sobre su "secreto" salía a la luz de forma incorrecta.