Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.
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La Fisura en la Armadura
Dante no apartó la mirada. En lugar de eso, caminó lentamente hacia el escritorio, reduciendo la distancia entre ambos hasta que la calidez de su presencia física invadió el espacio de Isabella. Se apoyó con una mano en el borde del cristal, inclinándose apenas hacia ella.
—No es el anexo cuatro, Vance —dijo Dante, su voz bajando a ese registro barítono, espeso y privado, que utilizaba solo cuando el mundo exterior dejaba de existir—. Es que acabo de darme cuenta de que eres una distracción fiduciaria altamente peligrosa.
Isabella arqueó una ceja, pero su pulso, por lo general imperturbable, dio un vuelco imperceptible contra su cuello sastre. El magnetismo de Dante era una fuerza pesada, pero esta vez no venía sazonado con la soberbia corporativa de sus primeros encuentros. Había algo crudo, una vulnerabilidad contenida en sus ojos verdes que la descolocó por completo.
—No entiendo de qué hablas —respondió Isabella, obligando a su mente a buscar la frialdad de la balanza, aunque sentía el calor de la mirada del abogado fija en sus labios—. Los datos son impecables. Estamos tres pasos adelante de la contraparte.
—Los datos sí, pero tú no —replicó Dante, con una sonrisa sutil que no llegó a ser burlona, sino casi resignada—. Estoy acostumbrado a leer a los testigos, a anticipar los movimientos de los fiscales y a memorizar códigos penales enteros. Pero esta noche, Vance, llevo una hora intentando concentrarme en la estructura de Aethelgard y lo único que mi cerebro registra es la forma en que te recoges el cabello cuando estás estresada, el tono exacto de tus ojos cuando descubres un fraude y la maldita perfección con la que manejas cada centímetro de esta oficina.
Isabella se quedó inmóvil en su silla de piel. La declaración de Dante no era un cumplido barato de un lobo como Sterling-Gisvold; era la confesión de un igual que se descubría vulnerable ante ella. Sintió que la armadura de hielo que había construido desde su infancia en Pasadena, esa que la protegía de los hombres que querían cazarla o domesticarla, crujía bajo el peso de una fuerza completamente nueva: el deseo genuino de un hombre que la admiraba tanto por su mente como por su piel.
Intentó romper el hechizo del momento regresando la vista a la pantalla, pero sus dedos titubearon sobre el teclado.
—Dante... —comenzó ella, su voz perdiendo un ápice de su habitual firmeza—. Acordamos que esto era una alianza estratégica. Los lobos siguen afuera y el tablero es inestable. No podemos permitirnos... distracciones.
Dante extendió la otra mano y, con una delicadeza que Isabella jamás habría esperado de un hombre tan implacable, colocó la punta de sus dedos debajo de la barbilla de la abogada, obligándola a levantar el rostro para mirarlo de nuevo. El contacto de su piel contra la de ella fue eléctrico, una corriente que barrió con el cansancio de las últimas semanas.
—Sé perfectamente lo que acordamos, señorita Libra —susurró Dante, su rostro a escasos centímetros del de ella, fijos sus ojos verdes en las pestañas que tanto lo habían distraído—. Sé que el aire aquí arriba es frío y que estás acostumbrada a cargar la balanza sola. Pero te lo dije en el helipuerto y te lo repito hoy: yo no rompo mis contratos, pero soy excelente renegociando las cláusulas cuando las condiciones del mercado cambian. Y mis condiciones con respecto a ti acaban de cambiar por completo.
Isabella sostuvo la respiración, atrapada en la geometría perfecta de su mirada. El verdugo de Century City acababa de encontrar su única debilidad, y por primera vez en su vida, la estratega calculadora no tenía la menor intención de diseñar una ruta de escape.