Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capítulo 14: más mentiras.
—Mami Julia, vine personalmente a hablar con usted —dijo Rafael, tomándola de las manos una vez que se separaron—. La última ocasión sucedieron cosas que... bueno, eso me trae hoy aquí. No lo esperaba, pero mi corazón sí. Desde siempre, quiero decir, desde que conocí a Brisa en la escuela, estaba enamorado de ella.
Abrí la boca para interrumpir, pero él no me dejó espacio.
—Tenía miedo de no ser correspondido, de ser rechazado y arruinar la amistad —continuó él, con una voz cargada de una emoción tan creíble que incluso yo empecé a dudar si era una actuación—. No esperaba llegar a esto de verdad... pero quiero pedir su permiso oficialmente para salir con su hija. Y más que eso.
—¡Mi niño, claro que sí! —gritó Julia, al borde de las lágrimas—. ¡Yo sería tan feliz que incluso los casaría ya mismo si pudiera!
Rafael soltó una risa encantadora y me miró con una intensidad que me hizo temblar.
—Por mí no hay problema, mami Julia. ¿Sabe cuánto tiempo he esperado por ella? Me casaría mañana mismo si ella aceptara.
—¿En serio? —Julia se llevó las manos al pecho—. ¿Te casarías?
—Si ella quiere, sí. La amo con todo mi corazón, solo depende de ella —sentenció él, rematando la mentira con una maestría que me dejó sin aliento.
—¡Voy a buscar el champán! —anunció mi madre, corriendo hacia la cocina—. ¡Esto lo tenemos que brindar! ¡Mi niña se casa con Rafael!
En cuanto estuvimos solos en la sala, aproveché para darle un codazo en las costillas que lo hizo jadear.
—¿Qué estás haciendo? —le susurré con furia—. ¿Estás loco? ¡Casi la matas del corazón! ¡Y ahora cree que de verdad estás enamorado desde la secundaria!
Rafael se inclinó hacia mí, su rostro a milímetros del mío, manteniendo la sonrisa para cualquier testigo casual.
—La idea es casarnos ya, Brisa —me siseó de vuelta—. Mis padres no van a esperar dos meses a que nos "conozcamos". Si queremos que esto funcione, el compromiso tiene que ser inmediato. Así que deja de mirarme como si fuera un criminal e intenta actuar. Sonríe, Brisa. Estás a punto de casarte con el hombre que "te ama desde siempre".
Me quedé sin palabras, atrapada entre su lógica implacable y el delirio de mi madre que ya regresaba con las copas, dándome cuenta de que el contrato que redacté en mi oficina era papel mojado comparado con el incendio que Rafael acababa de iniciar….
Las tres semanas siguientes fueron un borrón de café frío, expedientes amontonados y llamadas nocturnas encriptadas. En el bufete, mis pasantes —Marcel, Andrea, Fabiola y Martha— habían dejado de ser novatos para convertirse en una extensión de mi propia ambición. Los obligaba a trabajar al límite, pero yo me exigía el doble. Tener cuatro clientes al día no era solo un reto profesional; se había convertido en mi mecanismo de defensa. Si mi mente estaba ocupada desmantelando las coartadas de esposos infieles o rastreando activos ocultos en paraísos fiscales, no tenía tiempo para pensar en la farsa que estaba construyendo fuera de esas cuatro paredes.
El reto de Roberto estaba a solo un mes de concluir. Las estadísticas del bufete mostraban que yo iba a la cabeza, pero el cansancio empezaba a pasar factura. Mis ojos ardían y mi paciencia se agotaba. Para colmo, Rafael, desde la capital, lidiaba con su propia guerra. Había logrado frenar a sus padres usando nuestro "romance" como escudo, pero los viejos Arismendi no eran tontos ni pacientes. El ultimátum se había transformado en una orden directa: dos semanas para el anuncio oficial y una semana para que yo fuera sometida al escrutinio de la familia.
¿Cómo iba a dividir mi tiempo? Entre los tribunales, los informes de los pasantes y ahora, el papel de "prometida ideal" de un magnate.
A las siete de la noche del viernes, salí del bufete con los hombros tensos. Tenía una cita con Alexa, quien finalmente había regresado de su luna de miel. Ella era mi cable a tierra, pero ahora, incluso con ella, tenía que filtrar la verdad. Nos encontramos en una terraza discreta, y apenas me vio, sus ojos brillaron con esa curiosidad insaciable que la caracterizaba.
—¡Quiero que me cuentes todo! —exclamó Alexa, casi sin dejarme sentar—. ¿Cuándo inició esto realmente? Porque en mi boda parecían dos extraños educados y de repente... ¡pum! ¿Boda a la vista?
Bebí un sorbo largo de agua antes de responder, repasando el guion mentalmente.
—Inició en tu boda, Alex. El día siguiente nos quedamos juntos en casa de mi casa... hablando, recordando. Las cosas simplemente escalaron.
—¿En serio? —Alexa se inclinó hacia delante, bajando la voz—. ¿Lo hicieron?
—¡No! Estás loca —reí, aunque por dentro sentía una punzada de incomodidad—. Solo nos besamos y ahí él me abrió su corazón. Me confesó que siempre había sentido algo por mí.
Alexa me miró con una mezcla de asombro y escepticismo.
—Ya va... es que me lo dices y no me lo creo. Rafael Arismendi, el hombre de hielo que solo piensa en acciones y bonos... ¿declarando su amor? ¿No te dio un poco de repugno el cambio tan brusco?
—¡Alexa! —negué con la cabeza—. No. Creo que el haber estado lejos tanto tiempo hizo que lo viera con otros ojos. Se volvió un hombre imponente, seguro. Alexa, por favor, no me pidas explicaciones que ni yo misma sé cómo dar. Pero sí... —hice una pausa dramática— estoy muy enamorada.
Decir esa frase me dolió físicamente. Era una mentira que pesaba como el plomo.
—¿Y él? ¿Seguro que está enamorado? —preguntó Alexa, arqueando una ceja—. Porque por ahí escuché un rumor en el club... Dicen que sus padres le pusieron la soga al cuello con la herencia. Que si no se casaba, el sobrino se quedaba con todo.
—Él me habló de eso —respondí con rapidez, usando la verdad para camuflar la mentira—. Me dijo que el problema sucesorio existe, pero que eso no interfería en lo que sentía por mí desde hace años. Que, de hecho, la presión de sus padres solo lo obligó a dejar de perder el tiempo y buscarme.
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