Amara es una mujer que durante su vida fue muy feliz, ya que tuvo una familia a la que amaba y que la amaban, por lo que, tras morir, se sorprende al encontrarse con Dios, quien le pide que lo ayude a salvar el alma de un hombre, así como las vidas de aquellos que lo rodean.
Amara, quien comprende la importancia de lo que le piden, acepta ayudar a aquel hombre y brindarle el amor que le han negado, y en el proceso la joven descubre una nueva faceta del amor que nunca había experimentado en su anterior vida al lado de Dargan, el hombre al que debe ayudar, a la vez que debe cuidarse de aquellos que desean destruir a Dargan o, peor aún, utilizarlo para sus nefastos propósitos.
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Capítulo 13
Al entrar a la mansión, puedo notar que el recibidor de su casa no es tan diferente al de la mía; lo que más las distingue es el color, y es que, mientras que en mi casa los tonos claros y el color dorado abundan, aquí el color predominante es el color de la madera, el cual es un tono oscuro, y las paredes están pintadas de un tono gris muy oscuro que solo oscurece aún más el lugar. Si no fuera por los ventanales, que le brindan luz natural, este lugar parecería una tumba.
- ¿Por qué viniste? – me pregunta Dargan, interrumpiendo mi inspección de su casa.
- Porque quería ver como estabas, ayer cuando te fuiste parecías abatido, así que quería asegurarme que estaba bien, también te traje una tarta, y como me dijiste que no te gustaban las cosas dulces, es una tarta salada, la verdad el camino fue un tanto movido, así que no sé cómo luce, pero sí de algo estoy segura es que esta deliciosa – le digo, mientras extiendo la tarta hacia él, a lo que Dargan la toma con cuidado, y quita el papel que la cubre, dejando ver que esta no se arruino como yo tanto temía.
- Gracias, se ve deliciosa – me dice, y puedo ver cómo sus ojos brillan, pero no sabría decir si de felicidad o de tristeza, ya que el resto de su expresión es neutral.
- En ese caso, hay que comerla
Ante mis palabras, Dargan solo asiente y me guía por la mansión hacia, espero yo, el comedor.
Tal y como esperaba, llegamos al comedor de la casa, el cual es muy grande, y como los demás muebles de la casa, sus muebles están hechos de una madera muy oscura. Mientras caminábamos hacia aquí, pude notar que, a diferencia de mi casa, en el lugar casi no hay cosas, no hay mesas con floreros ni estatuillas, no hay retratos o pinturas de ningún tipo en las paredes, no hay nada, lo cual es raro; con lo mucho que a Dargan le gusta la pintura, creí que el lugar estaría lleno de ellas.
Ya en el comedor, Dargan crea dos sombras, las cuales son las encargadas de traernos platos y cubiertos para comer la tarta; también nos traen algo de juego para beber.
- ¿No tienes personal? – le pregunto, y es que desde que llegamos no he visto a nadie, ni en la entrada, y es que esa reja se abrió sola, ni nadie andando por los pasillos, y si bien no he recorrido mucho de la casa, cuando hice un tramo parecido el día que exploré mi propia casa, me topé con varios sirvientes en más de una ocasión.
- No, después de la muerte de mis padres, nadie ha querido trabajar para mí – me responde, y aunque intenta sonar calmado, hay algo de amargura en su voz, por lo que no pregunto más, y mejor cambio de tema.
Por lo que me mostró Dios, sé que Dargan mató a sus padres y a muchas de las personas que los ayudaban a maltratarlo, la mayoría miembros del personal de la mansión, pero a decir verdad no se ha cuantas personas Dargan les quitó la vida el día que decidió destruir a sus verdugos, y llámenme mala, pero qué bueno que los mato, esos monstruos no merecían respirar, y es que si eres capaz lastimar a un niño, un ser inocente, no mereces ser llamado humano y mucho menos se tratado como tal, pero asumo yo que esta masacre es una de las razones por las que nadie quiere trabajar para él, y estoy segura que para nada debe ser un recuerdo muy grato para él.
- Bueno, ellos se lo pierden; estoy segura de que no habría mejor jefe que tú. Ahora a comer, quiero tu opinión – le digo, mientras yo misma corto un buen trozo de tarta y se lo sirvo.
Yo también me sirvo un trozo y me siento a su lado para comer, pero sin dejar de mirarlo; quiero ver su rostro cuando la pruebe, para saber si le gusto o no.
Bajo mi atenta mirada, Dargan comienza a comer, y al dar el primer bocado, una sonrisa aparece en su rostro, y sus pupilas se dilatan un poco, y yo celebro al saber que le gusto,
- Está deliciosa, ¿verdad?, no es porque yo la hice, pero esta tarta es la mejor – le digo, mientras yo también le doy el primer bocado, y qué buena me quedó.
- ¿Tú la hiciste? – me pregunta impresionado.
- Por supuesto, y cuando nos casemos te haré mucho más, ya verás, te prepararé tanta comida deliciosa que deberás aumentar tu tiempo de ejercicio para no engordar – le digo, orgullosa de mi comida, y es que mis amigos y familia siempre me decían que era la mejor cocinera que hayan conocido.
- Eso sueno bien, pero ¿no me preparas nada más hasta que nos casemos? – me pregunta, entre bocado y bocado.
- No creo que sea posible; a los cocineros de la mansión no les hizo mucha gracia verme en la cocina, así que lo veo poco viable – le comienzo.
- Bueno, cuando nos casemos, serás libre de hacer lo que quieras – me dice, mientras sigue comiendo con alegría, y yo solo sonrío al verlo tan contento.
La verdad, pensaba preguntarle por qué se había entristecido ayer, y aunque ya tengo una sospecha, quería confirmarlo, pero al verlo tan feliz, decidí no hacerlo; ambos tenemos toda una vida por delante para hablar, así que lo haremos en otro momento.
Al final, Dargan casi se comió toda la tarta él solo, y solo paró cuando lo regañé, y es que de seguir comiendo le podía dar indigestión; la tarta que había hecho no era tan pequeña.
Después de comer, salimos a caminar al bosque que era su jardín, en donde hablamos de nuestras pasiones: yo las plantas y él la pintura.
- ¿Tienes obras propias? – le pregunto.
- Unas cuantas, pero no están aquí – me responde.
- Y ¿en dónde están?
- En la mansión que está en mi territorio.
- ¿Por qué no hay ninguna aquí?
Tras esa pregunta, Dargan no me contestó, solo se quedó mirando a la nada, por lo que, sin pensarlo, lo tomo del brazo y lo jalo hacia mí para abrazarlo. Intentar entender su sentir con unas pocas imágenes que vi sería absurdo; solo él sabe su sentir, pero lo que sí puedo hacer es consolarlo, por lo que eso hago.
Al principio, Dargan no corresponde a mi abrazo, sino todo lo contrario; se queda tieso como piedra, pero después de un rato, su cuerpo se relaja y sus brazos me rodean.