Ella pasa una noche con un Ceo Y ese luego la secuestra al creer que ella esconde a su hijo
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Capitulo 13
Más tarde…
Mateo apareció frente a ella.
Como si nada.
Como si no la hubiera estado ignorando todo el día.
—Solo vine a decirte que tenemos una cena importante esta noche.
Directo.
Sin rodeos.
Valentina lo miró, molesta.
—¿Y me lo dices así?
Mateo alzó apenas la mirada.
—¿Así cómo?
—¡Así de la nada! —exclamó ella—. Pudiste avisarme antes. Qué falta de consideración.
Mateo no reaccionó.
Solo asintió levemente.
—Lo siento. Tuve mucho trabajo.
Pausa.
—Los asistentes te van a preparar.
Y entonces—
como si fuera lo más normal del mundo—
añadió:
—Por cierto… ya me mudé a otra habitación.
Silencio.
Valentina parpadeó.
—¿Qué?
—Así tendrás más privacidad.
Y se fue.
Sin esperar respuesta.
Sin mirarla otra vez.
Eso…
la dejó peor.
Mucho peor.
—¿Qué demonios le pasa…? —murmuró.
Esa noche…
La cena.
Luces elegantes.
Gente importante.
Miradas.
Susurros.
Y ellos…
en el centro de todo.
Valentina estaba impecable.
Hermosa.
Pero tensa.
Porque Mateo…
seguía distante.
Demasiado.
No la tocaba.
No la miraba igual.
No decía “amor”.
Nada.
Y eso…
la estaba volviendo loca.
Hasta que—
—Hola… tanto tiempo sin verte.
Valentina se quedó helada.
Esa voz.
Giró lentamente.
Y ahí estaba.
Dylan.
Sonriendo.
Como si nada.
Como si no hubiera sido un idiota en el pasado.
—…Dylan —dijo ella, seca.
A su lado…
una mujer.
Elegante.
Sonriente.
—¿Es cierto que estás comprometida con Mateo? —preguntó la chica, curiosa.
Silencio.
Un segundo.
Valentina levantó la mano.
Mostró el anillo.
Brillante.
Imposible.
—Sí.
Pausa.
Y luego—
sonrió.
Pero no era una sonrisa cualquiera.
Era provocación.
—Soy la mujer más feliz del mundo.
Dylan entrecerró los ojos.
No le creyó.
Para nada.
Y justo en ese momento—
Mateo apareció.
Como si hubiera estado esperando.
Se acercó.
Sin decir nada.
Y Valentina…
actuó.
Lo tomó del saco.
Y lo besó.
Delante de todos.
Incluyendo a Dylan.
El beso lo tomó por sorpresa.
Pero solo un segundo.
Porque Mateo respondió.
De inmediato.
Intenso.
Como si no hubiera estado distante hace minutos.
Cuando se separaron…
Valentina apoyó una mano en su pecho.
Mirándolo.
Directo.
—Mi amor… —dijo con dulzura falsa— ¿no es cierto que somos muy felices?
Silencio.
Todo quedó en manos de Mateo.
Y esta vez…
él sí la miró.
De verdad.
Profundo.
Como antes.
Como siempre.
Pero había algo nuevo.
Algo peligroso.
Porque entendió.
Perfectamente.
El juego de Valentina.
Y le gustó.
Sonrió apenas.
Y la acercó más a él.
—Más de lo que imaginas —respondió.
Pero no apartó la mirada de ella.
Ni un segundo.
—Y apenas estamos empezando.
Eso no era para Dylan.
Era para ella.
Y Valentina lo sintió.
Porque acababa de hacer algo muy peligroso…
Despertar otra vez al Mateo obsesivo.
Pero ahora…
consciente de que ella también estaba jugando.
El silencio alrededor se llenó de murmullos.
Todos habían visto el beso.
Todos estaban mirando.
Pero a Mateo…
no le importaba nadie.
Solo ella.
Su mano se deslizó desde la cintura de Valentina… hasta su espalda baja.
Atrayéndola más.
Demasiado.
—¿A qué estás jugando…? —murmuró cerca de su oído.
Su voz era baja.
Peligrosa.
Valentina sintió un escalofrío.
Pero no retrocedió.
—¿No era eso lo que querías? —respondió en el mismo tono—. Que actuemos como pareja.
Mateo la observó.
Fijamente.
Como si estuviera descifrando cada intención.
—No —dijo finalmente—. Yo no actúo.
Eso la descolocó.
Un segundo.
Solo uno.
Pero él lo notó.
Siempre lo notaba.
Dylan dio un paso adelante.
Molesto.
—Vaya… parece que llegué en mal momento.
Mateo ni lo miró.
—Sí.
Directo.
Sin filtro.
Valentina tuvo que contener una sonrisa.
Pero Dylan no se detuvo.
—No sabía que te gustaban las mujeres que ya tienen dueño —soltó, provocando.
Error.
Mateo giró la cabeza lentamente.
Y ahora sí lo miró.
Y lo que había en sus ojos…
no era enojo.
Era algo peor.
—Ella no tiene dueño —respondió con calma—. Pero tú… ya no tienes nada.
Silencio.
La tensión se volvió insoportable.
Dylan apretó la mandíbula.
—No estés tan seguro.
Valentina rodó los ojos.
—¿En serio viniste a hacer el ridículo?
Eso dolió.
Y mucho.
Pero él sonrió.
—Solo vine a ver cuánto te duraba la mentira.
Mateo apretó ligeramente la cintura de Valentina.
—¿Mentira? —repitió.
Y sin previo aviso…
la giró hacia él.
Y la besó otra vez.
Pero esta vez…
no fue un beso para mostrar.
Fue más lento.
Más profundo.
Más… real.
Valentina se tensó al inicio.
Pero no lo apartó.
Otra vez.
Y eso fue suficiente.
Cuando se separaron…
Mateo apoyó su frente contra la de ella.
—¿Eso también es mentira? —murmuró.
Valentina no respondió.
No podía.
Porque su corazón…
iba demasiado rápido.
Dylan soltó una risa amarga.
—Disfrútalo mientras puedas.
Mateo ni se inmutó.
—No te preocupes.
Pausa.
—Lo haré.
Y esa respuesta…
no era solo una provocación.
Era una promesa.
Cuando Dylan se fue…
Mateo no la soltó.
Ni un segundo.
—Te estás metiendo en algo peligroso —dijo, mirándola.
Valentina alzó la barbilla.
—¿Tú?
Mateo sonrió levemente.
—No.
Se inclinó un poco más.
—Tú.
Silencio.
—Porque ahora no voy a volver a alejarme —añadió.
Su tono era suave.
Pero firme.
—Y esta vez… —sus dedos se cerraron un poco más en su cintura— no voy a soltarte.
Valentina lo miró.
Y por primera vez…
no supo si quería que lo hiciera.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿…Qué?
Parpadeó.
Confundida.
—¿Así… sin más?
Mateo la observó en silencio.
Su expresión era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Sí —respondió—. Te veo decidida.
Desvió la mirada hacia la ventana de la limusina.
—Y no quiero que sufras.
Eso…
la descolocó por completo.
Porque no hubo discusión.
No hubo “no te dejo ir”.
No hubo insistencia.
Nada.
—Lanzaré un comunicado —añadió con calma—. Diré que lo del compromiso fue un error… un malentendido.
Valentina apretó los labios.
—…Ya veo.
—Y luego te llevaré a casa.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
Valentina bajó la mirada hacia sus manos.
El anillo.
Seguía ahí.
Brillando.
Perfecto.
Y de pronto…
ya no se sentía igual.
—Puedes quitártelo si quieres —dijo Mateo sin mirarla.
Eso la hizo alzar la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—El anillo.
Pausa.
—Nunca fue una obligación.
Mentira.
Y ambos lo sabían.
Pero ahora…
él lo estaba soltando.
Valentina tragó saliva.
Intentó quitárselo.
Lo giró.
Una vez.
Dos.
Pero no salió.
Frunció el ceño.
—No sale…
Mateo miró su mano.
Por un segundo…
algo cruzó su mirada.
Pero desapareció rápido.
—Ya lo arreglarán —dijo simplemente.
Silencio otra vez.
Pero esta vez…
algo estaba mal.
Muy mal.
Valentina apoyó la espalda en el asiento.
Mirando al frente.
—Esto es lo que querías… —se