Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 12
El edificio de Logística Continental era una estructura de concreto y vidrio que, bajo la administración de los Durantt, había adquirido un aire de mausoleo industrial. El sol de la mañana golpeaba las ventanas, pero dentro, el ambiente era gélido, no por el aire acondicionado, sino por el miedo.
Tania llegó a las 7:55 a.m. No utilizó la entrada trasera ni el ascensor privado. Entró por el vestíbulo principal, flanqueada por Marcus y cuatro analistas de Atlas Global que caminaban con la precisión de un escuadrón de asalto. Su traje de dos piezas en color azul medianoche y sus tacones plateados anunciaban que la nueva dueña no venía a observar, sino a ejecutar.
Al cruzar los torniquetes, Tania se detuvo. Sus ojos, afilados por años de detectar debilidades en los mercados asiáticos, captaron de inmediato las grietas humanas en la empresa. Vio empleados con la mirada baja, escritorios amontonados y un silencio sepulcral que solo se rompe en los lugares donde el maltrato es la norma.
—Marcus, toma nota —dijo Tania en voz baja—. La eficiencia no nace del terror, sino del respeto. Aquí solo veo terror.
Subieron al piso de operaciones. En una esquina, Tania divisó una escena que le revolvió el estómago. Un supervisor joven, con un traje que le quedaba grande y una actitud de matón de barrio, gritaba a un hombre mayor que intentaba organizar unos albaranes con manos temblorosas.
—¡Si no puedes terminar el inventario para mediodía, don Roberto, mejor recoge tus cosas! —ladró el supervisor—. Los Durantt no pagan jubilaciones por caridad. Eres lento, viejo y estorbas.
Tania reconoció a don Roberto de inmediato. Seis años atrás, él era el jefe de almacén que le permitía usar el teléfono de la oficina cuando Nicolás le cortaba las tarjetas, el hombre que le regalaba un café cuando la veía llorar en los pasillos tras las discusiones en la mansión. Roberto era la lealtad personificada, y ahora lo estaban quebrando.
Tania caminó hacia ellos. El sonido de sus pasos sobre el piso laminado hizo que el supervisor se callara de golpe.
—¿Hay algún problema aquí? —preguntó Tania. Su voz era una caricia de acero.
El supervisor, tratando de recuperar su arrogancia, la miró de arriba abajo sin reconocerla.
—¿Y usted quién es? Estamos trabajando. El viejo no rinde, eso es todo. Órdenes directas de la gerencia Durantt: "limpiar la grasa sobrante".
Tania miró a Roberto. El hombre tenía los ojos empañados. Cuando él la miró, algo en su memoria hizo clic. Sus labios temblaron. "¿Señora Tania?", pareció articular sin voz.
Tania no le respondió con palabras, sino con un gesto casi imperceptible de protección. Luego, se volvió hacia el supervisor.
—La gerencia Durantt ya no existe en este edificio —dijo Tania, acercándose lo suficiente para que el joven retrocediera—. A partir de este segundo, la "grasa" que vamos a limpiar es la mediocridad de los que necesitan gritar para sentirse poderosos. Estás despedido. Recoge tus cosas y sal del edificio antes de que mi seguridad te escolte por la puerta de carga.
El joven palideció.
—Usted no puede... ¡Yo tengo contrato con los Durantt!
—Yo soy Atlas Global —sentenció Tania—. Y Atlas acaba de borrar tu contrato. Marcus, asegúrate de que no se lleve ni un clip.
El supervisor se marchó entre balbuceos, bajo la mirada atónita de toda la planta. Tania se acercó a Roberto. Sus facciones se suavizaron por un instante, dejando ver a la mujer que alguna vez fue. Puso una mano suave sobre el hombro del anciano.
—Don Roberto, no tiene que temblar más —le susurró—. Vuelva a su puesto de jefe de almacén. Necesito a alguien que conozca estas rutas de memoria, no a alguien que solo sepa gritar. Y a partir de hoy, su sueldo se triplica por concepto de "lealtad acumulada".
Roberto no pudo contener una lágrima, pero esta vez fue de alivio. Tania le dedicó una sonrisa breve pero humana, y luego se volvió hacia el resto de la oficina. El silencio era absoluto.
—¡Escuchen todos! —su voz resonó con una autoridad natural—. Sé que han pasado años bajo un régimen de miedo. Sé que han visto a sus compañeros ser humillados. Eso termina hoy. Atlas Global no es una dictadura, es un imperio. Y un imperio solo es fuerte si sus cimientos están sanos.
Tania empezó a caminar entre las filas de escritorios.
—Quiero un informe detallado de cada empleado que haya sido degradado injustamente en los últimos seis años. Quiero que los beneficios médicos se restauren hoy mismo. Y para aquellos que creen que pueden seguir el estilo de los Durantt... les sugiero que busquen empleo en otra parte. Aquí trabajamos con inteligencia, no con látigos.
Mientras avanzaba hacia la oficina principal, que antes pertenecía al brazo derecho de Nicolás, Tania sentía que una parte de su alma sanaba. No era solo venganza; era restauración. Estaba rescatando a los que, como ella, habían sido víctimas de la maquinaria Durantt.
Entró en su nuevo despacho. Era espacioso, con una vista directa a la torre de Nicolás. Marcus entró tras ella y cerró la puerta.
—Ese fue un gran comienzo, Tania. Pero Nicolás va a reaccionar. Roberto es un símbolo, y acabas de golpear el ego de los Durantt en su propio patio.
Tania se sentó en el sillón de cuero y miró el horizonte.
—Que reaccione, Marcus. Nicolás siempre creyó que la gente era piezas de ajedrez desechables. No entiende que si le quitas los peones a un rey, el tablero se vuelve un desierto para él.
Se quitó el saco y lo dejó en el respaldo de la silla. En su escritorio, había una pequeña foto de Nico que ella misma acababa de colocar. Miró al niño y luego miró hacia la oficina de Nicolás, que se veía a lo lejos.
—Hoy empecé a quitarle su ejército —susurró Tania—. Mañana, le quitaré el suelo que pisa.
El primer día de oficina no había sido para revisar balances o logística. Había sido para marcar el territorio con humanidad y firmeza. Tania ya no era la sombra que se ocultaba en los pasillos de la mansión; ahora era la dueña de la luz en la empresa que Nicolás más amaba. El plan de rescate apenas comenzaba, y la fiera acababa de ganarse el corazón de los que Nicolás había despreciado. La guerra por el alma de la ciudad había empezado, y Tania ya tenía a sus primeros aliados listos para luchar por ella.