Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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¡Estas atrapada!
Al llegar a casa, Luciana subió directamente a su habitación. Se dio una larga ducha, se puso ropa cómoda y se dejó caer sobre la cama mirando hacia el techo. Pero a decir verdad, su mente no estaba allí, porque sin poder evitarlo, estaba atrapada en unos ojos oscuros, una voz tranquila, y esa sonrisa apenas insinuada que la descolocaba.
No podía negar que desde el primer día que lo vio, algo en su ser se removió. Pero debido a su estado de salud física y mental, le resto importancia a esas sensaciones, pero ahora que lo había vuelto a ver, estas volvieron a resurgir. El toque en su puerta la sacó de sus pensamientos.
— Adelante. — Hablo con desánimo.
— ¿Te encuentras bien? — Preguntó Susana mientras entraba a la habitación y se sentaba en la cama.
— Sí, mamá. Solo estoy… cansada.
Su madre la observó con esa mirada que siempre parecía saber más de lo que decía y que intentaban ocultar.
— ¿Quieres contarme qué pasó hoy en el club?
— ¿Crees que lo torpe se hereda? — Preguntó mientras dejaba salir un suspiro.
Paff
— ¡Auch! — Se quejó al instante sobándose la cabeza.
— No, no se hereda. — Respondió Susana con dignidad ofendida. — Pero sí ocurre cuando nos ponemos nerviosas por algo… — Hizo una breve pausa. — O por alguien.
Luciana cerró los ojos con resignación. Tal vez su madre tenía razón, pero lo que menos le importaba en ese momento eran los asuntos del corazón. No podía desviarse de su propósito por culpa de ese sentimiento.
— Yo… Lamento lo sucedido con Franco. No fue mi intención.
— No debes preocuparte por eso. — Dijo restando importancia. — Pero supongo que ya sabes quién es realmente.
— Sí. Esteban y Matías me lo dijeron. Pero… ¿por qué ustedes nunca me hablaron de él?
Susana observó a su hija por un instante. Ella entendía, mejor que nadie, que en este momento probablemente no deseaba volver a amar. Por eso, decidieron mantenerse al margen de todo lo relacionado con Franco, quien había mostrado interés en ella. Simplemente esperaban que fuera su hija quien decidiera si volvía a abrir las puertas de su corazón o si las cerraba a lo que podría ser su destino.
— Porque estábamos esperando a que tú preguntaras. — Dijo finalmente. — Pero como no mostraste ningún interés, preferimos dejarlo así.
— Sí me importaba… — Hablo mientras apartaba la mirada. — …solo quería averiguarlo por mi cuenta.
— Lo cual por lo visto te fue complicado. — Replicó Susana divertida. — Considerando que ni siquiera sabías su nombre.
Luciana se cubrió el rostro con una almohada ante la evidente vergüenza que se estaba reflejando en su rostro. Sì, su madre tenía razón. Ella ni siquiera se preocupo por preguntar por su nombre, y si lo hubiera hecho al menos no hubiera pasado vergüenza el día de hoy.
— Lo sé. — Afirmó en voz baja. — Hice el ridículo.
— No fue para tanto. — Dijo su madre sonriendo suavemente. — Franco es un hombre educado, respetuoso y muy querido por su familia.
— Mamá, por favor. Mis hermanos ya intentaron venderlo como si fuera una promoción exclusiva.
Susana soltó una carcajada al escuchar lo que hicieron sus hijos. No cabe duda que Franco se había ganado la aprobación de sus dos hijos sin darse cuenta.
— Lo importante es que toda la familia lo apruebe.
— ¡Mamá…! ¡No estoy interesada! — Hablo con indignación.
— Está bien. Solo te pido que no cierres la puerta antes de tiempo.
Con cariño, se inclinó para besar la frente de su hija. Después, la estrechó en un abrazo que la hizo sentir como cuando era pequeña, transmitiendo todo su amor y calidez, lo que inmediatamente le brindó a Luciana una sensación de seguridad y consuelo.
— Descansa, mi amor.
Cuando Susana dejó la habitación, Luciana dirigió su mirada nuevamente al techo. Se repetía a sí misma que no estaba interesada; sin embargo, una sensación diferente habitaba en su corazón, y esa emoción era la razón de su persistente sonrisa.
A la mañana siguiente, la rutina en la empresa mantenía su intensidad habitual. Los teléfonos sonaban sin parar, los asistentes se movían con prisa entre las oficinas, los documentos se acumulaban y las decisiones urgentes exigían atención inmediata.
Sentada frente a su escritorio, Luciana luchaba por concentrarse en la revisión de unos contratos importantes. Pero a pesar de sus esfuerzos, su mente se desviaba constantemente hacia la misma persona; Franco.
— Señorita Luciana, ¿firmamos esto? — Preguntó su asistente.
— Sí, claro.
La joven tomó la pluma y firmó sin revisar. Antes de que el asistente saliera, Esteban se acercó a él y le quitó el documento.
— Acabas de aprobar una orden duplicada. — Hablo Esteban sentándose y colocando el documento frente a ella.
— ¿Qué? — Preguntó ella en sorpresa.
Matías, sentado frente a una laptop, negó con diversión ante lo que sucedía con su hermana.
— Y hace diez minutos enviaste un correo al cliente equivocado. Eso jamás te había pasado.
Luciana frunció el ceño y tomó los documentos rápidamente dándose cuenta de que lo que decía su hermano era cierto.
— Estoy cansada, eso es todo. — Intentó excusarse.
Esteban se acercó más a ella con una sonrisa ladina. Por supuesto que sabía que su hermana lo iba a negar; pero a decir verdad él no perdía nada con decirlo.
— No. Eso se llama distracción… y tiene nombre. — Dijo Esteban con seguridad.
— ¿Franco? — Preguntó Matías sin apartar la vista de la pantalla.
Luciana dejó caer la carpeta sobre la mesa con fingida molestia. Se estaba cansando de que sus hermanos no la dejaran tranquila con respecto a Franco.
— No digan tonterías.
— Hermana, te conocemos demasiado bien. — Hablo Esteban cruzándose de brazos. — Cuando algo no te importa, eres fría como el hielo. Pero hoy llevas media mañana perdida en las nubes.
— Y nunca te equivocas. — Reafirmo Matías. — Solo lo haces cuando algo te mueve el piso.
Luciana sintió como el calor comenzaba a subir a su rostro, algo que realmente odiaba. Pero lo que más le molestaba era que sus hermanos tenían razón, pero ella no lo reconocía.
— Franco no me mueve nada. Es solo un hombre más.
Esteban soltó una risa incrédula ante su afirmación. No cabe duda que su hermana ya estaba siendo atrapada, solo que aún no le habían avisado.
— Entonces explícame por qué estás defendiéndote sin que nadie te ataque.
— Porque ustedes son insoportables. — Dijo con molestia. — Además, ¿cómo me podría interesar alguien que apenas conozco? — Luciana tomó una carpeta y caminó hacia la puerta con paso firme. — Lo único que me interesa ahora es que ustedes trabajen y dejen de retrasar mi trabajo.
Salió de la oficina dejando atrás las risas de sus hermanos. Pero apenas la puerta se cerró, apoyó una mano en la pared mientras dejaba salir un suspiró. Odiaba admitirlo, pero cada vez le costaba más sacar a Franco de su cabeza. Sin embargo, eso no importaba ahora, porque finalmente había conseguido la última prueba que necesitaba para acabar con Begonia. Solo estaba esperando el momento adecuado para hacerlo.