Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.
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CON LOS PIES EN LA TIERRA.
El mantel blanco impecable, los cubiertos perfectamente alineados y el vino servido en copas largas contrastaban con la expresión escéptica de Lauro, que miraba el menú como si estuviera escrito en otro idioma.
—Si no venden tacos al pastor, no es un restaurante serio —bromeó Lauro, sin quitar la vista del menú.
Cora soltó una risa ligera.
—No todos tienen tu paladar infantil —respondió, mientras admiraba la decoración del lugar—. A mí me gustan ambas cosas. Sé disfrutar de lo sencillo… y de esto.
—Lo sé. Por eso estamos aquí —admitió Lauro—. No porque me encante, sino porque te encanta.
Ella le sonrió por que aunque ella se lo había pedido, el estaba muy complaciente.
La realidad es que el siempre ha sido así, solo que ella ya no lo dejaba hacer.
Fue en ese momento cuando dos hombres pasaron caminando cerca de su mesa. Vestían trajes sobrios, hablaban en voz baja, pero lo suficiente para que sus palabras Cora y Lauro alcanzaran a escuchar.
—…algunos senadores están indecisos aún, aunque la propuesta de la eutanasia voluntaria ha ganado fuerza entre ciertos sectores…
—…lo preocupante es que no se está hablando de lo que lleva a una persona sana a tomar esa decisión.
Cora levantó la vista. Sus ojos siguieron a los hombres hasta que desaparecieron entre las mesas.
—¿Y eso? —preguntó Lauro, notando su expresión.
—¿Cómo puede haber personas pensando en quitarse la vida cuando…? — Se detuvo.
—¿Cuando qué? —preguntó Lauro.
—Cuando hay personas luchando por vivir. Servicios de salud que necesitan fondos para que una sola persona tenga lo que necesita…
Se detuvo antes de decir lo que realmente pensaba.
—Creí que ese tema te daba igual.
—Antes no me importaba —dijo ella, sin mirarlo aún—. Pero ahora pienso que no debería existir esa opción. No cuando hay tanto por vivir… o por aprender a vivir.
Lauro frunció ligeramente el ceño, curioso.
—¿Y eso lo descubriste en dos días?
Ella se giró hacia él y se encogió de hombros, con una media sonrisa.
—Supongo que mi forma de ver la vida cambió. Así de rápido.
Lauro la miró con una mezcla de admiración y ternura. Sabía que ella luchaba por lo que consideraba justo. Siempre defendía lo que quería. Por eso era tan buena en su trabajo a pesar de no ser su pasión.
—¿Y no ibas a dedicarte a lo que te gusta? —preguntó.
—Puedo hacer ambas cosas —respondió, firme.
Hubo un breve silencio entre ellos, hasta que Lauro lo supo. Lo vio en sus ojos. Esa expresión que ella ponía cuando ya había decidido algo, aunque aún no lo dijera.
—No —dijo él de inmediato, negando con la cabeza.
—Por favor —insistió Cora, inclinándose un poco hacia él—. Solo háblale a Óscar. Quiero ver si hay una manera legal de involucrarme en el debate. No como abogada fiscal, sino como ciudadana. Como alguien que entiende el valor de la vida… ahora más que nunca.
—Cora… esto no es un juego. Hay exposición, medios, presión…
—Lo sé —interrumpió ella, sin dejar de mirarlo—. Pero siento que debo luchar por esto ahora.
Lauro sostuvo su mirada unos segundos más. Luego suspiró, resignado.
—Hablaré con él. Solo para preguntar.
Cora sonrió, triunfante.
—Sabes, me alegra que hayas escogido este lugar para comer —dijo mientras alzaba su copa—, porque si hubieras hecho reservación para cenar… no podríamos ir al lugar que quiero llevarte después.
Lauro entrecerró los ojos.
—¿A dónde?
—Sorpresa.
—Me da miedo cuando te pones enigmática —bromeó, tomando una postura más relajada mientras probaba el vino.
Los platillos llegaron entonces, aromáticos, perfectamente servidos. La conversación fluyó ligera, entre bromas, recuerdos y risas que parecían no haberse ido nunca.
...****************...
La oficina se sentía distinta después de esa comida.
Lauro estaba en su despacho, revisando unos archivos, cuando escuchó el leve golpeteo de uñas contra el cristal. Levantó la vista.
Cora estaba ahí, recargada contra el marco de la puerta, con una bolsa de papel en la mano y una media sonrisa en el rostro.
—¿Te interrumpo?
—Depende… ¿traes paz o caos?
Ella alzó la bolsa.
—Tacos.
Lauro arqueó una ceja, cerrando la carpeta.
—¿Por qué?
—Porque apenas tocaste tu plato en el restaurante, y porque no te gusta hacer sobremesa cuando tienes pendientes. Y porque, cuando tienes hambre, te pones insoportable y te necesito de buenas para en la noche.
—Qué considerada.
—Lo sé —dijo, entrando sin esperar invitación—. Son de pastor, con doble tortilla. Y sí, sin piña. No soy una salvaje.
Lauro rió suavemente mientras tomaba la bolsa y se acomodaba en su silla.
—¿Y esto?
—Hay más.
Ella dejó también sobre el escritorio una pequeña botella de vidrio con algo oscuro dentro. Él la miró, confundido.
—¿Es…?
—Sí. Tu refresco de lata favorito, pero en versión artesanal. Lo vi de camino y pensé: esto grita Lauro. Es puro azúcar, cero sofisticación. Como tú.
—¿Estás diciendo que soy cero sofisticado?
—Estoy diciendo que te gusta lo que es real. Y esto lo es. Como tú también, aunque te pongas trajes caros.
Lauro bajó la mirada a los tacos, luego a ella.
—Gracias, Cora.
Ella se encogió de hombros.
—Solo… no dejes que se enfríen.
Y cuando se dio la vuelta para salir, él la detuvo con una pregunta simple, sin girar siquiera la cabeza:
—¿Por qué de verdad lo hiciste?
Ella no respondió de inmediato. Solo apoyó una mano en el marco de la puerta y dijo, sin mirarlo:
—Es por el último día.
Y se fue.
Lauro tragó saliva. Y no fue por los tacos.
Estaba dudando.
Pero no podía permitírselo.
Él ya había tomado una decisión…
Y esto…
Esto solo lo hacía porque ella se lo había pedido. O eso quería creer el.
...****************...
—¿Lista? —preguntó Lauro, asomándose a la oficina de Cora con una sonrisa cansada.
Ella levantó la vista con unos papeles aún en las manos, bolígrafo entre los dedos. —Dame un segundo, ya casi termino.
Minutos después, caminaron juntos por el pasillo silencioso. Lauro llevaba las manos en los bolsillos, y Cora mantenía la mirada al frente.
Cuando llegaron al estacionamiento, ella se detuvo en seco y giró hacia él con una sonrisa ladeada.
—Dame las llaves.
—¿Qué?
—Dame las llaves —repitió, estirando la mano.
Lauro la miró de reojo. —¿Vas a manejar tú?
—Sí. Es una sorpresa. Y no quiero que arruines la ruta preguntando cada cinco minutos a dónde vamos. Solo… confía en mí.
—¿Y si me da miedo?
—¿Miedo de qué? ¿De sentarte a disfrutar como un copiloto digno?
Él resopló. Dudó, pero terminó sacando las llaves del bolsillo. —Esto me va a costar caro, ¿verdad?
—Muy probablemente —dijo ella, arrebatándoselas con una sonrisa de niña traviesa.
Durante el trayecto, Lauro se inclinó hacia ella varias veces, como queriendo leer las señales del camino, literal y figuradamente.
—¿Al menos me puedes dar una pista?
—No.
—¿Hay animales? ¿Viento? ¿Comida picante?
—Silencio —respondió ella, sin mirarlo.
—Dios… no me digas que es karaoke. Ya nos arruinamos una vez así. Bueno, tú eres fantástica, lo sabemos, pero yo…
Ella soltó una carcajada, pero no dijo nada más.
Y entonces lo vio.
Las luces. Los gritos. Las torres de colores. Las sillas voladoras. Las ruedas girando en contra del sentido común. El parque de diversiones se levantaba frente a ellos como un monstruo luminoso. Para Cora, un sueño. Para Lauro, la entrada al infierno.
—No. —La palabra se le escapó como un reflejo—. Cora, no. Sabes que odio estas cosas.
Ella se estacionó con calma, se bajó y caminó hasta su puerta. La abrió con paciencia, como si él no hubiera dicho nada.
—¿Esto es una especie de castigo? ¿Un último acto de sadismo antes del adiós?
—Dijiste que hoy sería como los días de antes.
—¡Y los días de antes también eran traumáticos! ¿Te acuerdas del “Boomerang Volador”? ¡Vomité en reversa!
—Ya te has subido antes —respondió ella, tranquila, con esa sonrisa que usaba para ganar discusiones imposibles.
—Sí, pero fue hace años. Desde entonces he desarrollado una saludable relación con el suelo.
—Lauro…
Él bufó. — Debí sospechar cuando me llévate los tacos. Supongo que debí dejar que llevaras el divorcio a pleito.
Se bajó del coche como si lo llevaran al matadero. Ella aplaudió bajito, feliz.
—¡Bien! Traje zapatos cómodos —anunció, sacando una mochila del asiento trasero.
Lauro se preguntó de dónde la había sacado ella, ya que esa mañana no vio que traía esa mochila.
De ella extrajo dos pares de tenis. Unos para él, otros para ella.
—No vas a caminar por la feria con zapatos de vestir. Te conozco demasiado, Lauro.
—O me amas demasiado, o me conoces demasiado —murmuró él, tomando los tenis—. Una de dos.
—¿Y si son ambas?
Él se quedó helado porque ella dijo que lo amaba… insinuó que lo amaba, después de que le había gritado en varias ocasiones que lo odiaba. Pero no dejó que ella notara lo que le afectaba.
—Entonces eres una amenaza para mi paz mental.
Ambos se sentaron en la cajuela para cambiarse los zapatos. Lauro soltaba comentarios mientras luchaba con las agujetas.
—Si muero, quiero que me entierren con estos tenis. Así mis pies estarán cómodos en la otra vida.
—Te los van a robar antes de que cierren la tumba.
—Lo sabía. Esto es una trampa desde el más allá.
—También traje gel antibacterial.
—Perfecto. Así al menos me infectaré con dignidad.
Ella se rió, con esa risa ligera que hacía que todo fuera más llevadero. Pero fue justo en ese momento, mientras se inclinaba para quitarse los tacones, que Lauro se quedó en silencio.
Un collar colgó desde su cuello, escapando de la blusa: una cadena de plata sencilla, delgada, con una piedra en forma de gota. No era un diamante, lo sabía. Pero la forma en que brillaba bajo la luz tenue del estacionamiento… tenía algo de hipnótico. Familiar.
Y entonces lo golpeó el recuerdo.
Lauro sostenía en sus manos la pequeña caja con el collar. Cora lo había invitado a su cumpleaños y él le había dicho que estaría ahí, sin falta.
Al llegar a la dirección que ella le había enviado, se quedó perplejo. No era la casa donde la había dejado días antes. Esto… era una maldita mansión.
Con el ceño fruncido, se detuvo frente al portón principal, mirando todo con desconfianza. Dudó. ¿Y si se había equivocado de lugar? ¿Y si hacía el ridículo?
Decidió llamarla antes de tocar el timbre.
Ella respondió al segundo tono.
—Amm… Cora, estoy en la dirección que me diste, pero creo que hubo un error… Esto parece la casa del presidente.
—Oh, no, Lauro. Es la dirección correcta. Por favor, pide que te abran, solo da tu nombre e identificación y te dejarán entrar.
—De acuerdo… —respondió, aún extrañado.
Hizo lo que ella le pidió. El guardia de seguridad revisó su documento y, tras verificar en una lista, lo dejó pasar.
Mientras caminaba hacia la entrada, se sintió fuera de lugar. Todo era increíblemente elegante. Una fuente de copas en cascada, candelabros colgando del techo, espejos antiguos, obras de arte. Parecía una escena sacada de una película.
Y justo al cruzar el umbral de la casa, ahí estaba ella.
—Hola —dijo Cora, un tanto nerviosa.
—Esto es una fiesta un tanto… —Lauro se detuvo, impresionado por los detalles—. ¿Siempre celebras así tu cumpleaños?
—Podemos hablar —pidió ella antes de invitarlo a pasar del todo.
Lo llevó afuera, a un pequeño jardín lateral con luces cálidas colgando sobre sus cabezas.
—Lauro… discúlpame, por favor.
—¿Por qué?
—Te mentí. Mi casa no es la que viste el otro día. En realidad… esta es mi casa.
Lauro frunció el ceño, pero Cora se apresuró a hablar.
—Es solo que… me contaste la historia con esa chica, y dijiste que jamás pretenderías a nadie de “esa clase”. Y me dio miedo… miedo de que ya no me buscaras. Me gustas mucho, Lauro. Pero mi amiga, con la que me quedé esa noche, me dijo que si de verdad quería algo serio contigo, aunque apenas nos conocemos, debía ser sincera.
La verdad es que, desde que Cora dijo “me gustas mucho, Lauro”, él dejó de escuchar el resto.
Porque Lauro también sentía algo por ella. Le gustaba más que cualquier otra mujer que hubiera conocido antes.
—¿Puedes perdonarme? —preguntó ella, con voz baja.
Él asintió y sonrió.
—Gracias —susurró ella, y lo abrazó con suavidad.
Lauro sacó la pequeña caja del bolsillo de su saco y se la entregó.
—Te traje un obsequio.
Cora la tomó, algo sorprendida. Al abrirla, reveló un collar sencillo, pero hermoso: una cadena de plata con una piedra en forma de gota.
Sus ojos se iluminaron al verlo.
—Es sencillo. Seguro estás acostumbrada a otro tipo de regalos, pero aún creo que se te vería bien.
—Es muy hermoso, Lauro. Muchas gracias. — Lo abrazó. — Ven, vamos adentro. Te voy a presentar.
Lo tomó de la mano, sus dedos se entrelazaron con naturalidad, y lo guió hacia el interior de la casa.
La música, las risas, y los murmullos se mezclaban. Todo era elegante, sí, pero también acogedor.
Primero, le presentó a su hermana, Vania, quien se parecía muchísimo a ella, y al novio de esta. Luego siguieron sus dos mejores amigas, Jimena y Paola, que lo saludaron con calidez. Lauro se sintió bienvenido… hasta que llegaron los siguientes nombres.
—Lauro, te presento a mi hermano Brandon… y a mi prima, Arlet.
—¿No puedo creerlo… Lauro? —dijo Arlet, con sorpresa fingida y una sonrisa venenosa.
—Arlet… —murmuró él, la mandíbula tensa.
—¿Se conocen? —preguntó Cora, intrigada.
Arlet respondió de inmediato, disfrutando el momento.
—Resulta que una vez salí con él… y él creyó que ya por eso estaba interesada. ¿Se imaginan? ¡Yo, con un don nadie! Como si fuera posible.
La humillación se deslizó como veneno. Algunos rieron, incómodos, intentando disimular. Lauro apretó los labios y dirigió una mirada dura a Cora.
Y fue en ese momento que ella entendió. Arlet era la chica de la que Lauro le había contado.
Lauro no esperó explicaciones. Dio media vuelta y comenzó a marcharse.
—¡Eso no estuvo bien, Arlet! —exclamó Cora, furiosa.
—Cora, no sabía que tenías tan malos gustos.
—¡Ay, ya, por favor! No peleen como siempre —dijo Brandon, tratando de cortar la tensión.
—¿Te parece correcto, Brandon, hacer comentarios despectivos hacia alguien?
Él pareció entender la gravedad del momento y solo se quedó callado.
Cora fulminó a Arlet con la mirada.
—Solo te invité porque eres mi prima. No me hagas arrepentirme.
—Pues ya lo hiciste, viendo con quién andas —replicó Arlet, girando los ojos.
Cora, sin decir más, caminó con firmeza hacia la mesa de regalos, tomó la caja con el collar —que había dejado ahí momentos antes— y salió tras Lauro, alcanzándolo justo cuando estaba por salir.
—¡Lauro! —lo llamó.
Él se detuvo, giró despacio. Su expresión estaba cargada de decepción.
—Si me hubieses dicho que esto era para burlarse de mí, tal vez hasta yo me habría reído —dijo, evidentemente molesto.
—¡Lauro, por favor! Te juro que no sabía que mi prima era la chica de la que me hablaste. No soy como ella, de verdad. ¡Ni siquiera sabía que se conocían!
Él la miró, evaluando su rostro. Había sinceridad en sus ojos.
—Está bien. No te preocupes —respondió, bajando un poco la guardia.
—Te aseguro que, de haberlo sabido, habría hablado con ella para evitar que esto pasara.
—De acuerdo. Acepto tu disculpa —dijo Lauro, con tono más sereno—. Pero no voy a volver. La verdad es que no quiero tener que tratar con ella.
Se giró y comenzó a caminar, decidido a marcharse. Cora miró hacia la casa, hacia la fiesta… y entonces tomó una decisión.
—Voy contigo.
Lauro se detuvo en seco.
—¿Y tus invitados?
—Se van a divertir de todos modos sin mí —se encogió de hombros—. No lo pienses… ya vámonos.
Él sonrió, y sus manos volvieron a entrelazarse mientras salían juntos de la mansión.
Ver a Cora batallando para ponerse los tenis por culpa de la falda que traía lo trajo de vuelta al presente. Lauro ya había terminado de ajustarse los suyos, así que se inclinó frente a ella, sin decir nada, y comenzó a ayudarla con los cordones.
Cora solo lo miró un momento… y no dijo nada tampoco. A veces, los gestos hablaban más claro que cualquier palabra.
—Listos —dijo ella por fin, cuando ambos ya tenían los tenis puestos.
Lauro soltó un suspiro largo, resignado.
Ella lo tomó de la mano.
Y así, como aquella vez —hace años, se aventuraron juntos a la feria.