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Siete días entre la vida y la muerte
El viaje de regreso al castillo fue una tortura. El dolor era insoportable, y sentía cómo la fuerza me abandonaba con cada segundo que pasaba. Recuerdo vagamente las puertas abriéndose de golpe, los gritos de Kaelen ordenando que trajeran al médico inmediatamente, y luego... todo se volvió oscuridad.
Abrí los ojos varias veces, pero todo estaba borroso y confuso. Lo único claro era la sensación de una mano grande y fuerte aferrándose a la mía, y una voz grave que murmuraba una y otra vez:
—No te vayas, Elena. Por favor, quédate conmigo.
La herida era profunda. El cuchillo había rozado órganos vitales y la pérdida de sangre fue enorme. Los médicos miraron con cara seria, movieron la cabeza y dijeron que todo dependía de mí, de mi fuerza de voluntad y de que no se infectara la herida.
Pasaron siete días. Siete días en los que estuve postrada en la cama, sin poder moverme casi, con fiebre alta y delirando en ocasiones.
—La fiebre no baja, mi Señor —escuchaba decir a las enfermeras con miedo—. Está muy débil.
Pero Kaelen no se movió de mi lado ni un solo instante.
Se quitó la armadura, olvidó sus deberes y sus reuniones. Se quedó sentado en una silla junto a la cama, día y noche, vigilando mi respiración, limpiando mi frente con paños húmedos, dándome agua gota a gota cuando podía beber.
Su rostro mostraba el cansancio extremo. Tenía ojeras profundas, la barba crecida y una expresión de angustia que no se le iba.
—Eres fuerte —me susurraba acariciando mi cabello con una ternura que solo yo veía—. Has luchado contra venenos y traiciones, no vas a dejarte vencer por un simple cuchillo. Ábreme los ojos, mi amor. Mírame.
El dolor era constante. Cada vez que respiraba hondo, sentía como si me clavaran agujas en el costado. No podía comer casi nada, solo caldos y medicinas amargas que me obligaban a tomar para recuperar fuerzas. Hubo momentos muy críticos, en los que mi respiración se volvía débil y todos pensaron que no lo lograría, pero de alguna manera, mi corazón seguía latiendo.
—¡El pulso se está estabilizando! —exclamó el médico al séptimo día, revisándome—. ¡La fiebre ha bajado! ¡Es un milagro, su Excelencia! Ella es realmente fuerte.
Esa noticia pareció devolverle la vida a Kaelen. Vi cómo soltaba un largo suspiro, como si se le hubiera quitado una piedra gigante de encima.
Lentamente, mis ojos se abrieron de nuevo, pero esta vez la visión era clara. Lo vi ahí, pálido, ojeroso, pero con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—K... Kaelen... —susurré con la voz ronca y seca.
—Estoy aquí, Elena. Estoy aquí —respondió rápido, acercando su cara a la mía—. Lo lograste. Pasó lo peor. Estás a salvo.
—Cuánto... tiempo...?
—Una semana —dijo él suavemente—. Una semana entera luchando. Y ganaste.
Intenté mover un poco la mano y él la tomó entre las suyas, besando mis dedos con desesperación y amor.
—Nunca más te dejaré salir sin protección —prometió con voz firme—. Quien hizo esto pagará caro. Muy caro. Pero ahora... ahora solo importa que estás viva.
Me sentía débil, como si me hubieran golpeado por dentro, pero estaba viva. Y tenía a él cuidándome como a un tesoro. La batalla contra la muerte había terminado, pero la guerra contra quien me quería muerta... apenas estaba comenzando.