En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.
Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.
A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.
¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?
NovelToon tiene autorización de victor91 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Del crepúsculo
Helio llega a su casa. La puerta está fría y hermética. Las ventanas permanecen cerradas —ella solía abrirlas temprano; a ambos les gustaba que el sol entrara y recorriera cada escondrijo—, pero esa mañana eso no sucede. Se yergue frente a la madera barnizada, frunce la boca, exhala y acomoda su ropa antes de hundir la llave en la cerradura
Gira el bronce gastado y la puerta se abre. Entra atolondrado y se detiene de golpe al toparse con Liria cara a cara. Deja caer el brazo donde llevaba las flores; algunos pétalos se desprenden y caen al suelo. Queda inmóvil, observa el rostro de su mujer: los surcos de las lágrimas dibujan un mapa en su piel, caminos de sal que cruzan la porosidad de su rostro. Sus labios, secos, agrietados; sus ojos, rojos como sangre, tiemblan despavoridos.
Helio baja la mirada: los brazos de Liria están extendidos hacia él, como si portara un arma. Recorre su cuerpo pulgada a pulgada hasta las manos. Un cuchillo de cocina aferran los dedos de la mujer; la hoja se adentra en las carnes del pecho de Helio, atraviesa capas de piel, corta músculos y vasos y alcanza una arteria principal que conecta con el corazón. Vuelve a levantar la vista: el movimiento es lento, torpe. Se topa con la mirada de ella —esquizoide, incendiaria—; sus dientes se chocan entre sí mientras hunde la hoja.
Helio intenta avanzar, pero las piernas le fallan y cae. Ella suelta el cuchillo, que queda incrustado, y cae de rodillas a su lado. Él gira el rostro, intenta decir algo, mueve los brazos, pero no puede: su cerebro se queda sin oxígeno y la coordinación le falla. Ella llora desconsolada; grita furiosa, reprocha, golpea su propio pecho; en otros instantes se queda muda, contemplando la agonía de su esposo.
Una figura cruza la puerta, que aún está abierta; entra y la cierra. Helio ve a Preus, completamente desnudo, de pie junto a Liria. Observa ese cuerpo escultural y llora mientras la vida se le escapa —la imagen de su mujer en brazos de otro le atraviesa como un puñal. Liria alza el rostro y balbucea sin sentido; todo su cuerpo tiembla.
—Está muerto —dice Preus.
Ella vuelve la mirada a Helio y lo encuentra ya sin vida: ojos rígidos, lágrimas secas en el rostro, la boca entreabierta como si intentara pronunciar sus últimas palabras. Liria se recuesta junto al cuerpo, apoya la mejilla sobre el pecho caliente y llora en pena. El cazador se mueve por la casa buscando la habitación de Helio; ella no lo percibe: el dolor la consume, la desorienta; solo puede pensar en lo que hizo.
Preus se viste con la ropa de trabajo de Helio. Luego vuelve a la entrada y encuentra a Liria todavía recostada sobre el vientre tibio de su esposo.
—Supongo que habrás tenido tus motivos —exclama el cazador mientras toma un par de cuchillas de la cocina.
Ella alza el cuello; la cabeza le pende en caída libre y empieza a incorporarse. Mira a Preus y pregunta con voz rota:
—¿Qué debo hacer ahora?
El cazador suspira, observa el cuerpo y entristece, siente el dolor que escupen sus ojos ya sin vida. Sabe que fue al ver que era ella quien la clavaba.
—Ve con tu hijo —dice al fin—. Abrázalo fuerte… podría ser la última vez que lo hagas
Liria limpia el rostro con la mano, traga saliva y observa detenidamente.
– ¿Qué vas a hacer vos? —pregunta.
Preus pasa junto a ella, esquiva el charco de sangre que se escapa del cuerpo de Helio, abre la puerta. El frío se cuela con la misma naturalidad con que entra el sol, y él sale.
—Voy a buscar a la princesa. Yo también tengo que saber si estoy preparado para dar muerte —dice mientras se aleja.