La escuela está en pánico, en el pueblo pasan cosas extrañas, los padres ya no dejan salir a sus hijos, algunos murmuran sobre un animal raro, ¿un perro grande, o algo más?, nadie se atreve a decirlo en voz alta.
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choque de egos
Apagó el parlante de un manotazo. Se puso una remera cualquiera y salió.
—Movete. No tengo el día —tiró por encima del hombro.
Lo seguí, un poco rígida.
En la puerta me frené en seco. Ahí estaba: un Mustang viejo, hecho mierda pero entero, esperándonos.
—¿Hablás en serio? ¿En eso vamos?
Zack giró, con media sonrisa torcida.
—Perdón, princesa. La limusina está en el taller.
Suspiré y me subí.
El Mustang rugió y salimos arando.
—¡Bajá la velocidad! —le dije mientras me aferraba al asiento. La calle se volvía borrosa ante mis ojos.
—¿Qué pasó? ¿No te va la velocidad? Una lástima —dijo, matándose de risa.
—¡Zack, vas a matarnos! —grité, y él aceleró aún más.
Efectivamente, a mí me gustaba la adrenalina. Pero el médico me la prohibió cuando me diagnosticó taquicardia.
Sin embargo, no pensaba decírselo a Zack. No quería que me viera como una débil e inocente princesa.
Llegamos a un descampado. Sonaba música desde algún parlante y había chicos y chicas en ronda, sin la supervisión de ningún mayor.
Me quedé en el auto un segundo más. Observar es lo mío.
Zack bajó y saludó a cinco de ellos con la mano. A una de las chicas más lindas le comió la boca.
Poco después me animé a bajar, rígida, con los ojos clavados en Zack y en la pasión de aquel beso.
Me senté en el capó del auto y desde ahí observé a todos, sin saludar.
Vi que la chica rubia le decía algo a Zack al oído mientras me miraba. Estoy segura de que hablaba de mí.
Su risita empezó a incomodarme y me dirigí a ellos sin dudar.
—¿Traerme al pueblo era esto? —le escupí.
—Parte del tour, hermanita. Disney queda para después —sonrió.
—Vete a la mierda —resoplé, me tiré al Mustang, puse primera y salí.
Por el espejo lo vi correr.
Jamás me reí tanto.
Pisé a fondo. El motor rugió y el Mustang salió disparado, levantando tierra.
No volteé a ver. No hasta que escuché mis propios gritos.
Giré el volante de golpe para esquivar un bache y lo perdí.
El golpe fue de reversa, seco, brutal. La cajuela se estrelló contra un árbol y el vidrio trasero explotó en mil pedazos. El silencio duró un segundo. Después vino el zumbido en los oídos y el olor a gasolina.
Me quedé quieta, con las manos aferradas al volante. El pecho me ardía. Taquicardia, seguro. Muy bien, Caroline. Genial idea.
La puerta del conductor se abrió de un jalón. Zack apareció agitado, con la cara desencajada. Por un segundo pensé que iba a preguntar si estaba bien.
—No, no, no, no... —murmuró. Pero no me miraba a mí.
Pasó de largo y se tiró de rodillas junto a la defensa trasera, con las manos en la cabeza.
—Maldita sea, Caroline. ¡Mira cómo dejaste la defensa! Mi papá me va a matar. ¡Este carro tiene más años que tú!
Lo miré desde el asiento, con el cinturón todavía atravesándome el pecho como una mordaza. Sentía el sabor metálico de la sangre: me había mordido el labio.
Él seguía revisando la lámina abollada, pasando los dedos por el rayón como si tocara una herida abierta. Hasta que por fin levantó la vista.
—¿Tú estás bien? —soltó, pero sonó a puro trámite. Ya estaba viendo el carro otra vez.
No contesté. El corazón me golpeaba en la garganta, en las sienes, en todos los lugares donde el doctor me dijo que no tenía que golpear.
Me desabroché el cinturón con dedos torpes y me bajé. Las piernas me temblaban, pero me mantuve de pie.
Zack ni se inmutó. Ya estaba con el celular, tomándole fotos al desastre.
—Sal en la foto —me ordenó sin verme— Así por lo menos mi papá ve que no fui yo.
Me acerqué despacio. Él seguía de espaldas, agachado, maldiciendo en voz baja al árbol, al carro, a mí. A todo menos preguntar si me dolía algo.
Entonces entendí.
La débil no era yo. El débil era él, que prefería llorarle a un pedazo de lámina antes que ver a la persona que tenía enfrente.
—Zack —dije. Mi voz sonó rara, hueca.
—¿Qué? —respondió sin voltear.
Di un paso más. Mi pie quedó justo al lado de su mano, apoyada en la tierra.
Y no lo pisé por accidente. Luego se levantó y llamó a su padre.
Al otro lado, no le dejaron ni explicar nada. Zack colgó el celular y le temblaba la mano.
—Se acabó —dijo, escupiendo las palabras—Mi papá me quitó el carro. Todo el año. Por tu culpa, maldita loca.
Di un paso hacia él. El corazón me reventaba el pecho y me valió madres lo que dijera el doctor.
—¿Mi culpa? —Me reí en su cara—Tú ibas a 180 cagándote de risa mientras yo me estaba muriendo del pánico, pendejo.
Zack se me acercó hasta que casi nos tocamos la nariz. Olía a gasolina y a sudor.
—Pues si tan mal estabas, te hubieras bajado, princesa —me soltó—Pero no. Preferiste robarte mi carro y estrellarlo como una imbécil.
El princesa me quemó. Le solté un empujón en el pecho con las dos manos. Él ni se movió. Al contrario, me agarró de las muñecas, fuerte.
—Suéltame —siseé.
—No hasta que entiendas que acabas de joderme la vida —me gruñó en la cara—Ese Mustang era lo único que me dejaba respirar en este puto pueblo. Y tú lo convertiste en chatarra en cinco minutos.
Nos quedamos así, midiendo fuerzas. Mis muñecas me ardían donde me apretaba, pero no iba a darle el gusto de quejarme. El zumbido en mis oídos se mezclaba con la taquicardia. Podía desmayarme ahí mismo, pero antes lo iba a ver sangrar del orgullo.
—Te dolió más la lámina que yo, ¿verdad? —le escupí— Por eso ni me preguntaste si estaba bien. Primero el pinche carro, luego tu ego, y hasta el final yo. Si es que llego a la lista.
Eso le pegó. Aflojó el agarre una décima de segundo. Fue suficiente.
Le metí la rodilla con todo. No en los huevos, más arriba. En el estómago.
Zack se dobló tosiendo, soltándome al fin. Cayó de rodillas en la tierra, junto al pedazo de defensa retorcida que tanto lloraba.
—Ahí tienes —jadeé, sobándome las muñecas— Ahora sí estamos los dos adoloridos.
Él levantó la cara. Tenía los ojos rojos, de rabia o de la tos, no supe. Se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Estás mal de la cabeza, Caroline —dijo, con la voz ronca— En serio.
—Y tú estás enamorado de un pedazo de fierro viejo —le contesté— Así que estamos parejos.
Desde el descampado, la música seguía sonando. La rubia y los demás ya nos estaban mirando, amontonados como buitres.
Me agaché y recogí las llaves del suelo. Zack las había tirado cuando marcó a su papá. Las levanté, haciéndolas bailar frente a él.
—Tu papá dijo que te quedas sin carro, ¿no? —sonreí, saboreando la sangre del labio roto—. Pues adivina quién se lo va a quedar ahora.
Me subí al Mustang como pude. La cajuela estaba destrozada, el vidrio era un recuerdo, pero el motor todavía ronroneaba, herido y terco. Igual que yo.
Metí primera. Las llantas escupieron tierra.
—Nos vemos en Disney, hermanito —le grité por la ventana.
Y lo dejé ahí. Tirado en la tierra, sin carro, sin orgullo, y con toda su gente viéndolo perder.
Aceleré. El corazón me iba a explotar. Y por primera vez, me gustó sentir aquella adrenalina.